
Los congresos de los partidos políticos tienen dos prismas con los que observar su desarrollo. El primero tiene que ver con las ponencias marco que salen aprobadas, con las mesas diseñadas para consensuar propuestas, con los plenarios, donde una masa enfervorecida asiste al discurso del líder que, en ese mismo instante, reparte su entusiasmo entre los asistentes; con las sonrisas y los abrazos ante las cámaras de la prensa y, cómo no, con las muestras de optimismo y de futuro esperanzador que conlleva la reunión amistosa de la militancia.
Pero existe otro prisma, este mucho menos público y publicado, que tiene que ver con las reuniones privadas, el pasilleo, la adhesión o la bronca compartiendo un café; las prisas por cerrar determinados acuerdos, y la fuerza de un núcleo duro encargado de convertir las conversaciones en muros infranqueables, líneas divisorias y fronteras ideológicas claras.
El 41º Congreso Federal del PSOE en Sevilla no se separa lo más mínimo de estas características, porque se exigen como elementos indispensables para el buen curso de los días en los que tiene lugar. Pero ante esto, el peso de unas circunstancias determinadas hace pensar en un debilitamiento del ímpetu con el que buena parte de los delegados y delegadas acuden a la cita. El caso Koldo, con el exsecretario de Organización José Luis Ábalos metido hasta la cintura en un proceso de búsqueda judicial; las pesquisas que la judicatura está realizando sobre los negocios privados de Begoña Gómez, la mujer del presidente Pedro Sánchez; la nueva vía de investigación abierta hacia su hermano menor, David; y el asunto del PSOE madrileño, con Juan Lobato como damnificado. Pero también el debilitamiento de lo que llamo “efecto Sánchez”, construido en base a las negociaciones con Junts sobre la financiación catalana; los impactos de las opiniones de algunos barones territoriales, que ponen de manifiesto cierta disidencia, no sólo en el seno del propio partido, sino también en el amplio y lacerante espectro de los medios de comunicación, incrementando con ello una crispación interna difícil de gestionar.
El Congreso de los y las socialistas en Sevilla es una olla a presión, una bomba de racimo en el mismo centro de la gestión de la izquierda, porque deja ver una separación, una lucha de poderes que puede ahuyentar al votante y que, con ello, dibuja un panorama no demasiado optimista para las próximas citas electorales. Hay, en cambio, un discurso de reconstrucción que se deja ver en las diferentes propuestas de los responsables federales del partido, un salvavidas que se considera necesario en el proceloso mar en el que navega el barco zozobrante del socialismo. Un discurso con un eco limitado, pero que edificaría un nuevo compromiso de asimilación del PSOE en su naturaleza más pura. Suresnes y sus conclusiones en aquel octubre de 1974 no quedan tan lejos de esta reunión, porque la distancia temporal que separa uno de otro no es perceptible cuando hablamos de las características de refundación que debería tener Sevilla.
Pero qué difícil es rehabilitar sin contar con las herramientas oportunas, qué difícil recomponer sin una mano de obra especializada para la reconstrucción, qué difícil volar teniendo la fuerza de la gravedad conteniendo el movimiento de las alas.
Rehabilitar, reconstruir, aprender a volar son factores que deberían contar con la aprobación real de las citas congresuales, porque, entre otras razones, existe una necesidad apremiante de purgar culpas y salir con una sola voz a decir aquello que se debe decir, comunicar la unión y la fuerza desde el compromiso de la lealtad, cosa bien difícil en estos nuevos tiempos de la política, y trazar líneas ideológicas claras para empezar a entender de qué va la cosa ahora.
La pregunta es: ¿Saben los socialistas de qué va la cosa? ¿Tienen claro lo que quieren, cuál es la característica principal de su futuro como representantes de la izquierda en España? No lo sé. El batiburrillo de voces está generando discursos muy encontrados, opiniones diversas que tienden a ser contrarias, luchas de poder que no se sostienen en líneas teóricas sólidas; nada que no se pueda entender a tenor de los acontecimientos que atacan al PSOE en su singladura. La debilidad se cuela por las rendijas del conocimiento.
Sevilla será un hito, pero veremos qué lugar marcará.
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