viernes, 25 de septiembre de 2020

La historia del blanco que tenía la culpa negra.

En la imagen, el reo Mark James Asay ejecutado en Florida el 24 de agosto de 2017. Fotografía de archivo.

El que suscribe es un irreductible detractor de la pena de muerte y no la desearía ni para el peor enemigo. Pero he de reconocer que, ya que existe en algunos países, al menos que sea igualitaria. Ciertamente, que los estadounidenses, que tienen un complejo cristiano insoportable y ven a Dios hasta en los calzoncillos de los abuelos, vayan a derogar ese ojo por ojo que supone la ejecución capital, o asesinato legal, que viene a ser lo mismo, es pedir peras al olmo.

Como las gradaciones existen, se trataría, al menos, de que no se produzcan demasiadas injusticias en el corredor de la muerte, o sea que todos los que vayan a sufrir este castigo sean iguales ante la ley y que los pobres no sean los únicos que reciban la inyección letal en una prisión de cualquiera de los estados que aún mantienen esta antigualla.

Por eso, y aunque parezca una contracción in terminis, creo que el ajusticiamiento de un blanco en Florida por haber disparado y asesinado a un negro y a un hispano, tiene ciertos visos de justicia poética, cuando hasta la fecha ningún “washp” de los USA se fue ni siquiera a la cárcel por quitarle la vida a un “niger”. Y sobre todo si el que dispara a sangre fría y de forma premeditada es un hombre (o mujer) de la ley y el orden, o de lo que se supone ordenamiento jurídico.

Pero me temo que las razones verdaderas de la ejecución en Florida de Mark James Asay no tienen nada que ver con eso de la igualdad ante la ley, sino porque se trata de una persona desestructurada, alcoholizada y con antecedentes de apología del nazismo. Ya sería otra cosa si fuera un bróker de Wall Street o el presidente de una multinacional que tiene por labor cotidiana expulsar del empleo a miles de personas en el mundo entero: un crimen de lesa majestad que para el neoliberalismo rampante es un mérito de guerra.

Mark James Asay era un blanco, pero tenía el alma negra y la culpa del mismo color. Virtudes y vicios de quienes son escoria social y no merecen vivir en las cercanías de nuestras impolutas viviendas unifamiliares y compartiendo nuestros valores de barras y estrellas. En teoría que ejecuten a un blanco podría ser la excepción al racismo institucional y judicial de los estadounidenses, pero en la práctica quienes inocularon el veneno letal en el cuerpo del asesino para que dejara de causarles problemas a las personas de orden, pensaron que James Asay tenía la piel de color. Ya sabéis lo que decía Campoamor, todo es según el color del criminal con que se mira. Y en los Estados Unidos hay bastantes daltónicos.

Texto: Vicente Benaldo de Quirós.

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