Iaioflautas: la vejez antisistema.

En la imagen, un grupo de iaioflautas manifestándose en Barcelona. Fotografía de archivo.

Repitan conmigo: Viejo, vieja; viejos, viejas; viejo, vieja; viejos, viejas; viejo, vieja; viejos, viejas…

¿A que no pasó nada? Pues en nuestra sociedad de consumo, quizá por lo que tiene la vejez de vanitas, parece que sí pasa algo, porque se evita rodeándola con múltiples eufemismos: cierta edad, entrado en años, tercera edad, nuestros mayores…

Cierta edad: nuestra edad ya es cierta desde que nos dan asiento en el Registro Civil.

Entrado en años: a partir de los doce meses ya empezamos a entrar en años.

Tercera edad: nunca nos hablan de la cuarta.

Nuestros mayores: nuestros mayores son muy suyos, y la legislación vigente ya dice a qué años se es mayor de edad sin paternalismos.

Todo lo anterior, muy interiorizado, vive como rechazo de la vejez en nuestro lenguaje con una inercia social domesticada. Por ello, casi preferimos más la sinceridad de quien habla alto y sin rodeos, como Christine Lagarde, que como directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) dijo que los ancianos viven demasiado y son un riesgo para la economía, lo que sin duda resulta la mejor constatación, neoliberal y nazi, de que los viejos son el mayor peligro antisistema por no estar incluidos todavía en algún tipo de obsolescencia programada.

Ya se sabe, nuestros mayores, los de la edad de tercera que viven demasiado, sirven en la sociedad de consumo para anunciar botes de fabada, para que vuelvan los suyos a casa por Navidad, para fijar dentaduras postizas… pero, sobre todo, para cargarse la economía pretendiendo que sus pensiones se mantengan hermanadas con el IPC.

Por eso, aunque los viejos tan entrados en razones y en años se manifiesten pacíficamente, son unos antisistema. Pero algo habrá que darles, no vaya a ocurrir que siendo tantos y ahora tan ayuntados, por cumplir el Gobierno con lo de la tal Lagarde, se pongan a pensar antes de ir a las urnas, y caigan en la cuenta de la poca diferencia que hay entre la asepsia de los crematorios y la de las modernas cocinas de inducción del sistema.

Texto: Francisco Fresno.

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