Símbolos y colores de las banderas.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, visitando la tumba de Azaña en Montauban. Fotografía de archivo.

El empedrado está lleno de buenas intenciones. Y parece que es un axioma muy acertado. A veces, tratamos de hacer el bien y de realizar una acción honorable y nos encontramos con que algo falla y nuestros objetivos, siendo encomiables, reciben más críticas que alabanzas. Algo así le sucedió al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El jefe de Ejecutivo acudió hace días a Francia a rendir homenaje a los republicanos que perdieron la guerra y tuvieron que exiliarse y el largo destierro les hizo morirse en un país extranjero. Centró el homenaje en dos figuras muy relevantes de nuestra historia: Antonio Machado y Manuel Azaña, que hoy concitan el respeto de la gran mayoría de los españoles.

Que se sepa era el primer tributo que se les rendía a los perdedores del golpe de Estado franquista y la posterior guerra civil en su patria de acogida. Y en nombre del Gobierno de España, Pedro Sánchez pidió perdón a los que tuvieron que irse por defender la legitimidad republicana. Fue un bonito gesto del máximo responsable del Ejecutivo que a todo el mundo le pareció destacable. Pero… siempre hay un pero que poner a cualquier decisión por muy buena voluntad que exista.

El presidente del Gobierno ofreció una corona a Machado, Azaña y al resto de republicanos con los colores de la bandera rojigualda, hoy símbolo oficial de España, pero en nombre de la cual fueron asesinados y enviados a cárceles y al exilio a un buen número de españoles de bien. Ese ha sido el gran error que pone sordina a un homenaje merecido y respetable.

Entiendo perfectamente que el representante del Gobierno español no adorne la corona de flores con otra bandera que no sea la oficial del país. Sería ilógico. Pero la podría haber acompañado de otra corona con la bandera tricolor, que fue por la que lucharon y defendieron la legalidad los dos homenajeados y el resto de republicanos que fueron expulsados a otro país.

Cada acto tiene su simbología y al igual que resultaría estrambótico que en el desfile militar del Día de las Fuerzas Armadas, el Gobierno se envolviera en la bandera roja, amarilla y morada (aunque a mí me produciría un gran subidón), parece fuera de lugar que a los republicanos se les pida perdón rodeado de la bandera que recuerda la sangre de los asesinados y el odio de los golpistas. Son muchos todavía los españoles que no asumen que la rojigualda sea la bandera de todos y deberán pasar unas cuantas generaciones (calculo que más o menos un siglo) para que aquella enseña de la que José María Pemán escribió “colores de sangre y oro que lleva nuestra bandera, no hay oro para comprarla, ni sangre para venderla”, pueda sentir el aliento de todos los que viven en este país, independientemente de su credo político.

El error garrafal de Sánchez no empaña su buena voluntad para homenajear a los españoles del exilio, pero es un pequeño baldón en la historia de la reconciliación nacional. Puesto a consensuar un símbolo, podrían dejarse de lado los colores de las banderas y sustituir las enseñas por coronas de rosas rojas o claveles de otro color, que no recuerden a ninguno de los dos bandos de la Guerra Civil. Los pequeños detalles convierten en exitoso cualquier evento. Y, además, el diablo está detrás de todos ellos.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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