
Siempre ha existido la intransigencia, tanto en personas como en instituciones. A lo largo de la historia, hemos sido testigos de actos de sectarismo que todos conocemos. Aunque afirmar que el fanatismo actual es mayor que en otras épocas podría ser un ejercicio de demagogia, lo que sí parece claro es que, a diferencia del pasado, hoy en día ser inflexible tiene buena prensa.
Grupos como Hazte Oír, Manos Limpias o Abogados Cristianos han surgido como setas, dirigidos por personas que niegan la evolución del ser humano y buscan que nos quedemos atrapados en la Edad Media, tanto en lo que respecta a la forma de pensar como a los avances de la ciencia. Da la sensación de que las conclusiones del ecuménico Concilio de Trento se les han quedado atragantadas en el lado izquierdo de la glotis.
Basta con que alguien diga algo que no les parezca bien a los enemigos de la libertad y el progreso para que, amparados en las ventajas de la democracia, presenten demandas, querellas o toda clase de iniciativas censoras, con el fin de proteger una forma caduca de entender el mundo y, sobre todo, de amedrentar a la ciudadanía para que no utilice los mecanismos del derecho a la libre expresión.
Una obra de teatro, una canción, una sátira en la televisión, unas declaraciones e incluso una actitud benevolente con los disidentes son vistas por los herederos de la Inquisición como motivos para victimizarse, alegando ofensas a sus creencias y sentimientos. Así, buscan que un juez intervenga en la vida privada de los ciudadanos, y si, además, su Ilustrísima Señoría simpatiza con los ultras —lo cual no es del todo difícil—, mejor que mejor.
Da lo mismo que la mayoría de las querellas sean desestimadas, porque la esencia de sus acciones es llamar la atención, reclutar afines al ideario de la extrema derecha y, sobre todo, atemorizar a los españoles para que se autocensuren y no digan lo que piensan, no vaya a ser que los macarras de la moral les planten una demanda y terminen perdiendo los nervios.
En los últimos tiempos, Abogados Cristianos han sido los que más han utilizado el miedo para llevar a cualquiera que se precie ante las autoridades togadas. Pero, sobre todo, han aludido a la ofensa de los sentimientos religiosos, como si el propio nombre de esta secta no agraviara a los españoles de buena voluntad que creen en la democracia sin ninguna cortapisa.
Merced a estos enemigos de la libertad, hay quienes han tenido que sentarse en un banquillo, y más de uno se ha visto sorprendido por una sentencia adversa que dice bien poco sobre la tolerancia institucional a la crítica y, sobre todo, acerca de los propios responsables de hacer cumplir la Justicia. La directora, responsable o madre superiora de este tinglado ultracatólico, es una mujer llamada Polonia Castellanos, quien se muestra muy ufana de su labor y actúa como Monica Lewinsky, dispuesta a lo que sea con tal de cumplir sus sueños húmedos ideológicos.
Conozco a más de un creyente cristiano que se siente avergonzado de que los adversarios de la soberanía popular usen este adjetivo para humillar a los que creen que la libertad no tiene fronteras y que es posible avanzar en la expresión sin restricciones, pese a quien pese. Lo peor es cuando algún analfabeto se atreve a preguntar por qué no extienden sus críticas a los musulmanes y a su profeta Mahoma, como si la influencia de esta religión en España fuera tan numerosa como la del catolicismo, y tan nefasta.
Estoy convencido de que Abogados Cristianos tiene fecha de caducidad, o al menos sus abusivas actuaciones ante los tribunales, porque la sociedad española es lo suficientemente madura como para pasar olímpicamente de sus excentricidades. Y, además, ¿cómo coño van a ser cristianos, si desoyen su propia doctrina y, cuando se sienten ofendidos, no ponen la otra mejilla?
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