viernes, 25 de septiembre de 2020

¡Ay! Cualquier día se nos muere Sabina.

Joaquín Sabina durante el pregón del Carnaval de Cádiz 2019 en el escenario de San Antonio. Fotografía: Julio González.

Estaba servidor el otro día, hace ya semanas, pensando desde cuándo no sabíamos de la vida y milagros de Joaquín Sabina, ya sabéis, el juglar urbano más canalla que coherente y mejor poeta que cantante, aunque su voz nos suena de maravilla cuando escuchamos algunas (o mejor, la mayoría) de sus composiciones. Estaba este servidor en compañía de otros admiradores del cantante jienense, de Úbeda, para ser más exactos, y no teníamos ni idea de si había sacado nuevo álbum o le había pegado otro susto el sistema neurológico que lo tiene un poco debilitado por la vida chunga que ha llevado.

Cuando héteme aquí que alguien descubre entre los titulares de los medios de comunicación que el autor de “Calle Melancolía” acababa de pedir matrimonio con éxito a su compañera de los últimos años, la peruana Jimena Coronado, que, según todos los indicios ha puesto orden en la vida y en las cuentas del cantautor y le ha llevado por el camino de la salvación, olvidando viejas bodegas y desvaríos de la mente.

Y uno se alegra porque independientemente de que Joaquín Sabina es nuestro cantamañanas de cabecera y sorprende a propios y extraños con sus boutades, a la vez interesadas y utópicas, es un magnífico hacedor de letras de canciones y una figura incuestionable para conocer la realidad de nuestro último tercio del siglo XX y primera parte del XXI. Y, claro, si el hombre se regenera convencionalmente y sale de las sombras que le han perseguido, aunque sea a través de un horterilla anillo de pedida con flexión de rodillas, incluida, da la impresión de que la poesía ha dado una nueva oportunidad a quienes disfrutamos del viejo roquero. Y es posible que cualquier día se nos muera Sabina, como todo dios cuando llega a una edad con el desgaste que ha ocasionado a sus neuronas, pero coño, se va en orden y concierto. Y hasta en gracia de Dios, diría uno.

No solamente es la historia de la boda y de la regeneración moral, sino que también ha vuelto a los escenarios con una gira de esas tranquilas (a priori, porque después las armas las carga el diablo) con el compadre Joan Manuel Serrat para regalarnos a los oídos y también a otros de los sentidos sus letras, sus músicas, sus vivencias y sus canciones.

El horno no está para muchos bollos y la edad es absolutamente irrespetuosa con los genios, por lo que ya no veremos una de esas giras por España (y es posible que después por América Latina) en las que las drogas y el sexo derrotaban por goleada al rocanrol, sino que disfrutaremos de conciertos reposados más adecuados con el calendario de los cantautores, y muchos de los asistentes, pero que no estarán exentos de momentos de gloria de las antiguas melodías que tanto nos hicieron brincar.

Pues ya sólo nos queda darle la bienvenida a su retorno a la vida de las personas de orden, aunque que nadie nos quita lo bailao (y menos a él) porque la memoria colectiva de un país está zurcida de las batallas de sus generales, pero, sobre todo, de las batallitas de sus canallas preferidos. Y que nos cierren el bar de la esquina, por supuesto, aunque el córner esté en el centro de la plaza.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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