Somos una sociedad mimada y caprichosa.

Traslado del “Guernica” de Pablo Picasso. Fotografía: Cordon Press.

Cuando mi hermana o yo nos quejábamos porque no nos gustaba la comida que había en el plato, mi abuela siempre nos repetía el mismo mantra en tono amenazante apocalíptico: ¡como venir viniese una guerra ibais a comer hasta las sobras!

Pobre; lo decía sin imaginar que se pudiese cumplir tal presagio, deseando en su fuero interno que no tuviésemos que vivir una guerra y una posguerra como las que ella conoció y ahora entiendo por qué. De hecho, yo también le lanzo a mi hijo todo tipo de conjuros, pero en vez de conminarle con una hipotética guerra, con el “ahora” versus “entonces”, lo hago emplazándole a volver a nacer, esta vez en el cuerno de África.

Supongo que cualquiera que haya nacido en la década de 1970 tiene a Etiopía, Eritrea o Somalia como referente del infierno terrenal, y ese es nuestro recurso cuando pretendemos infundirle a un niño conciencia de lo que debería temer de verdad. Dicho de otro modo, insuflarle gratitud por haber nacido “aquí” versus “allí”.

De pequeña me enseñaron a sacrificarme, a no quejarme, a pelear, y también a acatar. Me enseñaron a contener el llanto, curarme las heridas y levantarme, a ser consciente de mis limitaciones y no envidiar las posibilidades del resto. A asumir los designios impuestos por el destino y el lugar que me había tocado ocupar en la sociedad, a sentirme pese a todo, una privilegiada. A ser fuerte, en el plano físico y en el moral, a tener fe y esperanza, a pelear por lo que quiero y, sobre todo, a hacer, porque con dos manos, dos piernas y un intelecto sano, podría y debía hacer todo cuanto se terciase. Tales eran las premisas. Ser válida y sufrida.

Estos días de recogimiento impuesto me están sirviendo para conocer que no todo el mundo es como yo, o comparte mi filosofía, ni mucho menos. No se esperaba que los votantes de derechas fuesen a ponerlo fácil, pandemia mundial mediante o no, seamos honestos. Vamos, que en el hipotético caso de que España fuese hoy un remanso de calma y homeostasis económica y social, la derecha y sus prosélitos iban a ser el mismo grano en el culo que están siendo. No hay sorpresas.

Con tal de demostrar que llevaban la razón, son capaces de acusar a Sánchez de haber asesinado a nuestros ancianos y de planear asesinar ahora a nuestros niños. Son capaces incluso de enjuiciar a la Guardia Civil o reivindicar abiertamente su derecho a emitir y recibir fake news, y en tiempos de “guerra” fomentar y practicar la desafección a las instituciones, sin que se les caiga la cara de vergüenza. Nadie me lo ha contado, tales infamias las he escuchado yo. Pero ese es otro asunto.

Lo que no imaginaba ni en mis pronósticos más pesimistas, y a ellos exclusivamente va dirigido mi texto, es que los votantes de izquierdas fuesen a tener la piel tan fina. Ellos que tan bien conocen la lírica y la épica del sufrimiento, fuesen a inundar las redes de reproches y gimoteos al punto de que entrar en redes se ha convertido, tras ver los programas televisivos de opinión, en el método más efectivo para caer en displicencia y depresión. Y esto me lleva a pensar que somos una sociedad mimada y caprichosa, que desconoce el verdadero significado de sacrificio o lo confunde con quedarse sin WhatsApp y tener que pasarse circunstancialmente a Telegram porque el primero se ha caído.

Y en vez de acatar y asumir, para no avivar aún más el fuego que la oposición mantiene encendido, ya no desde el pacto de coalición de enero, sino desde el 28A, soplan, y soplan, y soplan… no está claro si para apagarlo o para todo lo contrario, aunque en el intento, ellos mismos se acaben quemando.

A los niños españoles, no va a quedarles ningún trauma ni secuela por permanecer un mes, ni siquiera por permanecer un año en casa. No al menos en las casas que todos estamos visualizando, con una ventana al exterior, caldera, nevera y WiFi. Las casas de la mayoría, vamos.

Podríamos puntualizar, claro está, que hay niños que viven en zulos hacinados, sin luz natural, pero para esos niños, este sería el menor de los problemas y desde luego deberíamos plantearnos por qué han llegado a esta situación, cuánto tiempo llevan así, y por qué razón hasta ahora su realidad estaba invisibilizada.

Pero al resto voy más allá, no sólo no iba a ocasionarles daños, sino que probablemente fuese a resultarles beneficioso, para hacerles una generación más fuerte y preparada que sus antecesoras “millennial” y “posmilenial”, impacientes, individualistas, sin capacidad de sacrificio, acostumbrados a obtenerlo todo de manera inmediata. No lo digo yo.

No obstante, a nadie se le está pidiendo un año sin salir de casa, ni siquiera un trimestre.

Un niño con alimentos a discreción, cariño, diálogo familiar, ejercicio y juego, luz natural y comunicación permanente con amigos y profesorado (no olvidemos que son nativos digitales), pero ¡qué me estáis contando!, ¿dónde está el drama?

Y cuando ya el colmo de mi aguante por ver a mis conciudadanos, ya no quejarse de los miles de muertos o de la que se nos viene encima, algo totalmente lógico, sino de que los niños salgan con 10, 12 o 14 años, para dar una vuelta a la manzana, o para ir a la farmacia, cogidos o no de la mano, con o sin mascarilla, […], en fin.

Claro, esta ecuación estaría incompleta si no mencionase a un Gobierno, que ha invertido el orden natural de sus comunicados; comenta, anuncia, y después redacta. Publica, para según proteste la sociedad o no, dejarlos tal cual o acomodarlos a petición de la masa, como si la masa fuesen los expertos en todo caso. Lo lógico, lo serio, digo yo, sería dejarlo todo bien atado y justificado, epígrafe por epígrafe, para que nadie pudiese replicar, y en caso de que así fuese, que toda objeción tuviese su réplica preparada. Ojo, protestar iban a protestar igual, a los hechos me remito, nada, absolutamente nada les viene bien.

Lo que no se puede consentir es que redacten un decreto equis, argumentarlo en base al consejo de un supuesto comité de expertos en la materia, para después acomodarlo a la demanda del pueblo y sus diversos intereses a menudo contrapuestos.

No, no es serio. Y a mí esta comedia ya me tiene hasta los ovarios. Llevo un mes tratando de convencer a quienes les eligieron, de que no se equivocaron. Cada texto un mismo propósito.

Has hecho bien eligiéndoles. Y sigo pensándolo, si esto te parece malo, piensa en Abascal y Casado, ¡a mí se me ponen los pelos de punta!, pero paso de invertir más energía y tiempo en acreditar a un Gobierno que se está especializando en rectificar. Y sí, rectificar es de sabios, pero hay que ser aún más sabio para hacerlo bien desde el principio, y en esta ocasión, con el decreto para la distensión del confinamiento de los menores, aún disponían de tiempo para dejarlo todo atado y bien atado. Aquí se han equivocado.

¿Quién coño les está asesorando?, ¿Negre?, ¿Inda?, ¿San Sebastián?

Texto: Leticia González Díaz.

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