
No hay actitud más estúpida que votar en contra de tu propio país siendo un patriota de banderita rojigualda, sólo por el hecho de querer castigar al Gobierno de Pedro Sánchez y creer que esa miseria humana que supone apoyar compulsivamente a un estado terrorista y genocida hará que el Ejecutivo progresista se despeñe. Especial mérito en esta carrera de estupidez tiene la portavoz del Partido Popular en el Senado, que se jactó en el hemiciclo de haber hecho todo lo posible para que la canción española no obtuviera un resultado digno, ya que ella le había dado sus votos varias veces a la canción sionista, sólo porque el presidente Sánchez quiere que no se mate de hambre al pueblo gazatí.
Este es el nivel que tiene la derecha en España: aprovechar Eurovisión, que en su día fue un catálogo de canciones horteras, para hacer política rastrera contra el partido del Gobierno y sus socios parlamentarios y de investidura. Ayudados por una aplicación patrocinada por el Estado de Israel, nuestros patridiotas han llegado a su orgasmo ideológico aplaudiendo la muerte de más de 15.000 niños palestinos en los últimos días.
Como bien sabéis, Eurovisión es un festival de la canción nacido en 1956 en Lugano, Suiza, que en sus inicios buscaba promover la paz, la tolerancia y la prosperidad entre los países europeos a través de la música, aunque en los últimos tiempos se hayan colado, por razones geopolíticas y económicas, naciones extracontinentales como Israel y, más tarde, incluso Australia. Para Tel Aviv, Eurovisión es una ocasión fabulosa para salir del aislamiento internacional por su ocupación de Palestina y para blanquear sus crímenes de guerra. En este sentido,el aparato sionista se ha esforzado por controlar todos los resortes del certamen —sin escatimar, incluso en sobornos— para que su propuesta musical sea considerada por el común de los mortales como un mensaje de paz.
Israel no solo logró, en cuatro ocasiones, con los arreglos correspondientes, la victoria en Eurovisión, sino que mantiene, junto con la empresa de cosméticos Moroccanoil, el dominio sobre el televoto y una serie de mecanismos que permiten al régimen de Oriente Próximo obtener cada año excelentes puestos, porque eso supone publicidad para las teorías expansionistas del sionismo, cuyo fin es el Gran Israel.
Incluso con el cinismo que le caracteriza, Israel ha reconocido gastar grandes sumas de dinero para persuadir a los jurados de la necesidad de votar a su representante, mediante una serie de medidas que sorprenderían por su simpleza, pero también por su eficacia. No es casual que, en círculos ligados a la política mundial, se afirme que el Mossad, el temido servicio secreto israelí, vota en Eurovisión y que su sufragio tiene más peso que el de cualquier ciudadano.
En esta edición, la propaganda sionista intensificó su mensaje político, a pesar de que la Unión Europea de Radiodifusión (UER), aunque pocos le creen, insista en que está prohibido hacer política en el festival. Sin embargo, Israel eligió a Yuval Raphael, una joven de 24 años que fue víctima de los ataques de Hamás del pasado 7 de octubre, y cuya canción, “New Day Will Rise”, transmitía un mensaje de guerra y violencia, a pesar de haber sido conminada a modificar la letra en dos ocasiones.
Lo concluyente de esta mala experiencia es que Eurovisión parece estar ya en sus estertores, pues varios países han anunciado que no acudirán el próximo año si el Estado de Israel no es excluido, tal como ocurrió con Rusia en 2022. Sin embargo, el sionismo no parece dispuesto a soltar su presa. Lo que antes era un mero jolgorio para muchos espectadores, que apostaban por la canción ganadora en veladas de vino y festín cargadas de humor, se ha convertido ahora en un cadáver despreciado por quienes antes lo jaleaban.
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