domingo, 27 de septiembre de 2020

Aquellos recuerdos de un genio renacentista.

Retrato de Fernando Fernán-Gómez en su estudio. Fotografía de archivo.

Es triste que dos de las figuras esenciales de la cultura española hayan trascendido en el tiempo por expresiones que rozan la anécdota: Francisco Umbral con aquel glorioso “Porque yo he venido aquí a hablar de mi libro…” y Fernando Fernán-Gómez con su desatendido “¡A la mierda!”. Y tras la muerte de los genios, la televisión no dudó en hacer un uso exasperante de ambos chascarrillos a la hora de recordar a tan ilustres referentes. Es triste pero sintomático: una muestra de por dónde transita la sociedad de nuestro tiempo, la cual deambula por los senderos de lo insustancial, lo burdo, lo intrascendente.

Dejando a un lado la futilidad, me gustaría hablar del hombre, del erudito, de un Fernán-Gómez renacentista por naturaleza: actor, cineasta, director de teatro, escritor, sabio y, sobre todo, ser humano entregado al noble acto creativo.

Fernando Fernán-Gómez fue un gigante de la cultura. Miembro de la Real Academia Española —donde ocupó la silla B durante siete años— recibió, entre otros galardones, el Premio Nacional de Teatro en 1985, el Premio Nacional de Cinematografía en 1989, la Medalla de Oro de la Academia de las Artes y las Ciencias de España en 2001 así como seis Premios Goya.

Fernando Fernán-Gómez nació el 28 de agosto de 1921 en Lima, durante una gira que realizaba por Sudamérica su madre, la también actriz Carola Fernán-Gómez, siendo inscrito en el consulado de Buenos Aires, por lo que conservó la nacionalidad argentina hasta 1984, cuando se nacionalizó español.

Protagonizó más de 200 películas, dirigió unas veinte y escribió otros tantos libros, entre los que destacan “Las bicicletas son para el verano” (1977) o “El viaje a ninguna parte” (1985). En su filmografía figuran títulos como “El inquilino” (1957), “La venganza de Don Mendo” (1961), “El espíritu de la colmena” (1973), “Mamá cumple cien años” (1973), “Esquilache” (1987), “Belle Époque” (1992) y “La lengua de las mariposas” (1999).

Siempre confesó sin ningún reparo que tenía mal carácter. Es más, cuando un periodista lo definía como cascarrabias, Fernán-Gómez precisaba que se trataba de un calificativo muy amable: “Cuando era joven, por luchar contra mi timidez, ya era antipático. Siempre lo fui.”

Texto: Alex J. Santos.

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