Jacob Pinto y la doble moral de España

Jacob Pinto, asesinado en Jerusalén, se convierte en símbolo de la tragedia civil en Gaza y del doble rasero político: mientras el Gobierno español protesta contra la violencia y la injusticia, su comercio de armas con el país hebreo evidencia la distancia entre la retórica ética y la realidad de una complicidad que contribuye al sufrimiento de miles de inocentes
10 de septiembre de 2025
Pedro Sánchez junto a Alexander De Croo, primer ministro de Bélgica, en Jerusalén. Fotografía: Borja Puig.

Jacob Pinto, español de 25 años, natural de Melilla, recién casado y estudiante de rabinato, fue asesinado el pasado 7 de septiembre en un asalto mortal a un autobús en un cruce de Jerusalén. El trágico desenlace ha conmocionado a quienes condenan la violencia y, al mismo tiempo, reabre el debate sobre la escalada amoral e inhumana del conflicto sionista en Gaza. La Fiscalía de la Audiencia Nacional ha abierto diligencias para investigar lo sucedido. El ataque dejó al menos seis fallecidos y una veintena de heridos, siete de ellos en estado crítico. Pinto es la única víctima española, según fuentes de la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE).

La incursión fue perpetrada por dos individuos armados que subieron al autobús y abrieron fuego contra los pasajeros. Fueron finalmente neutralizados gracias a la intervención de miembros de las fuerzas de seguridad y de un civil presente en el lugar de los hechos. Mientras la Policía israelí y los servicios de emergencia atendían a los heridos y recogían pruebas, el primer ministro Benjamín Netanyahu describió la jornada como una “guerra para erradicar el terrorismo en todos los frentes”, prometiendo una respuesta contundente. Desde la perspectiva de la orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional (CPI) en noviembre de 2024, dirigida al primer ministro israelí por crímenes de guerra y de lesa humanidad, estas palabras resultan repulsivas. Netanyahu subrayó, además, la persistencia de las hostilidades en Jerusalén, Judea y Samaria, lamentando la tragedia que sigue azotando la región y la brutalidad de una agresividad que no da tregua.

Hamás y la Yihad Islámica Palestina han justificado el acto como respuesta a las políticas sionistas, presentándolo como un mensaje dirigido en rechazo de los planes de ocupación y de lo que consideran la profanación de la mezquita de Al-Aqsa. En contraposición, el Gobierno israelí ensalzó el heroísmo de quienes lograron evitar una mayor pérdida de vidas, calificando lo sucedido de “mal absoluto” y llamando a la comunidad internacional a reconocer la gravedad de un choque que sigue cobrando víctimas.

En España, la noticia ha desatado una intensa reacción política, dejando al descubierto cómo el infortunio humano puede convertirse en un instrumento de pugna partidista. El Gobierno de Pedro Sánchez condenó con firmeza la barbarie que se vive en Gaza y el asesinato del ciudadano español, anunciando un paquete de medidas destinadas a frenar lo que califica de genocidio del pueblo palestino.

Sin embargo, los datos oficiales revelan otra realidad: España sigue siendo uno de los principales compradores de equipamiento de combate procedente de Israel. Entre febrero y mayo de 2025, las importaciones españolas representaron el 78 % del material bélico enviado por el país hebreo a la Unión Europea (UE), con un valor cercano a seis millones de euros.

Desde octubre de 2023, cuando el brazo armado del sionismo intensificó el bloqueo y los ataques contra la población civil en territorio palestino, España ha adquirido al menos 54 millones de euros en armas, municiones y vehículos blindados. Lejos de reducir el gasto, este se ha intensificado durante el último semestre de 2025, consolidando a la Moncloa como uno de los principales clientes europeos del material militar israelí, solo por detrás de Países Bajos y Estonia.

Esta contradicción evidencia una política de cortina de humo: a la vez que el Gobierno proclama su moralidad ante la barbarie que se vive en Gaza, mantiene una complicidad silenciosa con un Estado acusado de exterminio. La brecha entre palabra y acto se convierte así en un abismo que expone la fractura ética del discurso oficial y añade un matiz inquietante a la ya convulsa relación entre España e Israel.

Por su parte, la oposición ha reaccionado con dureza. El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, criticó que Hamás celebrara no solo el atentado, sino también las declaraciones de Sánchez sobre la suspensión de exportaciones armamentísticas, reprochando al Ejecutivo no haber mencionado explícitamente a la organización terrorista ni haber exigido la liberación de los rehenes. Cuca Gamarra cuestionó el aprovechamiento de la situación como una maniobra de distracción ante los escándalos de corrupción del PSOE, a la vez que expresaba su solidaridad con los familiares de Jacob Pinto. Vox acusó al presidente de convertirse en portavoz del grupo yihadista y del “narcochavismo”, responsabilizándole de la muerte del joven melillense, mientras reiteraba su apoyo a Netanyahu por su gestión de una democracia consolidada.

Dentro del grupo de socios de Gobierno, Sumar se ha pronunciado con matices. Yolanda Díaz considera positivo el plan de actuaciones, aunque reclama la retirada de la embajadora española, Ana María Salomón, y califica su veto de ingreso como un acto de orgullo frente a un Estado que, a su juicio, perpetra un genocidio. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, destacó la potencia y la urgencia del plan, defendiendo su papel como estímulo para que la UE adopte sanciones similares. Pablo Bustinduy y la ministra de Sanidad, Mónica García, respaldan las sanciones y el embargo de armas como herramientas para frenar el baño de sangre en la zona.

La confrontación entre Madrid y Tel Aviv se recrudece mientras Gaza sufre las embestidas del ejército israelí, que, según informes de organizaciones de derechos humanos, ha provocado la muerte de decenas de miles de civiles desde octubre de 2023. La diplomacia entre los dos países atraviesa su momento más delicado, tensionada por la campaña punitiva de la Moncloa y la retirada temporal de la embajadora española. En respuesta, Israel ha prohibido la entrada a Yolanda Díaz y Sira Rego, ministra de Juventud e Infancia, mientras la cartera de Exteriores española rechaza con firmeza las acusaciones de hostilidad hacia la comunidad judía y defiende la legitimidad de las decisiones tomadas.

En este entramado de sufrimiento y juego de poder, la irreparable pérdida de Jacob Pinto nos recuerda la vulnerabilidad de los civiles en las guerras y la necesidad de mantener una mirada ética más allá de las estrategias diplomáticas y los debates partidistas. Su muerte nos obliga a reflexionar sobre el valor de la vida de un ciudadano español y sobre el peso moral que toda acción política debe asumir al mediar en un conflicto.

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