La incomunicación como poder de Estado

La incomunicación, impulsada por el discurso único, se convierte en una herramienta poderosa que anula el pensamiento crítico y la diversidad de opiniones. Al imponer una única narrativa, las élites dominantes logran silenciar cualquier oposición, destruyendo el diálogo genuino y reduciendo la política a un ejercicio de control total sobre las mentes
13 de marzo de 2025
Elon Musk con una motosierra en la que se lee “Viva la libertad, maldita sea”. Fotografía: Saul Loeb.

Romper las barreras de la incomunicación, como sostenía el psiquiatra gaditano Carlos Castilla del Pino, supone el primer paso para hacerse entender por el otro; la primera acción necesaria para que tu interlocutor sepa no sólo de qué estás hablando, sino también cuáles son los resortes de tu mensaje, de qué manera se construye y qué afirma, para poder integrarse en él y dar lugar a la comunicación real.

Si las barreras están construidas de manera firme, podemos asistir a una comunicación inoperante y, en el peor de los casos, a la defensa de un discurso intolerante que, en su naturaleza, es narcisista, dictatorial, agresivo, etcétera.

Pero podemos pensar que, pese a tener claro el proceso, estamos asistiendo a un discurso dominante que prioriza sus juicios sobre aquellos que puede defender el otro, incrementando su agresividad comunicativa para justificar el argumento único, una sola manera de pensar y el juicio indispensable para una labor de aterrizaje en el contexto de lo poderoso.

Quienes gritan para fortalecer lo que dicen son aquellos que creen que lo dicho es suficiente para hacerse entender; los que vociferan son los que saben que llevan razón, o que su razón está por encima de cualquier otra. El privilegio de creer tener razón es suficiente para enarbolar el discurso del odio y la intolerancia ante cualquiera.

Pero hay un discurso que propicia la incomunicación en las barras de los bares, en el vagón de metro, en el supermercado o en los gimnasios, como una suerte de ejercicio que fortalece a aquel que cree que todo el mundo está equivocado, y que sus tesis, que defiende con vehemencia, son las más sensatas.

Al fin y al cabo, el nivel de calle donde estas narrativas tienen lugar afecta a determinado núcleo social o debilita a un grupo reducido de interlocutores. Pero el gran discurso es el que surge desde los despachos de poder, desde las instituciones que sostienen el ejercicio de lo político, las cuales, generalmente, son incrementadas por asesores, correveidiles, pelotas de toda condición, que todavía piensan que el emperador tiene un traje profuso en detalles que lo viste. Una banda de inconscientes proletarios del halago que sostiene sus intereses dando alas al planteamiento poderoso de su amo.

Estamos en un momento donde proliferan las camarillas y los discursos de odio, los subordinados iletrados y las alocuciones faltonas, el poderoso y la tribu aduladora. Es sabido que, desde La Casa Blanca, la audiencia con el líder supremo tiene que empezar siempre alabando las acciones de gobierno y pasando la lengua por el trasero de quien se sabe monarca engrandecido de todas las patrias. Así las cosas, podemos estar hablando de un deterioro del proceso democrático, de la legitimidad de la política así entendida y de la muerte del contexto de acción política tal y como lo hemos ido tratando desde hace muchos años ya. Pero también de algo peor: los síntomas de una patología de grandeza que evidencia comportamientos histriónicos y actitudes despóticas e irreverentes. En definitiva, las claves para entender de qué hablamos cuando hablamos de incomunicación.

Si hablamos de fronteras, de muros de contención del flujo de la migración —sea esta de la naturaleza que sea—, si hablamos de grandes extensiones de terrenos sometidos o de guerras por el control de territorios, perfectamente palpables en el contexto de la geopolítica, también hablamos de una estrategia de discurso único en la que la actitud del dominante denigra cualquier otro juicio, cualquier discusión, cualquier otra posibilidad de análisis. Es desde esa barrera fronteriza desde donde se interviene de manera radical en la mente del otro, en su capacidad para pensar y analizar lo dicho, en una suerte de eliminación de cualquier otra perspectiva discursiva. Es desde ahí desde donde se elimina la capacidad del ser humano para ser un pensante. 

Esa guerra de discurso excluyente, tapada por las diferentes estrategias en la dominación del mundo, es una de las peores acciones bélicas conocidas, porque supone una agresión brutal en el mismo centro del conocimiento y, con ello, en la naturaleza humana.

La necesidad de comunicación surge en los estados avanzados de la evolución humana; es la estrategia imperante para socializar y crear, entre otras cosas, un suelo ético en el que participar. Quienes tienen miedo a estos procesos de evolución activan la incomunicación y el discurso único para gritar su verdad, para imponerla y acomodarla al curso natural de sus propósitos. Y nosotros, interlocutores cortocircuitados, ajenos al proceso de ser receptores y emisores al mismo tiempo, caemos en la cuenta de que es mucho mejor dejarse pensar que pensar, dejarse hacer que hacer, ver cómo te dicen que vivas en lugar de vivir.

En definitiva, una comunicación de lo superfluo mientras el poderoso trata de imponer lo que considera necesario. 

La comunicación de lo superfluo, que es donde se instalan los lenguajes de ahora, deja a las sociedades sin la capacidad necesaria para imponer su fuerza, su razón. Una suerte de revolución que queda balbuciendo. 

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