La ceremonia de las máquinas arcade.

Tyler Bushnell, hijo del fundador de Atari, ha creado junto a Jake Galler la elegante Polycade. Fotografía: Michael Bryant.

Recuerdo hace ya unos cuantos años cómo eran algunos de los lugares donde te encontrabas con los amigos. Me remonto a las décadas de los 80′ y los 90′ del siglo XX. El juego era una parte fundamental. Era un juego social, nada que ver con los videojuegos actuales, donde en los que uno no se mueve de su casa y sólo le basta una pantalla.

Muchos de los bares donde quedabas tenían su billar y algunos, varias mesas. El ritual empezaba. Cogías el taco —yo solía escoger el más largo—, le dabas tiza, ponías el triángulo y empezaba la partida, uno contra uno o dos contra dos, turnándose. Había momentos complicados. El taco en ocasiones daba con la pared y no podías maniobrar. Si el local se preciaba, tenían unos tacos especiales más cortos y problema solucionado. A veces había que hacer contorsionismo para intentar acertar. Otras, las bolas salían del tapete. En fin, con el tema del billar pasaban las horas y en compañía. Las conversaciones no eran trascendentales, pero estabas con los amigos y bastaba.

Otro clásico eran los futbolines. Partidas más rápidas, pero también más baratas. Solían costar cinco duros, que en comparación con las cien pesetas del billar marcaban diferencia. Había salas de juegos especializadas en los futbolines. Ibas con tu pareja de juego y podías competir en la mesa donde se estaba desarrollando la acción, aunque no conocieras de nada a los cuatro jugadores que en ese momento estaban en liza. Ponías la moneda sobre el flanco de la mesa y era como reservar turno. La pareja que perdía se iba o volvía a esperar y jugabas contra la pareja ganadora.

También estaban los salones recreativos con las viejas máquinas arcade: Tetris, Pac-man, Space Invaders, Street Fighter, Doom… Eran algunas de mis favoritas. Insertabas la moneda de cinco duros. Una máquina con sus botones y su palanca y un único juego. Solías estar de pie y al poco tiempo de comenzar tenías unos cuantos mirones o amigos alrededor, aconsejando o aprendiendo. También estaban los pinball o máquinas de petacos. Imprescindible no dejar que la bola entrase por el diminuto hueco entre las dos palanquitas móviles que impulsaban la bola de acero. Hacías puntos y podías conseguir bola extra o incluso partida extra. ¡Ah!, y si batías el récord o estabas entre los diez primeros, podías grabar tu nombre o apodo y ahí quedaba en los anales de la historia a no ser que alguien te superase más tarde.

En fin: Caminabas, te movías, quedabas con los colegas, charlabas y no sólo era el juego en sí. El ritual llevaba muchos preparativos antes y después del juego en sí. ¡Buenos tiempos!

Texto: José Ramón Peláez.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies