martes, 29 de septiembre de 2020

Céline, un golpe directo a la mandíbula.

Retrato del escritor francés Louis-Ferdinand Céline. Fotografía: Lipnitzki-Viollet.

“Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amarnos es porque van a convertirnos en carne de cañón.”

Igual que tras los excesos del modernismo literario algunos recomendaban torcerle el cuello al cisne de engañoso plumaje, mis excesos mágicos llegados del otro lado del Atlántico me los torció una novela, “El viaje al fin de la noche” (1932) de Louis-Ferdinand Céline. Si “El conde de Montecristo” fue la lectura de mi adolescencia, esta novela supuso mi entrada en la edad adulta como lector.

De repente Julio Cortázar era un pestiño y lo que escribía Gabriel García Márquez cuentos para antes de dormir. Yo quería que la literatura me golpeara directamente a la mandíbula, quería que las palabras hirieran y sentir el mismo dolor, la misma angustia y la misma rebeldía que el protagonista de ese viaje a las profundidades más ocultas del ser humano.

“Yo no había aprendido aún que existen dos humanidades muy diferentes, la de los ricos y la de los pobres. Necesité, como tantos otros, veinte años y la guerra, para aprender a mantenerme dentro de mi categoría, a preguntar el precio de las cosas antes de tocarlas y, sobre todo, antes de encariñarme con ellas.”

Texto: Rafa Gutiérrez Testón.

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