martes, 20 de noviembre de 2018

Bajo la sombra del fraude electoral.

Hillary Clinton, la candidata del Partido Demócrata que se enfrentó a Trump y perdió. Fotografía: Lucy Nicholson.

Es casi un tópico que asociemos las trampas electorales a países en vías de desarrollo o a dictaduras bananeras a las que sus dirigentes se agarran al poder para evitar cualquier vuelta de tortilla. Y es verdad que en la mayoría de los casos es así: las repúblicas centroamericanas o las recientes independencias de África permanecen inalterables en nuestra memoria colectiva de países en los que la necesidad de recontar los resultados de los comicios es más evidente que la propia realidad del amanecer y el anochecer.

Pero en los últimos tiempos, las conocidas como democracias ejemplares han dado un paso atrás y la sombra del fraude planea sobre sus urnas. Estados Unidos es un ejemplo paradigmático de esta sospecha de engaño electoral, quizá porque se han producido elementos nuevos en los procesos de elección de representantes que hace unos lustros no se tenían en consideración. Y dejemos para otro día el sorprendente triunfo de Emmanuel Macron en Francia.

Me imagino que os acordareis de aquella polémica sobre las papeletas mariposa de Florida en la elección como presidente de Estados Unidos de George W. Bush. Fue un recuento muy reñido en el que el entonces vicepresidente de Bill Clinton, Al Gore aparecía como favorito para sustituir al marido de Hillary. Pero se dieron una serie de circunstancias, que para los historiadores sería bueno investigar, por las que el preferido de los poderes fácticos era el hijo del primer invasor de Irak.

Aquello recordaba al México del PRI y a sus continuos fraudes para evitar que la izquierda del PRD llegara al poder. Hasta el dos ocasiones al Partido Revolucionario Democrático le fue birlada la victoria y a pesar de las protestas de los ciudadanos, las fuerzas del Imperio terminaron por convencer a los votantes de que fueron ellos los que se equivocaban al meter la papeleta en la urna. Menos mal que a la tercera fue la vencida y el 1 de julio López Obrador desalojó a la derecha corrupta del Gobierno mexicano.

Sea como fuera, las polémicas papeletas mariposas le dieron el triunfo a Bush y Al Gore con un desprendido sentido de Estado se negó a plantear un pleito ante las autoridades judiciales para defender su victoria frente al supuesto robo del Partido Republicano. El sentido de Estado del que fuera luego líder medioambientalista primó sobre el sentido de justicia de sus asesores. Es posible que si hubiera perdido Bush, a estas alturas nos hubiéramos evitado el pacto de las Azores, la invasión de Irak y el retroceso de las libertades en el mundo entero.

Vuelve otra vez el runrún del fraude electoral a la historia de la elección del presidente de los Estados Unidos; aunque en esta ocasión son las oscuras sombras de Yanquilandia las que infectan el veredicto de las urnas. Los poderes fácticos de Estados Unidos no se creen que Donald Trump pudiera haber ganado limpiamente las elecciones. Pero tiene una explicación sencilla: su adversaria era la pedorra de Hillary Clinton, que a todo el mundo caía como el culo y que hubiera perdido contra cualquier mindundi con el que se enfrentara. Si el “aparato” del Partido Demócrata no le hubiera puesto todos los obstáculos posibles a Bernie Sanders, hoy podríamos estar hablando de un presidente diferente en Estados Unidos.

Lo sorprendente de las descalificaciones de los adoradores del becerro de las grandes multinacionales es que le echan la culpa de la victoria de Trump a Putin y a los hackers rusos y salvo que tengas un acendrado sentido del humor sería como para pegarte un tiro de mierda ante esa posibilidad. Sucede que las empresas fuertes tenían la esperanza de que Hillary Clinton, una autopista de complacencias con los poderosos, les facilitaran tratados comerciales que les blindaran de sus obligaciones impositivas y legales. Y Trump es tan espontáneo, que les ha torcido el rumbo. “That is the question”.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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