El pretexto ecuatoriano contra la democracia

Ecuador está sumido en un ciclo devastador de violencia y narcotráfico. De ser un país con promesas de progreso, ha caído en un drama social desgarrador. Las estrategias de los gobiernos para confrontar el imperio de los cárteles son un juego muy arriesgado, donde miles de vidas están en peligro y la esperanza se desvanece cada vez más
15 de octubre de 2024
Operativo militar tras un motín en la Cárcel Regional del Litoral, en Guayaquil. Fotografía de archivo.

Si un ciudadano ecuatoriano hubiera entrado en coma en la primera década del siglo XXI y despertara hoy, se quedaría estupefacto al comprobar cómo en su país impera el narcotráfico y su influencia en la sociedad es tan abrumadora que las cárceles están repletas, mientras algunos oportunistas asociador a los poderes financieros reclaman más mano dura al Gobierno. Y es que, en la época en la que Rafael Correa presidía la nación —como representante del movimiento Revolución Ciudadana— apenas había bandas de traficantes de drogas en Ecuador.

La deriva ecuatoriana hacia el dominio del narcotráfico comenzó en la última etapa de Lenín Moreno, el sucesor de Correa, quien escoró su propuesta política hacia la derecha. Esta situación se fue acentuando a medida que se formaron los gobiernos de Guillermo Lasso y del actual Daniel Noboa. Estas administraciones empobrecieron aún más a la población y dejaron a muchos compatriotas al albur de la improvisación, lo que limita el margen para llegar a fin de mes, e incluso a veces, ni siquiera a mediados.

El poder de los cárteles ecuatorianos es de tal calibre que los ajustes de cuentas son numerosos y cotidianos. Durante la última campaña electoral, uno de los candidatos presidenciales, Fernando Villavicencio —sindicalista, activista y periodista de investigación— mantuvo una ambigua posición política sobre la situación de su país. El 9 de agosto de 2023, recibió una ráfaga de disparos por parte de varios sicarios en la ciudad de Quito, convirtiéndose en el primer candidato asesinado en campaña desde Abdón Calderón Muñoz en 1978. Villavicencio era enemigo político de Correa, quien le llegó a ganar un juicio, pero este finalmente no le pagó la indemnización sentenciada. También fue un ferviente detractor de Julian Assange.

La familia del representante del Movimiento Concertación culpó al correísmo, que había ganado la primera vuelta, de estar implicado en el magnicidio, pero al final se descubrió que la muerte fue propiciada por la mafia de la droga. Lo curioso es que, hace relativamente poco tiempo, se conoció que Fernando Villavicencio era un chivato de Estados Unidos, que lo tenía en nómina como confidente, lo que aclaró algunas de las contradictorias posiciones políticas del finado.

A algunos analistas no se les escapa el hecho de que sectores vinculados a las familias más conservadoras de Ecuador y a multinacionales instaladas en el país mantengan teorías sobre la necesidad de implementar acciones expeditivas para luchar contra el crimen organizado relacionado con los narcóticos sin ninguna atadura legal. Lo intentó Guillermo Lasso y lo está llevando a cabo Daniel Noboa, el joven presidente, hijo de Álvaro Fernando Noboa Pontón —el hombre más rico de la República de Ecuador—, que pretende castigar a los delincuentes sin ninguna garantía, al estilo de Nayib Bukele en El Salvador, a quien visitó no hace mucho.

La vulneración de las leyes internacionales y del estatuto diplomático es una característica de Daniel Noboa, que utiliza a Ecuador como pretexto para erosionar la democracia. Baste como ejemplo la irrupción de las fuerzas policiales ecuatorianas en la embajada de México para detener a un político que se encontraba asilado, lo que provocó críticas de muchos gobiernos y la ruptura de relaciones entre ambos países.

A pesar de esa aparente dureza hacia el mundo de las drogas, que se limita a detener a los pequeños camellos y a privilegiar a unos cárteles sobre otros, el narcotráfico sigue fuerte y no cede en su gran impacto en todo el país. La verdad es que Noboa ha lanzado un órdago muy fuerte que puede salir bien, pero también puede salir muy mal. En ese caso, los seguidores de Rafael Correa ya están al acecho.

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