Cuidado y cariño para nuestros héroes.

Thomas Leuthard, “The Old Man and the Sea” (2010).

Detrás de unas manos arrugadas, un bastón y unas gafas graduadas, hay una persona. No son unos fríos datos, ni unos números más de una gélida estadística, son mis héroes son tus héroes; son aquellos que un triste día abandonaron su tierra, su casa, su familia… obligados a emigrar a tierras lejanas y desconocidas, sin saber idiomas, sin tener una cualificación, sólo sus brazos, su inteligencia, su ansia de progresar, de abrirse al futuro.

Son aquellos que inundaron las arcas del Estado de divisas, que crearon hogar invirtiendo sus ahorros en autoconstruirse su casa, dando vida al medio rural. Aquellos que en el tajo, en la fábrica, en su barrio y en su calle, se esforzaban por traer a España los derechos fundamentales, las libertades laborales, sociales y sindicales que el franquismo negaba a las clases desfavorecidas.

Huelgas aquí y allí por la traída de agua corriente, por una nueva escuela, por el alcantarillado que faltaba, por alumbrar calles y plazas, etcétera. Huelgas allí y aquí por conseguir hojas de salarios donde figurasen las pagas, las vacaciones, la seguridad social, en las que constase el sueldo real que se ganaba y no el que le interesaba al patrón de turno.

Tras una vida de trabajo y sacrificio, cuando creyeron que se habían ganado el derecho a un merecido descanso, a poder disfrutar de sus nietos, a pasear por el parque, a leer… a disfrutar de una pensión digna, se ven abocados a ponerse de nuevo en primera línea de la lucha para defender unas pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas. Tras dos años de concentraciones en cada una de las plazas de los pueblos y ciudades, de dos grandes manifestaciones en Madrid bajo el grito de “Gobierne quien gobierne, las pensiones se defienden”, cuando creían que era posible alcanzar unas pensiones justas… llega este maldito virus, que parece haber sido creado con el triste propósito de limpiar de mayores las calles, plazas y residencias de España.

Ahora, en plena pandemia, una vez más les tocó la peor parte: vemos, leemos cómo verdaderos buitres —responsables de centros y residencias geriátricas— han jugado durante décadas al dramático juego de “hacer caja” a costa de maltratar, disminuir la alimentación, los cuidados y el cariño a nuestros abuelos.

De nuevo, vemos cómo los tratan como a números, ocultan sus muertes o les apilan intentando ocultar el dramatismo de la realidad, que más bien parece una película de terror que los últimos días de nuestros héroes.

¿Se sabrá algún día cómo se llegó a esta situación? Se dice que la administración pública depurará responsabilidades. Qué pena que esto se haga después de que se hayan ido los mejores de dos generaciones: porque el abandono generalizado en esas residencias controladas por grandes empresas de capital foráneo, que eleva la letalidad en los mayores de 70-80 años, no merece ni olvido ni perdón.

¿Y qué pasará con estos buitres cuando todo se normalice? ¿Seguiremos obviando a nuestros mayores?, ¿seguirán con sus escasas pensiones y su hacinamiento en tétricas residencias? o de una puñetera vez, ¿entenderemos que esta generación se merece el respeto de toda la sociedad, pero sobre todo de las administraciones y el Estado?

Por último, recordar cuánto les debemos: sobre todo respeto. Y ese reconocimiento ha de ser público, porque esas manos arrugadas, esos cuerpos doloridos, sólo merecen cariño.

Pensiones dignas, pensiones de viudedad sin recortes, ayudas a la dependencia actualizadas y, sobre todo, una red pública de residencias geriátricas, modernas, con medios y tecnología actualizada, pero lo más importante: una gestión donde impere la ¡humanidad!

Texto: Antonio Criado Barbero.

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