El espectáculo navideño: más luz, menos sentido

La navidad, en lugar de ser una festividad con significado, se ha convertido en una carrera desenfrenada por destacar. Ciudades compiten por el árbol más grande y los belenes más espectaculares, mientras los políticos se entregan a un espectáculo sin fondo, donde el consumo y las luces reemplazan el sentido de la celebración
6 de diciembre de 2024
El alcalde de Vigo, Abel Caballero, en el encendido navideño de 2024, el pasado 16 de noviembre.

Definitivamente, los españoles avanzamos hacia la extinción. Me cuentan, y casi no puedo creerlo, que el otro día en La Sexta emitieron un reportaje sobre diferentes familias de nuestro país que celebran el Día de Acción de Gracias, comiéndose el pavo al horno al más puro estilo yanqui. Todo ello, sin conocer siquiera el origen de la festividad ni las razones que justifican esa absurda y mecánica traslación de una tradición ajena.

Lástima que no pudiera ver el reportaje de la mencionada cadena de televisión, aunque casi lo prefiero así, porque mis blasfemias se habrían escuchado hasta en el planeta Venus. Resulta indignante presenciar la estúpida adopción, por parte de algunos españoles, de una costumbre tan estadounidense, si bien es cierto que a muchos de nuestros patriotas de cabecera les hubiera gustado que España fuere un estado más de la Unión.

Y no es que me parezca mal el intercambio cultural entre países. Lo que no soporto es la colonización. Todavía, si en Arizona se celebrara el Día de la República cada 14 de abril o si en alguna urbe de Estados Unidos escanciara la sidra con la maestría con que lo hacemos en Asturias, estaría dispuesto a comerme un pavo al horno o a gastarme unos euros en el maldito Black Friday. Pero si no se produce un “doy para que des”, ya pueden ir dándoles a los yanquis.

Las Navidades se han convertido en una competición pura y dura, en la que la mejor ciudad es aquella que tenga el belén viviente más grande o demuestre que su árbol es el más alto de toda España. Así vivimos una época en la que los municipios se conjuran para atraer al mayor número posible de turistas, para que vean asombrados que sus adornos navideños son apreciados por un gran número de personas.

Y aquí tenemos a los alcaldes como chiquillos, compitiendo por ver quién mea más lejos, pero en vez de orín, lanzan luces navideñas y bombillas que consumen vatios como si fuera la factura de una empresa electrointensiva.

La historia comenzó en Vigo, donde su alcalde, el socialista Abel Caballero, bate récords propios del libro Guinness, mientras se niega a eliminar una cruz que le reclaman los integrantes de las asociaciones memorialistas, lo que demuestra que la ciudad tiene muchas luces, pero su primer edil, no tantas. Madrid le echa un pulso a Vigo y, con el beneplácito del pueblo madrileño, su alcalde, el popular Martínez-Almeida, acude a la inauguración del encendido navideño, mientras que en otras poblaciones la pugna por levantar el árbol más alto alcanza cotas impensables.

Lo cierto es que la Navidad llega cada vez antes y las luces se encienden un mes, incluso mes y medio, antes. Después, los mismos que aplauden el adelanto navideño se ríen de Venezuela, donde el Gobierno decretó adelantar las fiestas a octubre. Sin embargo, allí los ciudadanos reciben una paga extra para solventar sus carencias, debido al bloqueo y a las sanciones occidentales. Pero, ya veis, aquí las Navidades empiezan casi a principios de verano, cuando comienzan a venderse los billetes de lotería para el Sorteo Extraordinario del 22 de diciembre.

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