miércoles, 30 de septiembre de 2020

Dios salve a América: la cultura del revolver.

Una mujer espera asistencia durante un tiroteo en Las Vegas, en octubre de 2017. Fotografía: John Locher.

“Este es mi credo. No hay buenas armas. No hay malas armas. Un arma en las manos de una mala persona mala es algo malo. Cualquier arma en manos de una persona decente no es amenaza para nadie, excepto para la gente mala.” (Charlton Heston)

¿Por qué 33.880 personas mueren cada año en Estados Unidos víctimas de las armas de fuego? ¿Estamos acaso ante una nación loca por el armamento, o simplemente los norteamericanos son históricamente propensos a la violencia? El derecho a portar armas es un principio sagrado en el país de las grandes oportunidades; donde está reconocido con pocas limitaciones por parte de la ley.

Con una población de más de 328 millones de habitantes, en Estados Unidos se estima que hay alrededor de 310 millones de armas en manos de civiles; unas nueve por cada diez ciudadanos. Un arsenal sobre el que no existe demasiado control. Es tan fácil conseguir una pistola como comprar aspirinas: existen en torno a 64.747 puntos de venta autorizados, más tiendas de armas que Starbucks y McDonald’s juntos. Según datos de la Campaña Brady se calcula que cada año mueren 33.880 personas por disparos de armas de fuego, lo que equivale a una media de 93 fallecidos al día; 25 es el promedio de menores de diecisiete años que fallecen cada semana por heridas de bala. Investigadores del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades concluyeron en uno de sus estudios que en un año mueren cerca de 1.300 menores en este tipo de incidentes.

Entre otros realizadores, Michael Moore (“Bowling for Columbine”, 2002) o Gus Van Sant (“Elephant”, 2003) se enfrentaron a esta problemática de forma crítica, cruda y realista. Los dos tomaron como referencia la masacre que tuvo lugar en la Escuela Secundaria de Columbine (Colorado), el 20 de abril de 1999.

El título del filme de Gus Van Sant (Kentucky, 1952) está basado en una parábola budista: un grupo de ciegos examina a un elefante, cada uno investiga la parte del cuerpo que tiene más cerca. Para quienes estudiaban las patatas el elefante era un árbol; para quienes tuvieron en sus manos la cola, era una cuerda, y así sucesivamente. Van Sant eligió el título “Elephant” para proponer la teoría de que el origen de la violencia en los institutos es difícil de identificar y que varía según el punto de vista desde el que se aborde. “No pretendía dar una explicación, un sentido a la violencia del hecho, sino propiciar que el público se preguntara por qué cosas así pueden suceder. Mi aproximación intentaba ser más poética que explicativa, sin imponer al espectador una orientación sobre lo que debe pensar.”

Por su parte, Michael Moore (Michigan, 1954) nos adentró en la América profunda, dando voz a unos y a otros y fundamentando la acción con datos como que Estados Unidos tiene el mayor índice de homicidios por arma de fuego del mundo.

Con los años, este mediático agitador y documentalista se ha convertido en un personaje incómodo para la Administración estadounidense gracias a su carácter incisivo y contestatario. En 1989 consiguió el Premio al Mejor Documental de La Sociedad Nacional de Críticos de Cine de Estados Unidos por “Roger y yo”, un trabajo que hizo historia y que narra su odisea personal para entrar en contacto con el presidente de la General Motors, Roger Smith, al que quería pedir explicaciones sobre el desastre que la restructuración de la empresa había ocasionado en su ciudad natal. Su segundo documental “La gran pregunta” (1998) reveló al público las terribles estrategias de las grandes empresas y las reprochables actuaciones de políticos corruptos, y obligó a que Nike dejara de utilizar niños como fuerza de trabajo semi-esclava en Indonesia.

A pesar de algunas incursiones en el mundo de la ficción e incluso de haber publicado varios libros superventas de humor político, Moore ha permanecido siempre fiel al género con el que se inició. Dirigió también la serie de televisión “The Awful Truth”, un recorrido por los trapos sucios de la élite política y económica.

“Bowling for Columbine”, premio Óscar 2003 al Mejor Documental, es un trabajo que adopta formas variables, de entrevista o confrontación, según el caso, partiendo también de la comprobación de infracciones reales o potenciales que pudieran poner en riesgo el bienestar social o el interés común.

Este filme reflexivo maneja hipótesis, contrapone hechos, relaciona lo abstracto con lo trágico: desenmascara, ante todo, los vínculos entre lo cotidiano y lo público, certificando un querer dominar en todos los niveles en los que el sustento es una conjetura del miedo paranoico transcrita como teoría del mal. “Bowling for Columbine” atesora un exhibicionismo tranquilizador que no sólo destapa la mano que tira la piedra, sino que además la zarandea ante la cámara.

Texto: Alex J. Santos.

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