viernes, 4 de diciembre de 2020

Todos los finales de Be Gómez.

Retrato de la poeta y docente palentina Be Gómez. Fotografía de archivo.

Be Gómez es licenciada en Filología Hispánica y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Valladolid. Participa en revistas universitarias como Imaginando (Fundación Jorge Guillén) y ganó el Premio de Narrativa y Periodismo Trinidad Arroyo. Fue finalista del concurso internacional de cuentos Cosecha Eñe 2007 y ha colaborado en diversas publicaciones, como la revista feminista y queer Una Buena Barba, Zoozobra Magazine o El Norte de Castilla. Es docente de Lengua Castellana y Literatura y miembro del colectivo Transfeminalia de Palencia.

—Martín Parra: ¿Qué o cuál es la universalidad del poeta?
—Be Gómez: Su universo íntimo. No hay duda. A lo de todos se llega por lo de una, y al revés. Los propios vericuetos mapean, de algún modo, los intríngulis ajenos, y es ahí donde se produce la magia de la identificación poética, y su singularidad. Soy único en tanto que idéntica.

—M.P.: ¿Se puede hacer buena poesía sin drama personal?
—B.G.: No sólo se puede, sino que se debe. El drama —personal o no— se dramatiza y, por tanto, se imposta. No tengo nada en contra de la impostura, de hecho, más bien a favor, pues de la impostura bebe el teatro y, a fin de cuentas, la vida. Impostar para apostar, para crear drama, comedia, tragedia o lo que sea. De todas formas, toda vivencia, traumática o no, se convierte en drama si está bien expresada, y la poesía es expresión. Ese es el trabajo del poeta: hacer drama de la planicie y cotidianeidad de la épica. Ponerlo todo patas arribas.

—M.P.: El conflicto verdadero con el mundo; ¿se entra en él por exceso o por defecto?
—B.G.: El auténtico conflicto con el mundo es, a menudo, distinguir la paja del grano, y no confundir el verdadero conflicto del mundo con nimios males cotidianos. Aunque éste, quizá sea un magma rizomático compuesto precisamente por esos pequeños contratiempos diarios que nos van interceptando la vida. Qué se yo. Tal vez nos creamos, como especie, me refiero, tan petulantemente importantes como para creer que existe un conflicto con el mundo… Aunque viendo en perspectiva cómo evoluciona la vida, a pesar del ser humano, especie invasora, tengo la sensación de que el conflicto real es nuestra propia existencia, necesitada de ocuparlo todo, de sentir, mientras pertenece, que se adueña de todo. Somos un exceso de carencias.

—M.P.: ¿Se llega al fruto irracional propio luego de haber participado mucho de la broma, o por habérsete negado la misma?
—B.G.: Depende más de los caracteres. Para mí la broma es necesaria, por oxigenante y expandida, es algo que me es propio. Negarme a la broma es negarme a la vida, negarme la posibilidad del disfrute, del goce. No sé si me interesa tanto lo irracional como lo espontáneo, es posible que estos dos conceptos se muevan en ejes distintos. Tal vez el primero se mueve en la vertical, y el otro es una suerte de eje de abscisas. Con el primero adquieres profundidad, con el segundo, perspectiva. Lo ideal es un equilibro entre los dos —como entre la chanza y la rectitud— que sólo los protagonistas de los superventas de autoayuda logran, y líbreme el cielo de querer ser yo protagonista de un manual de Coelho. Líbreme. Pero en general, como escribió una vez Milan Kundera, el hombre piensa y dios ríe. Seamos pues, dioses, pero nunca a costa de nuestra principal virtud, sino con ella.

—M.P.: Veo en “Todos los finales” una travesía por entre algunas renuncias; renuncias, incertidumbres, que no llegan a entenebrecerse, empero; ¿es Be Gómez una optimista, con todo?
—B.G.: Absolutamente. Es un poco lo que decía antes. El optimismo, como el pesimismo, son maneras de acercarse al mundo. Y en “Todos los finales” pasa justamente eso. Me encanta la lectura que haces, tan certera, porque es precisamente así. Se trata de un poemario en el que se exponen frustraciones, puertas a medio cerrar y dificultades varias relacionadas con la comunicación, con el género, con la familia o con el mundo, pero se suelen resolver —poéticamente hablando— desde un regusto de luz y ternura. Puede que haya dolor, pero también vino y flores. Esa especie de voluptuosidad se ve también en la forma, en la propia escritura, y en esos versos largos y a menudo conversacionales, a modo de torrente tropical, como explica también un poco Nacho Vegas en el prólogo, con esa metáfora fantástica de poema-río. Un río plagado de vida, aunque muy angostado a veces, claro que sí.

—M.P.: ¿El poeta debe sentirse incómodo en sociedades, hacerse perezoso para trabajar entre sus congéneres? ¿Debe mirar más que ser mirado? ¿Explicar el mundo o explicarse él al mundo?
—B.G.: Todo esto que nombras está en el oficio del poeta. Entiendo que si la sisa no te tira o el zapato no te aprieta poco podrás contar sobre la camisa o el calzado a la gente. Hay, por eso, una necesidad de observar la sociedad y el mundo, con ojos abiertos y cuestionadores —que no suspicaces—, pero también está lo de mirar las sisas y los zapatos del prójimo, porque a veces necesitamos explicarnos a nosotros mismos como si fuésemos los demás. La clave está en mantener la mirada desde ángulos imposibles, y contarlo de maneras cuya forma aporte, a su vez, nuevos hallazgos. El modo en que contamos las cosas modifica no sólo lo que decimos de ellas, sino las cosas mismas. La forma siempre hace fondo.

—M.P.: ¿Es posible aún el Gran Arte, una poesía que no se reabsorba en el orden tradicional? En caso afirmativo, ¿debe esta opción recorrer un camino a cuyo final no llegue desganada, exhausta, herida de muerte?
—B.G.: Eso tiene más que ver, en realidad, con la perspectiva histórica que tenemos del arte y la poesía que con ella en sí misma. Tiene mucho que ver con la impronta, con la huella, y con la imagen de nuestra obra y la trascendencia de nuestro legado, y no es algo que me preocupe demasiado. La perspectiva histórica me parece material poético muy sugerente, pero para subvertir, corromper y pervertir. La ficción es a la historia lo que el humor a la vida. Esta sería irrespirable sin éste. Por eso no tiene mucho sentido buscar el Gran Arte, sino un arte honesto, en la medida de lo posible, acorde con el modo de entender la vida y la poesía de quien lo enhebra, y que pueda arrojar algo de luz a las vidas ajenas. A veces siento que la poesía vive tiempos de narcisismo, donde los pequeños contratiempos se visten de tragedia personal romantizada en verso. Hay quien se mueve maravillosamente bien ahí, porque ese modo de escribir le es propio, pero si no es tu caso, lo mejor es no forzar, por mucho que esté de moda tal o cual estilo o modo de hacer. Es mejor apuntar bien que apuntar alto, y sólo así lo que cuentas llegará fresco y vigoroso. Mejor un poema honesto, fuerte y lozano, que una épica herida de muerte, sin duda.

—M.P.: ¿El artista debe vivir al margen o ser un converso a la sociedad? ¿Cómo te ves en la panorámica literaria, tienes espacio?
—B.G.: El artista, quiera o no quiera él, va a vivir muy condicionado por la sociedad, ya sea integrado en ella o en sus márgenes, pero en cualquier caso, esa sociedad va a estar presente. Somos seres sociales, pero también somos seres que amamos la soledad. En esa tensión entre la búsqueda de encajar y la necesidad de diferenciarse es donde el ser humano en general, y el artista en particular, se mueve permanentemente. Aunque en el fondo no es sólo una cuestión humana. Nemo, mi perro, que nos dejó hace unos meses, también vivía en esa tensión constante entre la necesidad de pertenencia y la de libertad. Tener piel y aparato locomotor te hace desear estar dentro y fuera del mundo, a un tiempo. Y, ahora que lo pienso, igual ser artista no es más que tratar de conciliar, de encontrar un equilibrio entre esos deseos encontrados. Por eso mismo pienso también, respondiendo a tu pregunta sobre el espacio de la panorámica literaria, que la respuesta corta es que sí. Creo que tengo espacio porque mis tensiones entre pertenencia y desquite tienen que ver con asuntos que pocas veces son visibilizados en poesía. La tensión entre el canon literario —por mi formación filológica— y la ruptura del mismo; la oposición entre la identidad de género y la necesidad de reivindicar identidades torcidas o, directamente, fluidas, que no son otra cosa que no-identidades; la tensión generada entre el amor y el deseo; entre el feminismo y mi propia masculinidad; entre la broma y la herida; entre el humor y el daño; o la rabia y la ternura, son elementos que se encuentran muy presentes en mi obra que, a su vez, bebe del pop en el mismo vaso en el que lo hace de la filosofía presocrática. El panorama literario es hoy más vasto que nunca y también, a menudo, muy homogéneo, por eso entiendo qué voces irreverencian desde la sacralidad de la tradición, son faros que apuntan direcciones que merecen ser exploradas.

—M.P.: ¿Palabras selectas o palabras corrientes en función poética?
—B.G.: Yo quiero a papá y a mamá. No me hagas elegir. También quiero mucho a más gente, así que toda fusión es bienvenida. Mi amigo José Luis Viñas, artista plástico que lleva tiempo trabajando sobre la extinción en sus obras, dice que mi manera de entender la función poética es aglutinante y yo creo que algo de eso hay. Más es más lo mires como lo mires, y a veces las palabras corrientes generan sensaciones insólitas que las más elegidas no pueden recrear. Otras veces ocurre al revés y otras, la mayoría, tienen que combinarse como se combinan las especies vegetales y animales en un clima tropical. La literatura tiene que ser generosa y la exuberancia lo es. Pero exuberante no significa pedante, sólo significa extra de queso. Extra de cualquier cosa. Pero rica, por favor.

—M.P.: ¿Qué preparas actualmente, en qué trabajas?
—B.G.: Estoy, por un lado, enhebrando una suerte de novela —digo novela porque es el nombre que normalmente damos a esos artefactos literarios que no sabe uno muy bien cómo calificar— donde me cuestiono la distancia entre la composición y la creación; esa idea de hasta dónde está uno dispuesto a llegar para ser leído por otros, para ser visto por otras. Cómo la idea de estar sobreexpuesto incide directamente en la propia identidad, si es que tal cosa existe y cómo la mirada que se posa modifica, indefectiblemente, la apariencia —y por tanto la esencia— de lo mirado. Y por otro lado, vivir el duelo por la muerte de Nemo, mi perro, en medio de este otro duelo colectivo, pandémico pero no celeste que estamos viviendo, ha hecho que empiecen a explotar poemas como lo hacen las minas en un campo de pruebas. Y antes de que el dolor y la carencia hagan cosas peores conmigo, he decidido yo hacer algo digno —o así lo espero— con todo ese detrito. La poesía es un género muy adecuado para la inmundicia. Es, por así decirlo, el aparato excretor de la literatura. Aunque también tiene mucho de piel y de placer y de olfato y de gusto. Sobre todo, de gusto. Supongo que también hay mucho en ella de aparato digestivo. Al fin y al cabo, todo lo que entra ha de salir tarde o temprano por alguna parte.

Como nosotros dos de esta entrevista que es, probablemente, una de las más interesantes que me han hecho. Gracias, Martín, siempre.

Entrevista: Martín Parra.

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