
La muerte de Julián Muñoz, a los 76 años a causa de un cáncer, el pasado 24 de septiembre, me transporta a la Marbella de entre siglos, donde la corrupción campaba a sus anchas y las autoridades se jactaban de que bordeando, cuando no desobedeciendo la ley, se obtenían más riquezas para el municipio, que era como decir para sus caciques.
Eran los tiempos de Jesús Gil, antecesor de Cachuli —apelativo cariñoso y familiar de Muñoz—, y de su partido pantalla, el Grupo Independiente Liberal (GIL), que llevaba su apellido y que era la excusa perfecta para delinquir bajo la premisa de que la gente guapa y rica marbellí creaba riqueza, y sólo los más resentidos se mostraban disconformes.
Aquella Marbella parece haber quedado atrás. Julián Felipe Muñoz Palomo era el último mohicano de una caterva de personajes patéticos que disfrazaban su codicia de hedonismo permanente y sin escrúpulos. Murió Julián Muñoz, después de Jesús Gil y su inefable caballo Imperioso, y hace poco también se fue el vividor Luis Ortiz, hijo del censor Paco “El Tijeras” y expareja de la condesa alemana Gunilla von Bismarck, otros dos secundarios de lujo de aquella Marbella que maravillaba a los más paletos.
Ya no se habla de Marbella como una tierra de promisión, la localidad malagueña capital del lujo y el exceso de la Costa del Sol donde el más listo se enriquecía tan rápido como anunciaba el exministro felipista de Economía y Hacienda, Carlos Solchaga. Y yo no sé si esta ausencia de propaganda es algo bueno, malo o regular. Sólo sé que los actores de otros tiempos ya están pasados de moda, como las camisas abiertas del que fuera portador de la llave de Marbella, presidente y dueño total del club de fútbol Atlético de Madrid, y máximo exponente del “pelo en pecho” y del horterismo nacional.
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