sábado, 26 de septiembre de 2020

Ámsterdam: capital mundial de la libertad.

Vista general nocturna del popular Barrio Rojo de Ámsterdam. Fotografía de archivo.

De Ámsterdam se podría decir que es la ciudad el 1,2,3. No, no es que se celebre un concurso de la tele ni nada parecido, sino que el grado de tolerancia de sus habitantes y visitantes en lo que se refiere al mundo de los placeres terrenales la convierte en la capital del hedonismo y del sexo libre.

Ciudad próspera y puntera, multicultural y accesible… Los vuelos de bajo coste han creado en gran parte de la juventud el hábito del viaje intercultural; un buen modo de ampliar el conocimiento desde el contacto con “los otros”. Una especie de outernacionalism que crea redes de entendimiento, con la inestimable ayuda de internet. Este cambio físico y telemático provoca el acercamiento de gentes que, de otro modo, no podrían expresar plenamente sus inquietudes y deseos más íntimos, esos que “rayan” con el amor y la amistad.

El sexo es el único placer que por sí mismo no “mata ni engorda”. Pero, sin olvidar mis ideas existencialistas, no puedo disimular un cierto desasosiego cuando afirmo esto.

Somos de carne y hueso, y el mundo nos aprieta cada vez más, se nos supone muchas veces la perfección como cualidad, cuando realmente somos frágiles… “En el fuego se prueba el hierro y en la tentación el valor del hombre”. ¡Ay, la religión! Cuánto nos influye con sus vaivenes tesis-antítesis (cielo-infierno, vicio-virtud, etcétera). No todo está perdido. Ante el vicio siempre hay gente de voluntad férrea (por un lado, están los del Opus con su escuela de dolor y por otro “los otros” con su escuela de “calor”).

Pero la mayoría navegamos entre dos aguas. No somos tan fuertes o tan listos como para llamar a cada cosa por su nombre y nos confundimos. “La noche me confunde”, decía el petimetre vividor Dinio García. Pues oye, que bastante razón tiene. Que por el día somos de una forma y por la noche de otra, que buscamos en los vicios recompensa ante la falta de coherencia, muchas veces, entre lo que pensamos y lo que hacemos.

Pensar en Ámsterdam me ha hecho soltar este pequeño rollo freudiano, describiendo la Venecia del norte como ciudad espiritual.

En lo que se refiere a la ciudad física, estamos ante una de las urbes más bonitas del mundo, con sus canales, que discurren entre sobrios y hermosos edificios. Las bicis cruzan las calles con preferencia absoluta, la cual, sólo algunos turistas despistados como yo, a veces olvidamos, llevándonos algún susto cuando nos encontramos a una encima y al que está sobre ella con cara de pocos amigos.

Los museos son otro de los encantos de Ámsterdam. Hay mucho más en Ámsterdam… Pero eso ya lo sabéis todos.

Texto: José Luis Santos Lobato.

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