martes, 29 de septiembre de 2020

Políticos vedettes y nerones.

Henryk Siemiradzki, “La Dirce cristiana” (1897).

La madurez, período comprendido entre los 25 y los 60 años de edad, transcurre bajo el influjo de un importante número de factores personales y ambientales definitivos.

En su teoría sobre el desarrollo del carácter, el psicólogo alemán Fritz Künkel estableció una tipología que definía —en un contexto próximo al “Yo soy yo y mis circunstancias” de Ortega y Gasset— las variables conductuales del humano adulto en: individuo nerón, vedette, quelonio y menino.

En este análisis, y para centrarnos en la cuestión que quiero tratar —la Cosa Política—, ahondaré en los modos de los políticos vedettes y los políticos nerones para intentar comprender la actual situación de crisis mundial que sufrimos.

El político vedette persigue la admiración por la admiración. Para él, la fama y la popularidad son sinónimo de superioridad; alardea, exagera, miente, hace comedia con tal de ser visto y tomado en cuenta. Cuando no tiene público se siente deprimido y apagado. Este tipo de individuo vive sujeto a las opiniones de los demás: se deprime cuando le critican y ridiculizan y se exalta cuando se siente elogiado. En definitiva, su personalidad tiene poco fondo.

Por su parte, al político nerón no le importa brillar, sólo gobernar e imponer. Su mayor emoción es “manejar” los acontecimientos y a las personas, saber que se hace lo que él ordena. La imagen de su yo es la de un conquistador. Su máxima pesadilla es descubrir su debilidad: saber que alguien es más fuerte que él. Busca el influjo social para decidir. El resto de las personas deben aceptar su superioridad y sentirse menos que él.

Lo paradójico es que —pase lo que pase— los caprichos, torpezas e impudicias de nuestros corruptos servidores públicos se anotan cada día en el debe del libro de cuentas del “pueblo llano”: porque para la Cosa Política no existe ni ética ni moralidad. “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”: en fin, autocracia y Despotismo ilustrado contemporáneo.

Texto: Xosé Mon González.

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