miércoles, 13 de noviembre de 2019

La paciencia de Nicolás Maduro.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, durante un acto militar en una base de Caracas. Fotografía de archivo.

No acierto a entender la inmensa paciencia que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, echa a las continuas zancadillas golpistas que la oposición de derechas de ese país protagoniza un día sí y otro también con el ilegítimo objetivo de derrocar la democracia en esa nación. En cualquier otra parte del mundo, un tipo que se suba a una furgoneta y llame a gritos a los militares para que den un golpe de Estado ya estaría preso. Y no digamos nada si lo hace en complicidad con otro país. Si alguien se dispusiera a manifestarse por las calles de la colombiana Barranquilla, acusara al presidente Iván Duque de dictador golpista y llamase a intervenir a las fuerzas armadas colombianas para que eliminara a los narcotraficantes, sería carne de paramilitares antes de una hora, en un país que tiene los mismos colores que la bandera de Venezuela, pero en distinta disposición.

Si yo fuera el jefe del Estado venezolano ya le hubiera mandado a todo el Ejército bolivariano, las fuerzas de choque y de primera intervención y hasta la cabra de la Legión para impedir que siga obstaculizando la democracia y tratando de prostituir los resultados electorales. Porque sí es verdad que exigir unas nuevas elecciones es plenamente legítimo en cualquier país del mundo que tenga una democracia, pero hay que recordar que en mayo del pasado año los venezolanos fueron a las urnas para elegir a Maduro como presidente, con el aval de los observadores internacionales, entre ellos, José Luis Rodríguez Zapatero, que es cualquier cosa menos bolivariano.

Posiblemente, el Gobierno de Caracas tenga un plan B que pase por cansar a esta oposición cansina hasta que se dé cuenta de que si no es en las urnas no echan a Maduro del palacio de Miraflores. Por eso lo de la paciencia, pero me da la impresión de que de seguir así van a cambiar al Santo Job como paradigma del aguante a cualquier precio por Santo Nicolás.

Lo paradójico de la situación es que los protagonistas de la asonada se esconden, cuando las cosas vienen mal dadas, y corren como ratas a resguardarse en una embajada si las tanquetas del ejército leal a Maduro disuelve el aquelarre golpista. Huyen sin dar la cara y sin afrontar sus consecuencias políticas, como es el caso de Leopoldo López y los suyos que se refugiaron en la residencia del embajador español, posiblemente para encontrar la reunificación familiar con su padre, un candidato frustrado del PP al Congreso de los Diputados. Y los mismos que lo jalean llaman cobarde a Puigdemont.

Parece claro que los continuos llamamientos al Golpe de Estado en Venezuela no tienen el éxito que sus impulsores buscan y a lo mejor tratan de implicar a Estados Unidos en una intervención militar con la que ya ha amagado varias veces, pero que no termina de llegar. Igual a Maduro también le viene bien. Casi estoy deseando que los estadounidenses crucen la frontera y entren en Venezuela a ver si nos enseñan cómo salvar los obstáculos de una orografía adversa y que los valles, montes y cordilleras del país, sin contar con el Orinoco, claro, puedan contemplar el avance de las barras y las estrellas. Llevarían en su caso más hostias de las que recibieron en Vietnam y quizá se contengan los estrategas militares para no hacer otro ridículo como en Bahía de Cochinos. También es verdad que los que saben de tácticas militares ven una locura la invasión yanqui.

La casualidad, o quizá la justicia poética, quiso que después de la turra con la libertad en Venezuela, la televisión emitiera un reportaje sobre la huida de ciudadanos hondureños de su país en busca de un porvenir para sus hijos. Nadie pidió en España la dimisión del vendepatrias Orlando Fernández, que fue reelegido de manera ilegítima y sin la fuerza de los votos, sino que los líderes de opinión callaron como muertos. Y es que en Honduras no hace falta que las multinacionales recuperen su poderío perdido, porque ya lo tienen. Es lo que les diferencia de Venezuela.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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