miércoles, 13 de noviembre de 2019

La aplicación del indulto como antídoto.

Mossos d’Esquadra frente a independentistas, junto a la Llotja de Mar de Barcelona. Fotografía: Enric Fontcuberta.

Anda la peña revolucionada y polemizando sobre si es necesario indultar a los condenados en la sentencia del “procés”, como forma de tender puentes con el sector más moderado de los soberanistas. La mayoría de los (mal) llamados constitucionalistas no quieren hablar de cualquier medida que suponga una rebaja en el fallo judicial y se han puesto a exigirle al presidente en funciones, Pedro Sánchez, que se comprometa antes de las elecciones a no aplicar el indulto, si es que gana y gobierna.

Los socialistas escabullen el bulto porque no quieren ser rehenes de las trampas de los neofranquistas, a quienes no solamente les parece muy débil la sentencia, sino que incluso les gustaría que se les impusiera la prisión permanente revisable. Pero no parece que el presidente en funciones opte por una decisión tan arriesgada, máxime cuando ni los condenados quieren tal medida.

Y ahora tercio yo en la polémica y planteo que se indulte a los condenados, más que por ellos y sus familias por el futuro de la marca España y la reputación de nuestros jueces. El indulto como antídoto. Me explico, es más que probable que el Tribunal Europeo de Justicia anule la condena por rebelión y también por malversación y les deje sólo con un delito de desobediencia. Y claro, otro coscorrón a nuestros jueces supremos de manos de sus colegas europeos es más de lo que nuestro sistema judicial puede aguantar, porque en los últimos tiempos es un varapalo tras otro.

El asunto de la sedición lo ven los magistrados europeos como una utopía y sería muy difícil que avalaran la sentencia. Y eso que el presidente del tribunal, Manuel Marchena miraba para Europa con desconfianza durante el juicio. Pero Estrasburgo tiene su prurito y no quiere que se le suban a las barbas por una calificación más o menos ajustada.

Y lo de la malversación también tiene poco recorrido, máxime cuando el entonces ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, expresara sus dudas razonables de que se hubiera producido tal delito y hasta el punto de que su escepticismo fue reprobado en un histérico editorial por el diario El Mundo, que poco menos le tachó de diletante.

O sea que desobediencia y van que arden, según muchos indicios, aunque todavía el caso no ha llegado al tribunal europeo. Si se cumplen estos pronósticos, el ridículo de nuestros jueces será enorme, sobre todo después de que Estrasburgo le volteara una sentencia sobre Atutxa y la disolución del grupo parlamentario de Batasuna que el Tribunal Supremo español se vio impelido a modificar.

Por eso digo yo lo del indulto. Para evitar que la marca España sea objeto de descojone entre las togas de la UE y de esta manera adelantarse a una posible (o casi segura) abstención generalizada, lo que no gustará a nuestros próceres y a la gente de orden que hay en este país.

Y es que, además, el indulto tiene otra virtualidad. Cuando se aplica, las penas de inhabilitación se mantienen en ejercicio y con la abstención o la desobediencia, se reducen al mínimo. Y tendría su coña que Oriol Junqueras pudiera encabezar la lista a la Generalitat (y salir de presidente) si esto sucede de la manera en la que lo estoy contando.

Por eso los condenados no quieren el indulto. Buscan una victoria jurídica, más probable que improbable y parafrasean aquella frase memorable de Bogart en “Casablanca”: Siempre nos quedará Estrasburgo. ¡Adelantémonos!

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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