
El ascenso del nazismo en la Alemania de la década de 1930 es uno de los pasajes más horrorosos y reveladores de la crónica moderna. Esta desgracia no sólo se produjo en un contexto de crisis económica y política, sino que también fue propiciada por un descontento social que encontró eco en un discurso populista y extremista. Hoy, en España y en buena parte de Europa, se pueden detectar patrones inquietantes que recuerdan a esos días oscuros; la figura de Daniel Esteve y su empresa Desokupa han emergido como símbolos de un fenómeno que, aunque de diferentes maneras, encapsuladas de una u otra forma, pareciera a priori, que, presenta ciertas similitudes preocupantes con el pretérito.
En la Alemania de posguerra, la inestabilidad sistémica era evidente. El Tratado de Versalles, que puso fin a la Gran Guerra, dejó al país sumido en una situación demoledora. La hiperinflación y la Gran Depresión de 1929 llevaron a millones de alemanes a la pobreza y al desempleo. En este clima de caos, Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) comenzaron a ganar seguidores al prometer la reconstrucción de una nación germana fuerte, la recuperación de territorios perdidos y la restauración del orgullo nacional. Los nazis se presentaron como la solución a los problemas que atormentaban al pueblo, manipulando las esperanzas, temores y prejuicios de una nación ansiosa por salir del pozo.
La historia nos muestra que esta búsqueda de soluciones fáciles, a menudo disfrazadas de retórica nacionalista y tradicionalista, puede conducir a consecuencias devastadoras. Así, la narrativa de “limpiar la calle de ratas”, refiriéndose a los inmigrantes, utilizada por el agitador Esteve, podría ser interpretada por algunos como el eco de un pasado convulso. O puede que quien firma, no comprenda nada de lo que es o no correcto.
Las Sturmabteilung (SA), también conocidas como “camisas pardas”, jugaron un papel crucial en el ascenso al poder de Hitler. Estas milicias paramilitares, compuestas por jóvenes fanáticos, actuaban a su libre albedrío, intimidando y agrediendo a quienes se oponían al partido nazi. La SA no sólo brindaba una sensación de poder a sus miembros, sino que también servía como un instrumento para desestabilizar a la oposición y afianzar la dominación del régimen hitleriano. La comparación con Desokupa, en este sentido, es compleja y debe ser abordada con cuidado, a mi entender, a pesar de lo que algunas personas están diciendo; pues el contexto y las motivaciones pueden diferir, pero los métodos de movilización a partir del miedo y la frustración son elementos que parecieran resonar a una frecuencia similar, y entonces, estaríamos montando pasajeros en un barco europeo e incluso transatlántico, que parece a priori, capaz de hacer daño a la cultura democrática de los pueblos.
En la actualidad, España enfrenta importantes desafíos que, si bien son diferentes en naturaleza, constituyen un marco idóneo para el extremismo. La debacle financiera, exacerbada por la pandemia de SARS-CoV-2, el conflicto entre Ucrania y Rusia, el consecuente desabastecimiento energético y el genocidio del pueblo palestino, ha dejado a muchos españoles luchando por sobrevivir día a día. La incertidumbre crediticia, la alta inflación y la falta de trabajo han desencadenado un malestar generalizado, que se refleja en el auge de partidos de extrema derecha como Vox. Daniel Esteve, el fundador de Desokupa, ha sabido capitalizar esta desesperanza. Su retórica antiokupa ha calado en sectores de la población que se sienten amenazados por la ocupación ilegal de viviendas y la llegada masiva de inmigrantes. A través de una campaña de comunicación agresiva y provocadora, Esteve se ha posicionado como una alternativa ante lo que percibe como la ineficacia de un Estado fallido para abordar estas problemáticas.
Desokupa no es sólo una empresa de desalojo; se presenta como un movimiento que defiende la propiedad y la seguridad ciudadana. Sin embargo, lemas como “limpiar la calle de ratas” evocan un ideario de justicia extrajudicial y lucha de clases. Existe la posibilidad, aunque minúscula, de que, en su búsqueda por abordar problemas sociales, esté utilizando un lenguaje controvertido que intenta despertar una conciencia colectiva ante una realidad compleja.
Los informes sobre manifestaciones de seguidores de Esteve realizando saludos fascistas y gritando “Sieg Heil!” no son simples anécdotas, sino que apuntan hacia una patología social más profunda: la normalización de la coerción como medio para lograr objetivos políticos. Este comportamiento, que recuerda a las tácticas de las milicias nazis, plantea un peligro plausible para la cohesión social y la democracia en España.
Aún así, Esteve continúa su cruzada con total impunidad. El 4 de agosto, anunció un acuerdo con el Sindicato Unificado de Policía (SUP) que permite a sus afiliados acceder a cursos impartidos por el Club Desokupa, que abarcan desde primeros auxilios hasta el manejo de porras y técnicas de inmovilización. Esta propuesta está dirigida a todos los públicos, incluyendo a niños y niñas desde los 14 años, así como a mujeres y adolescentes. En su sitio web, Esteve promete que «nos lo vamos a pasar bomba» y aclara que no enseñarán trucos mágicos, sino que se centrarán en la práctica a través de repeticiones para asegurar que los participantes aprendan a defenderse automáticamente.
El Ministerio del Interior ha dejado claro que este curso no contará para ascensos y que no respalda ninguna formación externa, reconociendo únicamente la oficial impartida por la Policía Nacional. En un mensaje reciente, el propietario de Desokupa desafió a Grande-Marlaska, argumentando que los policías que participen podrán incluirlo en su currículum, «le guste o no» al ministro. Tras la firma del convenio, Interior abrió un expediente para investigar si el curso vulnera los valores democráticos y si se debe retirar el apoyo económico al SUP por su implicación, aunque la investigación aún no ha concluido.
Por su parte, la secretaria general del SUP, Mónica Gracia, defendió la colaboración con Desokupa, argumentando que es una respuesta a la violencia desmedida que viven los agentes.
Ante el auge de Desokupa y su relación con partidos de ultraderecha, se ha suscitado una creciente preocupación en formaciones de las izquierdas, como Sumar. La secretaria de Organización del partido, Lara Hernández, ha instado al Ministerio del Interior a frenar la infiltración ultraderechista en el sistema político y ha exigido la ilegalización de la estructura ultra. Las críticas se han centrado en que Interior no puede ser cómplice de prácticas que extienden la brutalidad y el totalitarismo en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Iñigo Errejón ha denunciado que un grupo escuadrista de derecha autoritaria esté formando a miles de policías nacionales, alertando sobre la amenaza que esto representa para la legitimidad popular.
La situación plantea un dilema: ¿hasta qué punto el Gobierno permitirá que estas prácticas se normalicen? Las semejanzas entre el ascenso de individuos como Daniel Esteve y los “camisas pardas” son alarmantes, al parecer de las apreciaciones realizadas por expertos en diversos medios de comunicación. En su desarrollo, ambos se alimentan de tensión, miedo y frustración, recurriendo al populismo para justificar acciones que amenazan con desestabilizar sociedades ya vulnerables. El pasado torcido no debe repetirse; la vigilancia y la acción son esenciales para garantizar que los errores no vuelvan a suceder. Como sociedad, la responsabilidad recae en todos nosotros para identificar y confrontar estas tendencias peligrosas. La historia nos enseña que el silencio y la complacencia ante la injusticia sólo alimentan la máquina de la opresión. La resistencia no sólo debe venir de las instituciones, sino también de cada ciudadano que crea en los valores democráticos, la igualdad y la justicia social.
El paralelismo entre la Alemania de la década de 1930 y la situación actual en España es, aunque con sus matices, inquietante. Ambos países fueron víctimas de dinámicas anormales surgidas de fracasos profundos, donde el sufrimiento, la desesperanza económica y la polarización política fueron el caldo de cultivo para una demagogia tóxica. El Führer aprovechó la coyuntura de la Gran Depresión, que dejó a millones de alemanes sin ocupación, para erigirse como el salvador que traería de vuelta la grandeza teutona. La promesa de restaurar la dignidad nacional resonó en una ciudadanía herida que buscaba respuestas inmediatas. Hoy, en España, una economía tambaleante, marcada por la inflación y la falta de empleo, ha creado un escenario de crispación que podría desembocar en una tragedia.
La inseguridad, exacerbada por la vulnerabilidad en la vivienda y la llegada de migrantes, ha llevado a muchos a buscar respuestas en sujetos como Daniel Esteve, un hombre que ha sabido capitalizar el miedo y la frustración de una España rendida. Un radical que ha encontrado un nicho en el discurso antiocupación, que se ha vuelto popular entre sectores que sienten que sus derechos están siendo pisoteados. Desokupa, bajo el liderazgo de Esteve, se alza como un símbolo de sublevación contra una administración considerada ineficaz y desorientada. Su retórica, que aboga por desinfectar las calles, es un eco del hostigamiento verbal y físico que caracterizó a la SA en su lucha por la supremacía.
La historia de los “camisas pardas” nos ofrece lecciones fundamentales. Los movimientos de este tipo se nutren de una narrativa de victimización que les permite justificar su agresividad. Al igual que la SA, que presentó su brutalidad como una intervención para restaurar el orden, Desokupa ha encontrado la manera de presentarse como los defensores de la justicia en España, aunque a través de métodos cuestionables. La normalización de discursos que promueven la violencia y la intolerancia no debe ser subestimada; es un paso hacia el abismo que ya dieron otras sociedades en tiempos pasados.
La construcción de un país más inclusivo y justo no puede dejarse en manos de quienes operan desde la impulsividad y la intimidación. El futuro de nuestro país depende de la capacidad de los españoles para rechazar la deshumanización del otro y para construir un discurso basado en la empatía, el entendimiento y el respeto mutuo. La historia nos recuerda que la lucha contra el extremismo requiere de la vigilancia constante, la educación y la promoción de valores democráticos en todos los niveles de la sociedad.
Por ello, es primordial que tanto el activismo civil como las instituciones mantengan una postura firme ante la impunidad con la que operan Daniel Esteve y compañía. La protección de la democracia y los derechos humanos no es sólo una cuestión política; es una responsabilidad colectiva. Las lecciones del pasado no deben ser olvidadas, y el desafío que enfrentamos hoy exige un compromiso renovado para salvaguardar los principios que sustentan nuestra sociedad.
Por ello, es primordialo que tanto el activismo civil como las instituciones mantengan una postura firme ante la impunidad con la que operan Daniel Esteve y compañía. La protección de la democracia y los derechos humanos no es sólo una cuestión política; es una responsabilidad colectiva. Las lecciones del pasado no deben ser olvidadas, y el desafío que enfrentamos hoy exige un compromiso renovado para salvaguardar los principios que sustentan nuestra sociedad.
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