Del rosa reivindicación al rosa sumisión.

Estereotipos de género en los juguetes para niños y niñas. Fotografía de archivo.

Con el libro “Rosa caramelo” se inició en el año 1976 una destacada colección de cuentos titulada “A favor de las niñas”. Esa colección nació con el claro propósito de mostrar que, si se quería conseguir la igualdad entre hombres y mujeres, había que transformar de manera radical no sólo la realidad, sino también ese mundo imaginario, ese mundo simbólico que presentaban como ideal los cuentos dirigidos a la infancia, pues muchos de esos relatos eran sutiles transmisores de ideología machista, tanto en sus textos como en sus ilustraciones. Y hubo un gran y esperanzador cambio. Pensamos que ya no volveríamos a leer expresiones como la que aparecía en una obra infantil sobre geografía, en la que se decía del más famoso de los ríos franceses: «El Sena, mujer al fin, es caprichoso, voluble y tornadizo». Pero ahora, cuando se acaba de reeditar “Rosa caramelo”, el libro sigue teniendo, para nuestra vergüenza, tanta vigencia o más que entonces.

Como se decía, en el comienzo del siglo XXI llegamos a pensar que, gracias a los diferentes programas educativos sobre la igualdad, habíamos superado esa tremenda lacra del machismo que impedía la equidad entre los seres humanos, pero comprobamos sorprendidos que esa visión del mundo limitadora del papel de las mujeres en la sociedad ha vuelto a emerger con tanta fuerza o más que en épocas pasadas. Ahí están para demostrarlo los centenares de libros rosas y de princesas, los juguetes exclusivos para las niñas y esa ingente cantidad de imágenes (vídeos, películas, revistas de moda, anuncios) que quieren reforzar esa reducción de la mujer a ser poco más, muy poco más, que madre, ama de casa u objeto sexual al servicio de los hombres. Y lo peor es que ahora —eso es lo más chocante— son escasas las voces que denuncian esta nueva y potente emergencia machista a través de lo que se idea para las niñas.

Natasha Walter en su magnífico e imprescindible libro “Muñecas vivientes” señala este retroceso: «A lo largo del tiempo muchas feministas han defendido la necesidad de animar a las niñas y a los niños a jugar saltándose los límites impuestos por su sexo, argumentando que no había razones para confinar a las niñas en un universo de pastel, pero la división entre el mundo rosa de las niñas y el mundo azul de los niños no sólo sigue existiendo, sino que, en esta generación, se está extremando más que nunca. Ahora da la impresión de que las muñecas se escapan de las tiendas de juguetes e invaden la vida de las niñas».

Margarita, la protagonista de “Rosa caramelo”, es una niña, quiero decir, una elefanta a la que se le recluye, junto con las demás niñas, perdón, junto con las demás elefantas, en un apartado y exclusivo jardincito vallado, donde se le inculca «cómo deben ser» las «buenas» elefantas. Este adiestramiento que se les impone hace que todas sean de color rosa, y que hasta sus mentes estén coloreadas de esa
tonalidad. Los hermanos de estas elefantas, en cambio, lucen un hermoso color elefante y pueden circular con libertad por la sabana.

La elefanta Margarita no se resigna, no acepta estas limitaciones y toma la decisión de escapar de esa agobiante imposición. Y desde el día en que ella, y todas las demás, rompen sus suaves cadenas rosas, que las atan más que las rígidas cadenas de hierro, empiezan a vivir su vida en igualdad con sus hermanos varones. «Desde entonces es muy difícil distinguir a los elefantes de las elefantas, ¡se parecen tanto!».

La decisión de la elefanta Margarita era nuestro camino irrenunciable, el camino sin vuelta atrás por el que mujeres y hombres aspirábamos transitar. Era, parafraseando a Machado, el camino que juntos haríamos al andar.

Pero ahora, más de cuarenta años después, hemos vuelto atrás, hemos regresado al pasado. Hemos realizado el camino inverso: hemos ido del rosa de la liberación que preconizaba el cuento “Rosa caramelo”, al rosa de la sumisión que anuncian con descaro las secciones «para niñas» de las grandes superficies, los catálogos de las editoriales y la moda exclusiva para las más pequeñas.

¿Es una exageración afirmar que se ha dado este retroceso? Veamos: nunca hubo en el mercado editorial infantil mayor proliferación de libros de princesas. Tal se diría que el máximo al que pudiera aspirar una niña fuera ser princesa. Vuelvo a Natasha Walter: «Ahora, en la sección infantil de cualquier librería se ven un montón de estanterías con libros dirigidos exclusivamente a las niñas pequeñas: todos tienen las portadas rosas llenas de purpurina y tratan de hadas y princesas, del ballet y del teatro. Sus argumentos son increíblemente repetitivos, basados siempre en la feminidad de las pequeñas lectoras».

Pero, con todo, lo peor es que quienes propician esta vuelta a los estereotipos machistas no son los «productos» que quieren vendernos, sino el envoltorio «científico» con el que nos los presentan. Ya hay una pléyade de investigadores que afirman demostrar con pruebas «concluyentes» que las mujeres escogen el rosa por naturaleza, que quieren ser amas de casa, o peluqueras, maquilladoras o bailarinas por naturaleza. Y que, por naturaleza también, faltaría más, nacen con menos capacidad para el razonamiento lógico o para las matemáticas. Si antes eran las religiones las que sostenían la inferioridad de la mujer, sustentada en sus libros sagrados, ahora se les han unido los dogmas del determinismo biológico que ejercen de nueva religión apoyando sus argumentos sexistas en «teorías científicas indiscutibles». Nadie habla ya de los condicionantes, de las barreras, de los obstáculos de todo tipo que se les ponen a las niñas para que puedan ser lo que quieran ser, no lo que el nuevo machismo quiere que sean.

Los libros de princesas, y demás libros rosa, no son más que uno de esos instrumentos de sumisión envueltos en atractivo papel de seducción. La suave dictadura pastel que nos invade no impide la esperanza. En un taller de pintura en el que se reflexionaba sobre el posible color que daríamos a las facultades humanas, una niña afirmó que el pensamiento habría que pintarlo con todos los colores. Y un niño dijo que sí, que estaba de acuerdo, pero que también los sentimientos poseían la paleta de todos los colores.

Esa es la esperanza: poner nuestro empeño en ir hacia un mundo de “sentipensantes” donde los seres humanos podamos elegir entre la multiplicidad de colores, incluido el rosa, sin dejarnos domesticar por ninguno.

Texto: Paco Abril.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies

Watch Dragon ball super