
Entre la incertidumbre y la falta de conocimiento oscila la relación que mantiene Europa y Rusia, sin saber a ciencia cierta si la Federación Rusa es un aliado o un adversario, en función de los intereses estratégicos atlantistas, pero, sobre todo, de Estados Unidos, que lleva muy mal no seguir siendo aquella única superpotencia que controló el mundo durante el período de Borís Yeltsin en el Kremlin.
Lo peor de este estado de cosas, que representa la falta de coherencia de esa entente, es que Europa no tiene voz propia para abordar la situación geoestratégica y se deja llevar por los sones belicosos de algunas administraciones, más interesadas en cercar al gobierno de Moscú que en colaborar en la mejora de las relaciones multilaterales, lo que se concreta en la tensión que viven algunos países que en su día estuvieron en la órbita de la desaparecida Unión Soviética.
Independientemente de la situación en Ucrania, que es más o menos conocida por todos y que podría acabar como el rosario de la aurora, perseguirá hasta el infinito a los ucranianos. Porque los que arman al Gobierno de Volodímir Zelenski ven los toros desde la barrera y no ponen muertos en el conflicto, salvo algún que otro mercenario cuyo objetivo nada tiene que ver con los intereses de la población que sufre la guerra y sus consecuencias.
Ahora el foco está en Georgia, país en el que se celebraron recientemente elecciones presidenciales, que ganó el candidato cofundador del partido Poder Popular, partidario de un mayor acercamiento a Rusia y reacio a las tesis proeuropeas. Míjeil Kavelashvili, un exfutbolista que jugó en el Dinamo Tiflis y en el Manchester City, se consideró el vencedor de los comicios que la presidenta saliente, Salomé Zurabishvili, no reconoció como legítimos con el apoyo de Estados Unidos, Reino Unido y los países con mayor animadversión hacia Vladímir Putin. Esto creó un conflicto renovado que, de momento, no pudo impedir la elección y toma de posesión del nuevo jefe del Estado.
No es la primera vez que Rusia y Georgia tienen un conflicto bélico. Ya en 2008, con la excusa del reconocimiento por parte de Moscú de Osetia del Sur y Abjasia, se produjo una intervención del Kremlin que terminó con un plan de paz que reforzó las posiciones de Putin. Sin embargo, esta disputa creó una importante división en el país, alentada también por las potencias occidentales y la Alianza Atlántica.
Parece que el objetivo final de estas controversias electorales es aislar a Rusia y hacer que los georgianos se olviden de lo que fue para ellos la Federación y de la buena relación existente entre los mandatarios de los dos países. El cerco a Moscú, patrocinado por Washington y sus aliados, no ha obtenido, por el momento, el éxito que esperaban sus impulsores, pero estos se dan tiempo antes de cejar en el intento.
No hay que olvidar que Georgia fue una parte importante de la extinta Unión Soviética y que hasta el máximo representante de la URSS en la década de los años cuarenta fue Iósif Stalin, originario de esas tierras y que dejó una impronta indeleble en sus paisanos y en sus descendientes a lo largo de la historia, tras la desaparición de la que fue la cuidadora de las esencias del comunismo.
A lo largo de su reinvención como nación y régimen, Rusia ha pasado por diferentes etapas. Sin embargo, está claro que su pasado comunista ya es sólo un recuerdo. El Ejecutivo ruso ahora se orienta hacia una forma de capitalismo que interactúa con intereses y competencias en otras partes del globo.
En todo este tiempo, Europa no ha sabido decidir cómo afrontar las relaciones con Rusia, ya que incluso hubo un momento en que se planteó la posibilidad de que se integrara en la Unión Europea, como una forma de tenerla bajo observación. Sin embargo, ese fue un sueño efímero que se desvaneció rápidamente cuando Vladímir Putin se convirtió en el hombre fuerte del país.
Ucrania, Georgia, Armenia y Azerbaiyán son algunas de las naciones que cuentan con un enorme servicio de espionaje estadounidense, pero no son las únicas donde la mano de la Casa Blanca mece la cuna de las alianzas y los intereses patrios.
Ya veis cómo en Hungría cuestionan a su primer ministro Viktor Orbán, un ultranacionalista que hace buenas migas con Moscú, o en Rumanía, donde el resultado de las elecciones, ganadas por un candidato prorruso, fue anulado por su Tribunal Constitucional. La lucha por el control del mundo nos proporcionará nuevos y jugosos argumentos.
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