martes, 29 de septiembre de 2020

La historia del acaparador de multas.

Mariano Rajoy durante una rueda de prensa en la Comisión Europea. Fotografía de archivo.

¿Es buen conductor quien circula a 200 kilómetros por hora por el centro de la ciudad y se salta los semáforos en rojo y va sorteando a viejecitos como quien participa en una yincana, a pesar de que tenga unos reflejos envidiables y unas condiciones físicas a prueba de bomba? Obviamente, no sólo no es un buen conductor, sino que es un peligro para la sociedad.

¿Es un buen europeísta, aquel país que “se pasa por el arco del triunfo” las directivas comunitarias y se niega a trasponer la legislación de la Unión Europea, cargándose de multas por no aceptar las normas y condiciones impuestas a un país miembro? Pues, obviamente, tampoco, aunque presuma de ser más europeo que nadie, pero rechaza cualquier obligación que se establezca en las condiciones de adhesión al club.

Querrán creerlo o no, pero ese país insolidario con el resto de Europa y que pretende salirse con las suyas siempre que beneficie los intereses de los más ricos del barrio es España, que acapara el 70% de las multas impuestas por Europa por incumplir las decisiones adoptadas por los dirigentes comunitarios, pero sin argumentar alguna insumisión técnica o política que podría salvarle el culo.

Los datos son de finales de 2017, pero aún nadie ha podido sostener una posible modificación de los mismos en el primer trimestre del año. España es el país que más dinero paga en multas a la comunidad europea. Nada menos que 53 millones y pico de euros han salido de nuestros bolsillos para abonar los caprichos del Gobierno de Mariano Rajoy y de su complacencia con sus amigos empresarios que se llevan el dinero destinado a subvenciones con la misma alegría que Cristina Cifuentes se llevó las cremas dermatológicas de una sucursal de Eroski.

Y es que la diferencia en cuanto a las sanciones abonadas por España es absolutamente estratosférica. Baste con decir que el segundo país que más multas paga es Bélgica con poco más de diez millones de euros, es decir, un quíntuple menos que nuestra sacrosanta patria, que tanto pisto se da con su condición de integrante de la Europa de los 27. Y, además, de que se trata de uno de los grandes.

La verdad es que alardear de su prestigio e influencia en Europa no es sólo un complejo de nuevo rico, sino una mentira como una catedral, entre otras cosas, porque no puede tener predicamento, quien no cumple con sus compromisos y se expone a que los eurócratas se cabreen un día y nos manden a los españoles por detrás del estrecho de Gibraltar.

Por eso una de las imposturas más grandes que ha protagonizado la diplomacia española ha sido la de amenazar a Cataluña conque su independencia podría ponerle fuera de la UE. Es cierto que a las potencias continentales no les gusta la idea de un nuevo país y de una Cataluña separada de España, pero también se hizo llegar la sugerencia al Ministerio de Asuntos Exteriores de que o se cumplía con Europa o la comunidad tendría que tomar sus propias decisiones.

España (es decir, el Gobierno actual) ni quiere cumplir con la normativa europea (ayudas ilegales a las empresas, conflicto de la estiba), ni quiere trasponer directivas ni hacer que las sentencias de los jueces europeos con relación a nuestro país se integren en nuestro ordenamiento jurídico. El Ejecutivo de Mariano Rajoy y sus aliados de la derecha en los diferentes ámbitos (económico, eclesial, financiero, etcétera) sólo quiere estar en Europa para pillar cacho y defender los intereses de sus protectores. Algo así como pertenecer a una comunidad de vecinos y hacerse el moroso en el pago de las contribuciones.

Esta es una de las razones por las que nuestro país recibe más multas que un conductor alocado y consigue llegar al ranking odioso de ser la nación que más paga para satisfacer los instintos vergonzantes de sus líderes. Y, claro, no lo pagan ellos. Se recauda de nuestros impuestos y aquellas cantidades que podrían destinarse a salud, educación, pensiones o dependencia, es decir, a las necesidades de todos los españoles, se entregan a los burócratas por capricho y desidia. A mí eso me parece que es malversación.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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