Requiem por dos campesinos muertos.

Marcha motorizada promovida por Vox en Madrid, el sábado 23 de mayo. Fotografía de archivo.

El 20 de julio de 1936, Mateo y Luis, su hermano, estaban trabajando en el campo cuando, montado en su caballo, apareció el señorito Andrés Gil de los Monteros.

—Mateo, Luis, por fin ha estallado la guerra. Si no queréis que los rojos nos roben las tierras, corred a alistaros.

Y eso hicieron, alistarse, tal y como les había ordenado el señorito Andrés. En ningún momento se pararon a pensar en que los rojos que conocían nunca les habían robado nada, es más, con muchos habían compartido agotadoras jornadas de trabajo en aquellos campos. Tampoco cayeron en la cuenta de que, mientras ellos cogían las armas para ir a matar a quienes habían sido sus compañeros de faena, el señorito corrió a recluirse en su cortijo, donde permaneció hasta que finalizó el conflicto.

Luis nunca regresó, lo mataron en el frente, y Mateo ya nunca volvió a ser el mismo, en las trincheras, además de su hermano, murió su alegría. Pero eso era lo de menos, habían vencido a los rojos y el señorito pudo conservar sus tierras, a las que sumó todas las propiedades que, por Dios y por España, arrebató a quienes habían sido sus vecinos. Al señorito casi no volvió a verlo, al finalizar la guerra se mudó a Madrid a vivir plácidamente de las rentas que, religiosamente, dos veces al año, pasaba a cobrar en su nombre el administrador de la familia.

Mateo falleció en 2002, pobre como una rata, después de toda una vida trabajando para el señorito Andrés, que, antes de fallecer en 2006, recompensó sus años de lealtad colocando a su nieto Alfonso en el servicio de limpieza de una de sus empresas.

El pasado sábado 23 de mayo, Juan Carlos Gil de los Monteros, montado en su Ferrari, se pavoneaba por las calles de Madrid, golpeando una cacerola. Detrás ondeando una bandera franquista, se manifestaba Alfonso, nieto de Mateo, mileurista precario, contra la dictadura roja que quiere enviar al país a la ruina. Defendiendo la riqueza del señorito, tal y como hiciera su abuelo ochenta años atrás.

Los pobres fascistas, mientras fantasean con poder ser algún día como sus amos, tocan los instrumentos, pero son los de las cuentas en Suiza quienes dirigen la orquesta. Eso sí, todo por la patria, como Dios manda.

Texto: Pablo Álvarez Fernández.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies