martes, 29 de septiembre de 2020

La radiografía de una pasión.

“Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio”, filme dirigido por Steven Spielberg en 2011.

Los nacidos en la década de los años 70 del pasado siglo que vivíamos en el centro de Xixón tenemos el recuerdo común del Parque de Begoña y de la Biblioteca Infantil que ocupaba una parte de su espacio. También del olor de los baños de detrás de la Biblioteca, de la pista de fútbol y de adictos a la heroína lavando las jeringuillas en la fuente. Crecimos en medio de esos contrastes. Mi secuencia era jugar en la pista hasta que te echaran, entonces solía ir a la Biblioteca a leer algún cómic de Astérix o de Tintín o historias sobre pueblos antiguos (me gustaba especialmente la de los vikingos y de su apetecible Cielo al que llamaban Valhalla y al que llegabas conducido por valquirias). Pista de fútbol y cerca, a un paso, biblioteca o droga. Igual de fácil. Algunos amigos de esa infancia ochentera se quedaron por el camino.

En mi casa había libros y hermanos mayores a los que me quería parecer leyendo lo que a ellos les había gustado tanto. También tuve veranos largos y tardes de aburrimiento con muchos de mis amigos de vacaciones en sitios con enormes piscinas y sol. La alternativa la encontré en unos libros con los que fui creciendo y me fueron conformando. Mi infancia también son recuerdos de un pueblo y de un largo corredor, del olor de las patatas fritas de mi abuela hechas en una cocina de carbón que hacía “compañía” y que yo esperaba enfrascado en los viejos y escasos libros que mi padre había podido rescatar de una infancia de posguerra y padre ausente.

Es difícil convencer a alguien de las ventajas de leer. Podría hablarle de evasión, de risas y sufrimientos, contarle que casi todo lo que pasa ya le ha sucedido a alguien antes y ya lo ha contado. Podría contarles a los que se sorprenden con “Juego de Tronos”, que Shakespeare ya lo contó antes. Podría contarles la fuerza de un verso o las equis veces que disfruté del Quijote; podría, pero ni quiero, ni creo que sirva. Se puede pasar por este mundo sin haber leído una línea, seguro que sí, pero como el “amor” en el soneto de Lope, quien lo probó…

Texto: Rafa Guitérrez Testón.

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