
Se podría pensar que la monarquía está tocada de muerte, que resiste con la punta de los dedos aferrados al saliente de un precipicio muy profundo, que está dando muestras de debilitamiento ante una sociedad mayoritariamente ajena a las acciones de la Jefatura del Estado, a no ser por cierta activación del interés de una prensa rosa que trata de mantener en pie el filón comercial de la Familia Real.
Las grabaciones que han aparecido en los últimos días, en las que el rey emérito, en su etapa más poderosa, mantenía conversaciones con su amante, conversaciones que superaban las muestras de amor y cariño entre ambos para pasar a compartir secretos de Estado y confidencias que afectaban el ritmo del país, esos audios, digo, vienen a completar otros de hace bastantes años, en los que se decía —a mí me lo contaron las lenguas de doble filo— que la relación entre el rey y su amante mediática oscilaba entre la pasión y las broncas, entre el delirio de la carne y la furia del monarca que, a voz en grito, molestaba a la comunidad de vecinos del domicilio donde se procuraban los sudores de la carne borbónica con improperios y súplicas, con llantos y alharacas, con rubores y desconciertos.
Nada que objetar a una relación “amorosa” que tiene la pasión, con todos los estratos que se puedan desprender de ella, como elemento fundamental de sostén. Pero lo que sí ha chirriado a la opinión pública —también a la publicada— es la posible extorsión a la que fue sometida la Corona, extorsión subsanada, como cabe imaginar, con dinero público. La vedete murciana se cansó del nieto de Alfonso XIII y tomó en consideración sacar tajada de la relación o airearla, con el pánico que esto supuso para los poderes fácticos del Estado en aquel entonces. Por ahora, cincuenta millones de pesetas —un dineral para la época— quedaron en manos de la exmujer del domador de leones más famoso de España para comprar su silencio, un silencio que aseguraba que la información que se daba en las conversaciones de ambos, aireando secretos del país y compromisos de confidencialidad, fuera apagada definitivamente. Pero quien tiene la información, tiene el poder; y Bárbara lo sabía.
¿Quién o quiénes se encontraban detrás de la gran extorsión? ¿Qué estamentos del Estado facilitaron el pago del estipendio a la artista? ¿Alguien pudo dar un golpe sobre el escritorio del emérito para ponerle las cosas claras en torno a su comportamiento pueril?
Pero, quizá, lo más importante: ¿Qué personalidad hemos recibido del rey saliente y qué personalidad tenía realmente? ¿Por qué se sostuvo esta querencia borbónica en una sociedad que trataba de modernizarse a pasos de gigante? ¿A qué tiene miedo el Borbón para exiliarse a los Emiratos Árabes, incluso a sabiendas de que la justicia, con los datos que maneja de sus cuentas bancarias, no va a caer sobre él para exhibirlo en la plaza pública?
Son preguntas que afloran en las tertulias de café para tratar de comprender los hechos, los graves acontecimientos que tuvieron lugar no sólo en las charlas telefónicas del ínclito, sino también en el trayecto vital de su privacidad.
La Corona, en cambio, permanece impasible ante los hechos, mira hacia otro lado como si supiera que ignorar es la llave para defender su estatus dentro de la sociedad española; como si también formara parte de los tertulianos de bar que formulan las preguntas; como si, para sobrevivir, fuera necesario callar y someterse a la consideración de víctima ante el pueblo que la aclama.
Queda mucho aún para desclasificar los entresijos que se guardan sobre Juan Carlos I en los días previos al golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, con Alfonso Armada y los hombres de hierro que lo intentaron, un general Armada que aparece en esas grabaciones como hombre de honor y de silencios. Queda mucho tiempo para que se puedan conocer los verdaderos propósitos del monarca aquel día que sacudió los cimientos de España. Queda mucho por saber; tanto que las conversaciones que ahora están saliendo pueden ser nada comparadas con todo lo que se oculta como secreto de Estado en las habitaciones más oscuras del Centro Nacional de Inteligencia (CNI).
Los gritos en el hueco de la escalera de Bárbara y las contestaciones apresuradas del rey desnudo podrían estar abriendo la puerta a la necesidad de revisar los intereses de la Corona, no sólo por un país extorsionado por la mala cabeza de su jefe de Estado, sino también por los delirios económicos y políticos de una figura ennegrecida para mayor gloria de sus actitudes.
No tuvimos en Juan Carlos I un ejemplo de honestidad y servicio a España, porque mientras otros trataron de afianzar esa figura como elemento fundamental de cohesión y democracia, él tomó posesión del trono para elevar su personalidad difusa y apagar sus cuitas con la fuerza de una nación en trance de recomponerse, con el afán de la ilusión y los resortes del miedo a perderlo todo. Ese es el debate real que se deja ver tras las conversaciones telefónicas que han sido desveladas. Esa es la razón para hacerse preguntas y tratar de buscar las respuestas.
Están en alguna parte de los sótanos de la información confidencial de este país. Adelantemos la apertura de algunas cajas para empezar a saber. Seguro que nos hará bien formarnos una opinión a raíz de lo que se descubra, y poner a cada uno en el lugar de la historia que merece.
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