sábado, 18 de septiembre de 2021

“Tiempo ordinario”, de Eduardo Laporte.

Hace poco llegaba a la conclusión, tantas veces rehusada por mi mente de lejanías, de que hoy, en literatura, todo es realismo. Que más o menos áspero, que más o menos escabroso, naif, sucio, etc. Realismo. Pensaba, también, que de esto continuar así nunca más se prepararía arte alguno, y que el hombre habría de vivir su libertad en un escenario mental y siempre como reacción; los días de creación desencadenada, libre, si es que los hubo –en general la historia humana es una historia de elusión de todo brote de subversión, en el orden que sea−, habían terminado y urgente era revisar el papel de uno mismo en todo ese tinglado.

         Bien. Hoy, siete de agosto del veintiuno, no me he apartado un centímetro de esa conclusión a que llegaba hace poco y sigo pensando que todo en narrativa es realismo y que la única abstracción a que podemos aspirar se nos sirve de manera ensayada, en ensayos –de los cuales, por cierto, cada día me siento más deudor−. Sin embargo, hay un realismo que me gusta, y es el que infla un globo dentro del género y le crece protuberancias de evasión, de deserción, que desbordan en conjunto su pauta “naturalista”. Si el realismo gravita sobre la novela como un ave rapaz al cuidado de sus huevos, dejaremos de ser realistas, si no a fuerza de un lenguaje creador –no es el caso del libro al que me ocupo en aludir aquí−, sí a fuerza de imágenes. O de brevedad. O de minutísima reflexión. A la acumulación de presente en una prosa casi fotográfica he acabado pensando que puede combatírsele con píldoras de realidad miniaturizada, precisa y aforística, que es lo que nos encontramos en Tiempo ordinario (Papeles mínimos, 2021), de Eduardo Laporte. Un libro escrito a la manera del diario íntimo, creo yo que en ese ínterin de cuando se espera a la inspiración para algo de más peso, extensión. Un libro que anuncia el tipo de razón de Laporte, la cual, sin pertenecer a una nómina de rebeldía, es capaz de causar baja de militancia en cualquier causa grandilocuente, convencional. Y de hacerlo con un fondo constante de nostalgia y preclara reflexión alrededor de esa circunferencia reiterativa y cruel que es la vida –la única manera, después de todo−.

         Se dan en él unos guiños y unos modales que no son de salonnier, −yo le tengo intuido el tono negro de indomabilidad−, pero que están cerca de emparentarle con aquellos autores que hacían su vida y su obra con buenos sentimientos y con desganada elegancia, como si la manera de llegar a un sitio fuese tan importante o más como el paquete que se entrega. Hay, eso sí, un viento de pesimismo o de tristeza, que nunca alcanza la renuncia, en el libro –¿en él? ¿En su obra, en general?− que a mí entra muy bien y me hace conectar con él.

         Un libro no de desencanto sino de paso llano y posicionamiento nada gregario para con el mundo y sus cosas.

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