
Con frecuencia, oímos o leemos a personas sensatas, expertas en teoría política y con un bagaje de conocimientos muy amplio, apelar al interés general para dirimir una problemática compleja y polémica, así como para adoctrinar a los ciudadanos sobre el camino a seguir para adoptar una posición económica o de cualquier otra índole que haya sido cuestionada o, al menos, interpelada por alguien que sea un tanto descreído.
Pero, ¿qué es el interés general? ¿Cómo podemos determinar que un asunto u otro debe recibir la vitola de interés general en detrimento de otras opciones que puedan ser más o menos favorables para un ciudadano en concreto? Ahí está el quid de la cuestión, y encontrar la respuesta es una obligación y responsabilidad de las personas que influyen en la sociedad.
Yo, qué queréis que os diga. Me da la impresión de que, como en los colores, en el asunto del interés general hay gustos de todo tipo. Sin embargo, si encontramos un criterio inequívoco, podríamos considerar que el interés general es el de la mayoría de los ciudadanos o lo que menos pueda damnificar a las personas que viven a nuestro alrededor y que se verían afectadas por el mencionado interés. Es evidente que no hay una regla comúnmente aceptada y que parece imposible poner de acuerdo a todo dios.
Por ejemplo, si se produce una reducción de la jornada laboral, da la impresión de que esta solución es de interés general porque afecta al mayor número posible de personas, mientras que los detractores entienden que no es lo que más une, sino que separa. Si bien es cierto que, irremediablemente, si se aplica el interés general, habrá algunos, o muchos, descontentos.
Mientras que los sectores afines al empresariado y a las políticas neoliberales valoran como más interesante, desde el punto de vista de lo que beneficia a la población, la productividad, nadie ha demostrado todavía que los beneficios del alto rendimiento sean directamente proporcionales al mantenimiento de unos horarios que, en la mayoría de los casos, ya están obsoletos. Además, hay sectores, como el sanitario, donde el número de horas trabajadas tiene escasa repercusión sobre la tan manida productividad.
Otro diabólico ejemplo es la amnistía. ¿Es de interés general pasar página sobre los acontecimientos derivados del procés català y del referéndum soberanista de hace siete años, o es mucho mejor que aquellos que desafiaron las leyes vigentes y se autodeclararon independentistas sigan en la cárcel por el reto que plantearon al conjunto de la sociedad española? Yo creo que el interés general es el que se adapta a la primera alternativa, pero habrá muchos que crean que la segunda opción es más acorde con los intereses de los españoles en su conjunto. Difícil elección, pues.
En definitiva, el interés general está mediatizado por el interés particular y hay espabilados de todo tipo que tratan de vestir sus deseos privados con la indumentaria de lo mejor para todos. Por ejemplo, el interés general de una nación no debe suponer el dominio sobre otros países, ya que no hay intereses de todos, sino de parte. Así que, cuando alguien cite el interés general como argumento incondicional, es preferible que pongamos esa tesis en cuarentena. Por si no nos conviene, claro.
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