La política analógica frente a la política digital

En la era de la globalización digital, los intereses territoriales se camuflan bajo el manto de la conectividad virtual. Los dirigentes que apuestan por la expansión de sus fronteras no sólo explotan los instintos más primitivos de las masas, sino que también manipulan las plataformas tecnológicas para consolidar su poder, sembrando divisiones en nombre de la patria
13 de enero de 2025
El presidente estadounidense Donald Trump, tras la conquista de Groenlandia. Imagen generada por IA.

A tenor de la política expansiva de Donald Trump con Groenlandia, uno podría preguntarse si, en el tiempo de las redes sociales, sería interesante la anexión de territorios; si, en la ilimitada expectativa de globalización de los poderosos dueños de las plataformas digitales, una muestra de colonización de tierras estaría dentro de las ilusiones de un líder.

Las declaraciones de guerra de Vladímir Putin y Benjamín Netanyahu, a Ucrania y Oriente Próximo respectivamente, son una condición necesaria para entender que el contexto de la información, su poder cautivador y los procesos de condicionamiento de conductas en poblaciones altamente sensibles a sus redes no serían suficientes para acrecentar adhesiones populares que ensalcen al dirigente político en la afirmación de sus políticas internacionales.

Los liderazgos son, además, elementos que activan lo más profundo del ser humano en su condición de conquista, lucha y reivindicación de lo que cree suyo. Un objeto de análisis para entender las nuevas sociedades podría ser, alejados del foco de lo mediático y lo puramente digital, la obtención sociológica de los resortes que mueven a las masas a creerse en condiciones de poder frente a su rival, enemigo o contrincante. Una antropología biológica forense.

Y es que, por mucho que la digitalización haya larvado los métodos de programación y asimilación de los que las dominan, existen unos instintos primarios que activan actitudes propias de tiempos en los que el territorio, la defensa de la tierra y la apropiación eran moneda de cambio dentro del movimiento estratégico de las sociedades y, por ende, dentro de las conductas de la política internacional.

Una sociedad que se impregna de la información volcada en la red, que ejecuta sus movimientos dependiendo de toda la fuerza de esa información —sea verdadera o falsa, cosa no necesariamente importante para sus fines—, una estrategia de posesión de necesidades, gustos, actitudes, filias y fobias de los ciudadanos, no es suficiente a la hora de entender esa necesidad anexionista, puramente territorial, que enciende los conflictos armados o que despierta los sueños de posesión de determinados mandatarios.

Luego podríamos estar hablando de dos líneas de ataque político: de un lado, la que nace de lo analógico, de lo conocido a través de las actitudes de las sociedades en el contexto histórico y que, altamente dependientes de los sentimientos de patria e identidad, son resortes fundamentales a la hora de protagonizar el afán de subyugación y la proclamación de caudillo respecto a las guerras territoriales. Una actitud analógica que sigue presente en la naturaleza del ser humano, impregnada por su condición animal de defensa y ataque.

La otra, eminentemente digital, participa de las grandes corporaciones para proponer esa condición modificadora de conductas, el Gran Hermano digitalizado, que intensifica el caudal de lo bueno y lo malo, dependiente de los grandes dueños de Facebook, X, buena parte de los medios de comunicación tradicionales, pasados ya por el filtro que les funciona a los primeros, y tantas otras redes de información masiva.

La proclama de Donald Trump respecto a Groenlandia, o las guerras de conquista de Putin y Netanyahu, nos pueden dar a entender que existe, en la agenda de la geopolítica globalista, una construcción que depende exclusivamente de esos valores que llamo analógicos, altamente familiarizados con la condición primaria de los seres humanos, que activan movimientos hacia adelante dentro de las políticas nacionalistas de los estados. Y es ahí donde, tras mucho tiempo de estudio de los resortes de los conglomerados empresariales de comunicación digital, se puede haber olvidado que las estrategias digitales de Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y tantos otros dejan libre el caudal que supone esa afirmación de lo humano respecto a su esencia puramente primitiva, la que también es necesario abordar desde la política, la que adiestra también a las masas en su condición de masa, según han podido dar muestra las líneas más populistas de los planes de gestión de determinados gobiernos. También los líderes políticos analógicos lo saben.

En definitiva, Groenlandia no es más que una arenga, pero mucho más poderosa políticamente que una publicación en las redes sociales.

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