martes, 18 de septiembre de 2018

Francisco Fresno, sobre lo humano y lo divino.

Francisco Fresno trabajando en su estudio creativo. Fotografía: Karmen Sáenz Elorrieta.

Francisco Fresno es un escultor, pintor y grabador nacido en Villaviciosa (Asturias), que puede ser considerado un autodidacta; a pesar de esto, es respetado y su trabajo valorado por otros autores y por la crítica especializada, que le ve como un artista riguroso y de gran nivel.

—Xosé Mon: La actividad humana transcurre dentro de una sociedad embebida en el paroxismo animal. El analfabetismo emocional deja al descubierto la discapacidad de asumir el arte. Como ejemplo, tu escultura “Hacia la luz” fue grafiteada hace tiempo sin consideración…
—Francisco Fresno: Es cierto. Tras las aportaciones sobre inteligencia emocional por parte de Daniel Goleman o las inteligencias múltiples de Howard Gardner, cabe hablar también de analfabetismos múltiples. Lo inquietante es que antes, la sociedad veía el analfabetismo como consecuencia de una carencia, algo propio de quienes no tenían acceso a la educación, y por tanto como una limitación determinante para comunicarse y para acceder a la información, con la desventaja que ello conlleva en la vida práctica, y por supuesto en lo intelectual; sin embargo, hoy, en gran medida los diferentes analfabetismos de gente con oportunidades para acceder a estudios universitarios están normalizados. Esta asunción de lo analfabeto es lo que me preocupa, y claro, también llega al arte, aunque como expresión de un analfabetismo aún peor por la contradicción que supone atentar contra un elemento cultural para, supuestamente, defender la libertad como respuesta a la llamada “Ley mordaza”. Ya lo he dicho, arremeter contra una escultura pública para “defender” la libertad es como atentar contra los libros de una biblioteca pública, algo que viene muy bien a quienes recortan libertades y nos quieren aborregados y manejables: sin arte, sin música, sin filosofía… y con las Humanidades en rebajas.

—X.M.: La individualidad implica la desaparición del tribalismo; el fin de los ritos grupales que iniciaron al ser cognitivo en el acto reflexivo. En cierto modo, tus esculturas públicas se alzan en espacios que adquieren una dimensión de lugar de poder; el tótem como emblema del clan que trasciende superando la inmanencia terrenal.
—F.F.: Mis dos esculturas públicas de Gijón, tanto “Torre de la memoria” como “Hacia la luz”, parten del terreno elevándose hacia lo que trasciende fuera de él. En la “Torre de la memoria” coincidió, por azar, que sus cimientos están fundidos con los de las antiguas naves de la Fábrica de Moreda, pero más allá de esa memoria enterrada y que se alza como un volumen oxidado aludiendo a la antigua acería, cuenta con una trama de piezas de acero inoxidable que, como espejos, reflejan la luz como un continuum del tiempo. En cuanto “Hacia la luz”, fue concebida brotando del terreno, como si aquel primer bifaz enterrado en Atapuerca como ajuar hace unos 400.000 años emergiera para pasar de herramienta/maqueta a menhir, de lo ciego y enterrado hacia lo inmaterial y luminoso. Y en ambos casos se cumple, efectivamente, el objetivo de sobrepasar la mismidad de las piezas para convertir el espacio en lugar.

—X.M.: Por otro lado, la observación progresiva de tus obras desde una práctica psiconáutica introduce al espectador en una exploración multidimensional; un viaje que se podría asemejar a la experiencia de Alicia al otro lado del espejo.
—F.F.: En buena parte de mi pintura se da aquello que predicaba el escultor Jorge Oteiza, lo de la presencia de la ausencia. Hay temas, como los de las ramas o árboles, que están configurados al revés, hacia ese otro lado del espejo. Las tramas de semillas o puntos les dan forma en negativo a las ramas que recortan como vacío o ausencia, quedando así el motivo como algo inmaterial o espiritual que vemos desde acá, pero que pertenece al otro lado, al más allá. Y por otra parte, como bien dices, esas tramas de puntos permiten en el cuadro una lectura de lo multidimensional al flotar en un espacio más lejano, a veces cósmico, donde lo micro y lo macro se dan la mano desde uno y otro lado.

—X.M.: Los conflictos de magnitud espaciotemporal provocan en el individuo la conmoción de descubrir su papel circunstancial dentro de la dinámica de un universo orgánico e inabarcable. Esta colisión conlleva la falsabilidad del antropocentrismo practicado por el homo œconomicus moderno.
—F.F.: El poder suele estar emparentado con el exceso de ambición económica, y con mucha frecuencia con una necesidad de quien crea. Y esa élite mercantil y su coro, o la parte de ella que le interesa el arte como envanecimiento, ya se retrata muy bien con lo que le separa de lo esencial de la cultura. El exhibicionismo del mercado y sus parafernalias no dejan de ser una forma de banalidad. Otra cosa son los mecenazgos que se encuentran más cercanos a la creatividad y la estimulan dando oportunidades.

—X.M.: ¿Qué podría y/o debería hacer el artista para abstraerse en su proceso vital de ese entorno invasivo-fagocitador?
—F.F.: En la pregunta está la respuesta: abstraerse y centrarse en el binomio arte-vida que se da en la creación, pero haciendo surf para aprovechar en favor de lo creativo la fuerza de esas olas invasivas y envolventes, manteniendo el equilibrio en el avance, encima y dentro de ellas, para convertir así esa estabilidad en expresión propia.

—X.M.: “Camino interior” supuso el fin de tu etapa pictórica. A modo de ejercicio introspectivo, el análisis de los anillos de crecimiento del tronco de uno de los árboles del bosque que aparece en este cuadro revelaría la historia de una vida dedicada a la creatividad…
—F.F.: Decidí que quería ser pintor con diecisiete anillos en mi tronco, y tuve que esperar hasta los cuarenta y nueve para poder dedicarme con exclusividad al arte. Me doy cuenta de que si tuviera que vivir sin esa necesidad de búsqueda que conlleva la creación, la vida se me quedaría pobre y apagada. En cierto modo, se lo debo casi todo al arte; desde él miro la realidad y la remuevo un poco para ir más allá de los convencionalismos que dan por supuesto que ya la conocemos. La vida dedicada a la creatividad, en cualquier terreno, no deja de ser un camino lleno de interrogantes y preposiciones que te van orientado en tu discurrir, entre la experiencia y lo imprevisto, y a veces, cuando hay suerte, tocando lo que en principio no ves.

—X.M.: Hemos hablado de lo humano y lo divino: para concluir, me gustaría reflexionar sobre el dualismo consistente en una lucha entre creación y destrucción como motor del arte…
—F.F.: Para el sabio Chuang Tzu construcción y destrucción es uno y lo mismo. Cuando creo un collage destruyo el orden de lo que recorto para luego crear otro orden diferente con lo recortado. Si miramos al cielo cuando hay nubes vemos ese hacerse/deshacerse continuo de las masas blancas. Los procesos del arte también tienen que ver con un dar de sí de la realidad en su estructura dinámica, según concepto de Xavier Zubiri. Creación y destrucción son una forma de yin y yang en movimiento.

Entrevista: Xosé Mon González.

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