Mentir como norma en la era de la posverdad.

Noticias falsas en la era de las cámaras de resonancia. Fotografía de archivo.

Que las redes son un foco de propagación de bulos, mentiras, ganas de joder (que no es lo mismo que ganas de sexo) y pequeñas historias de frustración personal, lo sabíamos y contábamos con ello. A fin de cuentas, es la traducción informática de aquel viejo refrán de que cada uno cuenta la fiesta según le fue en ella. Nada, pues, nuevo bajo el sol y una confirmación de que la objetividad no existe y la subjetividad sólo se sostiene bajo los parámetros de la honestidad.

En los últimos tiempos han proliferado, sin embargo, las mentiras como norma, por lo que las redes sociales se caracterizan por una pléyade de engaños en la que quienes más caradura tienen triunfan sobre los demás o los que acuden a WhatsApp, Facebook, Twitter o lo que sea, con buena fe.

Da igual que el inventor de la historia sepa que es incierta, que no hay ningún indicio, ni siquiera mínimo, de que pueda ser real. Lo que importa, básicamente es faltar a la verdad y no porque esta pueda ser matizada, sino porque la verdad no me interesa.

Circulan historias en estas redes sociales tan repetidas y tan infamemente falsas, que su mera reiteración insulta gravemente al sentido común y a la certeza de que el sol no brilla por la noche y es difícil que la luna llena salga a las doce del mediodía.

Los internautas mienten para reafirmar su personalidad mentirosa y se inventan, por ejemplo, que los menores inmigrantes sin compañía violan impunemente a jóvenes de buenas familias, porque sencillamente odian a los que vienen de fuera para ganarse la vida. Es una manera de compensar su complejo de inferioridad y su odio al diferente.

Como este caso, pueden narrarse otros muchos: el de que los okupas son bandas mafiosas que se introducen en tu piso cuando vas a trabajar y no hay quien los eche. Esta es una mentira muy interesada que repiten hasta la saciedad, bancos que no quieren pagar la contribución, empresas de alarmas que pretenden endilgarte una alerta con teléfono para la policía para que no entren intrusos en tu vivienda y otras zarandajas por el estilo.

Están también los ambiciosillos de turno que manipulan las biografías de algunos líderes políticos porque les tienen una envidia mortal y se encuentran en sus antípodas ideológicas. Es proverbial la mixtificación de la trayectoria personal de la dirigente de Podemos, Irene Montero, a la que se empeñan en tildar de mujer sin estudios ni trabajo y que fue cajera en un supermercado, obviando que tiene un título de Psicología.

Sinceramente, no sé yo si alguna vez la Ministra de Igualdad fue cajera o no. Me tira del pijo. pero conozco a más de una cajera con una férrea voluntad y unos conocimientos de la gestión política que podría superar a cualquier dirigente político que haya estudiado en una universidad privada. Y, por supuesto, le da mil vueltas intelectuales y personales a la lenguaraz de Isabel Díaz Ayuso.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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