Aquella fotografía que me robó el alma.

Irene Cruz, “C’est sûr certain” (2019).

¿Puede una foto robar el alma de una persona? Los nativos americanos, así como otros grupos tribales, aún en nuestros días, creen que sí. La visión que tienen de una cámara desde una perspectiva antropológica es la de un objeto mágico de índole demoníaco. A principios del siglo XX, Guido Boggiani perdió la vida en su empeño por aprehender la belleza del fulgor de la selva: los indígenas de la tribu chamacoco del Alto Paraguay vieron en su artefacto estereoscópico la fuente de todos sus males. El desenlace… el joven e intrépido italiano fue ejecutado y sepultado con su cámara fotográfica en un ritual purificador.

“Algo grande ocurre cuando la montaña y el hombre se encuentran”, escribió William Blake. Del impacto entre la naturaleza inmóvil y el espíritu de quien se enfrenta al cometido de inmortalizar a través de su objetivo lo efímero —hablo, en este caso, de la fotógrafa madrileña Irene Cruz— surge la pureza de la gráfica poética, la belleza, los anhelos, la soledad, la tristeza… El testimonio sobre papel de un momento vivido que perdurará en el tiempo, quizá no eternamente.

La obra de Irene Cruz se desenvuelve en gran parte en un ecosistema de bosque primario donde las fuerzas telúricas coadyuvan a ocupar por un instante el cuerpo retratado, siempre femenil, siempre despojado de impedimentos. La musa como continente y el alma de la artista impregnando con sutileza la substancia ajena —en una acción eventualmente pactada—; la metacorporalidad schopenhaueriana cuyo fin último es obtener más materia, otro cuerpo que habitar para plasmar en una imagen el efecto corona, el campo biológico de quien fotografía. Y mientras Foucault teorizó sobre su cuerpo como un espacio inescapable, el científico ruso Konstantin Korotkov logró captar en 2013, con una cámara bioelectrográfica, la energía de una persona en sus últimos estertores.

Dejando a un lado el discurso metacientífico, la propuesta de Irene despierta una fascinación por los mundos de fábula; la completa comunión del ser femenino con la Madre Tierra, ambas, hembras preñadas de luz, vida y futuro.

Al observar sus instantáneas no puedo obviar un mensaje que —no sé si de forma casual— la autora esboza en todas ellas: la crucial importancia del factor femíneo en el proceso vital. Pachamama y la mujer llevan consigo armónicamente el germen del principio y el fin del todo.

Texto: Xosé Mon González.

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