domingo, 27 de septiembre de 2020

Sobre el tratado botánico de Juan Falcón.

Retrato de Juan Falcón (detalle). Fotografía: Lau Cleo.

El artista ovetense Juan Falcón piensa que el éxito sólo se consigue trabajando; nadie da oportunidades sin tener una trayectoria de esfuerzo y dedicación. Porque la pintura, según sus propias palabras, es una vocación y tienes que tener muy claro que te quieres dedicar a ella, en cuerpo y alma. Porque en la pintura el tiempo corre despacio pero a la vez deprisa.

—Patricia Peláez: En ésta nuestra sociedad agreste y pragmática, ¿las semillas de hoy podrían suponer el origen de un mañana ilusionante?
—Juan Falcón: “Semillas de hoy” es una reflexión sobre la sociedad actual, el contraste entre la naturaleza y lo creado por el hombre. Es una mirada hacía el futuro: cómo tenemos que apreciar lo concebido por la naturaleza en oposición al “homo faber”. Podría ser el origen de una mañana ilusionante si analizamos, reflexionamos y actuamos. Los avances tecnológicos nos han facilitado la vida en muchos aspectos, pero ha sido el resultado de un coste muy caro que repercute en el medio ambiente y la naturaleza. Incluso, todos lo medios que nos acompañan día a día: teléfonos móviles, ordenadores, pantallas, redes inalámbricas… se está demostrando que afectan a la salud de quienes lo utilizan: problemas en la vista, jaquecas, insomnio… En este estudio quiero cambiar el chip de quienes contemplan las piezas con varios conceptos: importancia de proteger la tierra y la consciencia de los avances de la creación humana.

—P.P.: Entiendo tu nueva obra como una especie de tratado botánico de carácter pictórico. ¿Hay en él alguna intención de despojarse del exceso e iniciar una nueva etapa creativa?
—J.F.: Claramente, desde hace dos años he comenzado a vivir el paulatino abandono de un universo pictórico centrado en la noche, la música, la bohemia, el colorido, el surrealismo francés y la literatura de entreguerras para iniciar un período marcado por la botánica, la naturaleza y una amplia reflexión sobre el reino vegetal y sus procesos de imagen, percepción y desarrollo. Empecé con una serie titulada “Jardines verticales”; una compilación cercana al centenar de acuarelas que rememoraría una nueva “Hortus Eystettensis” —al estilo de Basilius Besler— unida con las viejas poéticas de Carl Linneo —sexualizadas por Georg D. Ehret— donde la lámina floral es diagnosis y la anatomía el único reto del artista centrado en ella: la vida de la planta como vida anímica, sí, pero también alegórica, literaria, humanística y, cómo no, plástica.

—P.P.: Fondos de tonos perlinos, la belleza y fragilidad floral, la presencia efímera de la naturaleza… ¿alguna de estas excepcionalidades se han diluido en tu yo subjetivo?
—J.F.: No es un dibujo científico a la manera de Franz Bauer y el celebérrimo “Flora Graeca”, sino de índole poético, social y estrictamente contemporáneo donde se persigue aquello que no hizo sino insinuar el biólogo alemán del siglo XIX Ernst Haeckel: un dibujo de la flora ausente al realismo, contagiado de imaginación, pero no idealizado, asunto este último completamente crucial en mis trabajos y no así en los de quien aún ve en “Kunstformen der Natur” una extraña suerte de novelería, de trasunto tantas veces dadaísta o surrealista, para quien Stephen Jay Gould pidió “modos de pensamiento” y no ya simple “iconografía”, en la ormación del animal visual —tratado como primate o estudiante— cuya complejidad no ha de ser de “adorno” o “esquema” sino auténtica ilustración científica (entendiendo lo científico como una acción aprehensiva de identidades mucho más profundas, tan luminosas como secretas).

—P.P.: Los jardines verticales son una alegoría de la vida misma; la inclemencia en oposición a la necesidad existencial de alcanzar la plenitud…
—J.F.: Guiado por las referencias de mis inicios, capto las escenas de la realidad y las reedito mediante mi propia imaginación, donde hay mucho de por medio del “método paranoico crítico” de Dalí en contra del “automatismo” de Breton: el poeta, como no podía ser de otro modo, elimina los significados racionales de cada una de las realidades determinadas, e intenta unir nuevas relaciones creativas entre ellas; de ahí que sea preciso tomar la compilación en su conjunto, sin el error de propiciar su estudio o clasificación en muestras, lo que llevaría a un puro anecdotario sin más trascendencia.

Veo una enorme plasticidad en la decadencia de la flora: tensión de las ramas, color de los pétalos, las hojas. Lo asocio al final de la vida, pero también me interesa reflejar la plenitud y el nacimiento, como en la obra “Semilla”.

—P.P.: Germinación y caducidad, floración y agostamiento, nada es eterno. Como en un lienzo, cada página de un herbario atesora un momento suspendido en el tiempo que nos exhorta a la introspección…
—J.F.: Me interesa la construcción de escenas plásticas que proporcionen al espectador una substancialidad de la realidad a través de la condensación de las imágenes múltiples, correlativas, que existen detrás de esa misma realidad, de un modo donde lo humano se apropia de lo vegetal y viceversa, siendo el conjunto material poético en el sentido mismo (didáctico o político).

—P.P.: ¿La luz que acompaña alguno de tus óleos tiene algo de proceso fotosintético?
—J.F.: Me interesa la luz sobremanera, la abstracción, la tensión y el detalle. Tomando como referencia la obra de Zygmunt Bauman, la búsqueda de la identidad es la tarea y la responsabilidad vital del sujeto, y esta empresa de construirse a sí mismo constituye al mismo tiempo la última fuente de arraigo. Bauman plantea que en la “modernidad líquida” las identidades son semejantes a una costra volcánica que se endurece, vuelve a fundirse y cambia constantemente de forma. El autor plantea que estas parecen estables desde un punto de vista externo, pero que al ser miradas por el propio sujeto surge la fragilidad y el desgarro constante. Así, en los entornos que planteo, habría una debilidad en aquellos más civilizados frente a la fortaleza que presentan los ambientes naturales como puntos extremos del debate teórico.

—P.P.: ¿El período bucólico en el que vives inmerso condiciona el uso de tu paleta de colores?
—J.F.: Ahora, tiendo a las formas sobre espacios abstractos en blanco. He depurado al máximo mi paleta de colores —sin que esto haya influido en mi estado de ánimo—, logrando crear un nuevo lenguaje en mi pintura donde el tratamiento de los fondos (varias capas de imprimación) da como resultado una textura aterciopelada que permite mayor definición y detalle en la forma.

—P.P.: Las semillas son invisibles. Duermen en el secreto de la tierra hasta que a una de ellas se le ocurre despertar. Entonces se estira y, tímidamente al comienzo, crece hacia el sol una encantadora brizna inofensiva … Juan, ¿de qué podríamos hablar mañana?
J.F.: Estoy inmerso en la literatura de Walt Whitman; este poeta norteamericano corrigió toda su vida la obra que sería capital: “Hojas de hierba” (desde 1855, hasta nueve ediciones, constantemente ampliadas y modificadas). Los textos que componen el poemario “Hojas de hierba” están conectados entre sí; cada uno representa la celebración, por parte del propio Whitman, de su filosofía de la vida y la humanidad. Este libro se caracteriza por su alegría y alabanza de los sentidos en un momento en el que las manifestaciones en primera persona y la expresión del uno mismo se consideraba inmoral. Al igual que la poesía de Walt Whitman, me gustaría conseguir a través de la pintura elogiar la naturaleza y el papel del individuo humano en ella.

Entrevista: Patricia Peláez.

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