miércoles, 30 de septiembre de 2020

Odiseo huyendo de Polifemo.

Retrato de Paco Nadie. Fotografía: Carmen García.

Paco Nadie (Thionville, 1972) cree que la capacidad de observar y representar lo que le rodea viene de su curiosidad por intentar entender cuál es el sentido de la vida. Siempre pensó que la agitación emocional que producían las cosas bellas y las que no lo eran tanto debían tener una función orgánica en nuestra existencia, que algo debía movernos
a vivir como vivíamos.

—Xóse Mon González: En el ámbito artístico el concepto de exclusión cobra cada día mayor relevancia. Hay artistas que sienten la soledad más allá del proceso creativo; momento en el que la “desconexión” puede llegar a ser necesaria. ¿En alguna ocasión has sufrido el menoscabo del aislamiento inducido?
—Paco Nadie: El aislamiento voluntario, si además es por necesidad, puede tener ciertas ventajas, en especial cuando es un síntoma. Tras dar un paseo por el infierno uno debe tomar distancia, aunque sea de forma temporal, con todo aquello que puede alejarnos de nuestra búsqueda. Se trata de esquivar los peligros e ir cada día de isla en isla hasta encontrarse. Hay formas, muchas formas de estar solo, y también multitudes solitarias y solitarios muy bien acompañados. Pero creo que es precisamente aquello que nos lleva al aislamiento lo que debería empujarnos a buscar lo que nos une, para encontrar así a nuestros iguales y ampliar ese mundo mejor que perseguimos. No es bueno perder el contacto con la realidad, con nuestro mundo, el de todos y no el de unos pocos, porque ese es el verdadero y el que merece la pena. Mientras, el universo sigue su curso.

—X.M.G.: En una sociedad jerarquizada donde la banalidad adquiere el grado de máxima excelencia, me fascina el reto de alcanzar la categoría de “don nadie”.
—P.N.: Los nombres propios no nos representan, por eso a veces sentimos la necesidad de inventarnos a nosotros mismos a través de esa representación identitaria que es buscar o elegir nuestro propio apelativo. El seudónimo fue una ocurrencia de juventud. Esto es bastante frecuente entre jóvenes artistas que deciden emprender su camino lejos del rebaño. Como las serpientes, durante la adolescencia, cambiamos de piel y abandonamos el hogar, al que sin embargo siempre estamos volviendo. La idea de no ser nombrado, en mi caso, es en principio la estrategia de huida de Odiseo para escapar con vida del cíclope Polifemo (de las muchas palabras). Cada uno sabrá qué representa en su historia ese cíclope. En mi caso pensé que la firma, la autoría y el ego que tanto enturbian y alimentan la especulación no debían enmascarar la apreciación de la obra que en muchos casos, en mi trabajo, era, además, una obra anónima encontrada, hallazgos buscados, cosas que al fin y al cabo sólo yo me dedicaba a revelar. Aunque hay un acto de renuncia en todo esto, también hay una cierta estrategia para propalar esas pequeñas cosas sin nombre que si observamos con detenimiento hablan de todos nosotros y de lo que vamos dejando a nuestro paso por esas islas de las que hablo.

—X.M.G.: “Una chica no tiene nombre”… No hace mucho te comenté la particularidad del personaje Arya Stark de la serie “Juego de Tronos”, cuyo destino final es convertirse en “una chica que es nadie” bajo la tutela de Jaqen H’ghar, ¿has podido reflexionar sobre el tema?
—P.N.: A lo largo de la historia, el hombre ha intentado acabar con el hombre hasta hacer el mundo insoportable. La obliteración, es decir, el intento por parte del Poder de erradicar cualquier rastro o imagen de disidentes e imponer una visión artificiosa del mundo ha sido constante. En las sociedades erradas los índices de suicidio (otra forma de “desaparecer”) deberían ser considerados como un síntoma pero hasta eso es silenciado. El ego es una de nuestras debilidades, una forma de intentar superarlo es renunciar a esos yos tan poco personales como la patria, las razas, los sexos y pensar a quién interesa ese tipo de cuestiones que nos separan; ser nadie puede ser la mejor forma de empezar a ser uno mismo. Según están las cosas necesitamos algo de evasión, lo ideal sería que todos supiéramos leer, pensar e interpretar nuestra propia existencia y llevarla a cabo pese a las dificultades que entraña. La huida debe ser hacia delante y en esto no vale “borrarse”.

—X.M.G.: En el sano proceso de desprenderse del aprecio excesivo que una persona siente por sí misma, ¿has pensado alguna vez destruir tu obra antes de tu “partida”? o ¿prefieres que tu trabajo trascienda más allá de tu recuerdo?
—P.N.: Como decía, mi obra no sólo surge de mí, a veces ni siquiera es obra, en esencia es un trabajo testimonial, una aportación colectiva en muchos casos inmaterial —basada, en general, en la historia del arte— que será continuada pese a quien pese, porque es la obra de todos. Esta reflexión la hago desde esa idea de lo que yo entiendo que es la cultura, porque en el fondo lo que me gusta es enseñar. En definitiva, por mucho aprecio que yo sienta por mi dedicación y por mi vida, no creo que los que me sobrevivan lo tengan en igual consideración.

—X.M.G.: Cambiando de asunto, como pedagogo ¿qué papel juega el arte y la cultura en el proceso educacional de hoy en día?
—P.N.: La mediocridad y el interés por tenernos subyugados e incómodamente insatisfechos están convirtiendo a los centros de enseñanza en fábricas de infelicidad. Han relegado la filosofía, la música o las artes plásticas a algo testimonial, haciendo que ya nadie se tome en serio estas materias fundamentales para el humanismo. Siempre fueron un peligro, un contrapoder. En esta sociedad ya no hay lugar para una formación crítica y ética que haga pensar de manera divergente. Creo que el arte y la cultura son la respuesta a muchos problemas que nos inquietan; por ello, es imprescindible salir en su defensa allá donde haga falta. Siempre recordaré una reunión con un Consejero de Educación —ahora inculpado por corrupción— reclamando que no quitaran horas de plástica y música en secundaria, y cómo se levantó dejándonos con la palabra en la boca tan pronto como empezamos a darle argumentos al respecto. Lo demás es historia.

—X.M.G.: ¿No tienes la impresión de que en lugar de “guiar o conducir” en el conocimiento, el sistema capitalista imperante se limita a “fabricar” individuos despersonalizados válidos para su propósito?
—P.N.: El eje de nuestra civilización se ha movido, el ser humano está pasando el testigo a la tecnología que para bien o para mal regirá nuestros destinos en los próximos siglos, si llegan. Las universidades se están convirtiendo en escuelas politécnicas, en empresas de colocación para las grandes corporaciones (estas se atreven incluso a pedir sin pudor la modificación de los planes de las universidades públicas para capacitar a futuros trabajadores que les salgan más baratos) o en academias para preparar oposiciones. La cultura para ellos es la del entretenimiento, y en todo caso, para mí es otra cosa muy distinta que tiene que ver con el poder del pueblo. Básicamente, me temo que de eso se trata. Contribuir a la desertización cultural. El sistema es una máquina implacable dirigida para alimentar el capital, el de unos pocos. Los demás somos más útiles pobres, cobardes, aislados, confundidos, distraídos, preocupados y suficientemente ocupados.

—X.M.G.: Jep Gambardella afirmaba en la película “La Gran Belleza” que todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido, el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconstantes destellos de belleza, la decadencia, la desgracia y el hombre miserable, ¿cómo puede el artista abstraerse de esta vorágine?
—P.N.: El artista no debe abstraerse de esa vorágine, incluso aunque lo haga para no ser condicionado o para trabajar al margen; él es el primer afectado y debe saber que todo esto está ahí acechándole tanto a él como a todos los demás.

—X.M.G.: El sentido del ser humano gira en torno a una subsistencia en pasado continuo. Porque lo que entendemos como presente no es más que tiempo pretérito. En este contexto, ¿cómo afrontas profesionalmente lo que por un convencionalismo semántico se denomina futuro?
—P.N.: No creo que vivamos en el pasado. Los tiempos verbales son una forma de ubicarnos, pero el significado del tiempo es mucho más complejo. Si el pasado es lo inevitable, el presente es impensable y esa incertidumbre que se llama futuro es el alimento de todas nuestras ansiedades. “El tiempo está fuera y nosotros estamos dentro”.

Entrevista: Xosé Mon González.

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