
La política mundial está sumida en la incertidumbre, con sucesos que están reescribiendo la historia. Donald Trump, el expresidente de Estados Unidos, quien ya había dejado una huella con su sorprendente triunfo en 2016, lo ha vuelto a lograr. Esta vez, ha vencido a la vicepresidenta progresista Kamala Harris, quien aspiraba a la presidencia en representación del Partido Demócrata. El regreso de Trump a la Casa Blanca, en gran parte sustentado en su diatriba populista y su lema de “Estados Unidos primero”, no sólo resuena en todo el país, sino que sacude profundamente las relaciones internacionales, en especial con Europa.
El excéntrico líder de pelo rojo regresa al poder en un momento crucial para la Unión Europea (UE), que atraviesa una profunda crisis económica, una política interna más fragmentada que nunca y una creciente desconfianza hacia las instituciones públicas. Trump redefinirá, sin reparo, las relaciones entre Europa y Estados Unidos, abriendo interrogantes sobre la política exterior, el papel de la OTAN, el futuro de Ucrania y la rivalidad con China. Pero más allá de estos desafíos, su regreso a la primera línea de la acción política trae consigo un contexto mucho más complejo: estamos ante el primer presidente en la historia de los Estados Unidos que será procesado judicialmente mientras cumple con su mandato.
Entre los delitos más notorios se encuentra la manipulación indebida de documentos clasificados. Trump está acusado de haberse llevado a su mansión Mar-a-Lago, en Palm Beach, informes secretos y de obstruir los esfuerzos del FBI para recuperarlos. Este caso podría acarrear serias repercusiones para el presidente electo, con una posible, aunque improbable, condena de hasta 30 años de prisión.
Por otro lado, el magnate inmobiliario y político conservador enfrenta cargos de conspiración por el intento de invalidar los resultados de las elecciones presidenciales de 2020, una estrategia que incluyó presionar a funcionarios en Georgia para falsificar actas electorales, lo que representa un desafío directo a la integridad del sistema electoral estadounidense. En Georgia, específicamente, Trump está acusado de manipular el resultado de los sufragios, lo que, aunque debería traducirse en consecuencias punibles, como su inhabilitación para participar en futuras elecciones y la imposibilidad de ocupar cargos públicos, probablemente no ocurrirá. A esto se suma el escándalo relacionado con el pago de 130.000 dólares a Stormy Daniels, una actriz de cine para adultos, para que guardara silencio sobre una supuesta relación extramatrimonial, lo que habría implicado un intento de influir en la campaña electoral de 2016 al ocultar información comprometedora.
Desde las primeras horas del miércoles 6 de noviembre, la aplastante conquista de Trump desbordó todas las expectativas demócratas. Su éxito en estados clave como Pensilvania y Míchigan, que en 2020 fueron decisivos a favor de Joe Biden, le procuró nuevamente la silla del Despacho Oval de Washington.
A lo largo de la campaña, el candidato republicano se mostró tan combativo y rotundo en sus disertaciones como siempre, subrayando que en su lucha por recuperar el país de las élites políticas y el globalismo, aún tenía mucho que ofrecer.
Su reincorporación a la política mundial no es sólo un “gran regreso”, como lo describió el genocida Benjamín Netanyahu, sino una clara señal de que la retórica nacionalista que tanto caracteriza a Trump ha calado profundamente en una parte significativa del electorado estadounidense.
Para Israel, el regreso de Trump es motivo de celebración. Durante su primer mandato, el presidente norteamericano rompió con el consenso internacional al reconocer Jerusalén como la capital del Estado judío y al respaldar la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Estas decisiones, que provocaron una repulsa internacional, fueron interpretadas por los sionistas como una reafirmación de la relación especial entre ambos países. Que el trumpismo vuelva a tomar la Casa Blanca garantiza la continuidad de esta línea de apoyo incondicional, un hecho que Netanyahu y sus aliados celebran con alegría.
Sin embargo, esta asociación también es fuente de tensiones en el Medio Oriente. El grupo militante palestino Hamás, que ha estado luchando contra las políticas de exterminio del gobierno de Tel Aviv en la Franja de Gaza durante más de un año, advirtió que este hecho podría agravar aún más el conflicto en la zona. Además, la destitución del ministro de Defensa, Yoav Galant, mientras las tensiones con Irán y Palestina se intensifican, resalta las luchas internas dentro del Ejecutivo israelí, que se siente cada vez más aislado en el ámbito internacional.
La Unión Europea percibe el resurgimiento de Trump, ante todo, como un desafío, dado que siempre ha mostrado su indiferencia hacia las alianzas tradicionales, en especial hacia la OTAN, y ha sido un firme defensor de los intereses estadounidenses por encima de cualquier otro compromiso. En un escenario donde Europa aún lucha por recuperarse de las secuelas económicas de la pandemia, la guerra en Ucrania y una crisis energética que afecta a varias naciones, un segundo mandato de Trump se presenta como una amenaza a la estabilidad geopolítica del Viejo Continente.
Pero no sólo la seguridad es una preocupación. El resultado de las últimas elecciones presidenciales estadounidenses también anuncia un repunte de agresividad en las políticas comerciales yanquis. Durante su campaña, el flamante presidente dejó claro que impondría un arancel general del 10% sobre todas las importaciones, una medida que puede impactar negativamente en las economías europeas, con más intensidad en la alemana, cuyo principal socio comercial es Estados Unidos. Las fricciones entre ambos bloques podrían escalar, lo que supondría un golpe económico considerable para Europa en su conjunto.
Los impuestos aduaneros no sólo afectarían a los productos europeos más comunes, como los automóviles, sino que ocasionarían un daño aún mayor debido al impacto indirecto que tendrían sobre las cadenas de suministro globales. La UE, con sus economías interconectadas y acuerdos comerciales frágiles, podría enfrentar una mayor dispersión interna, dificultando cualquier intento de respuesta unificada ante los desafíos impuestos desde Washington.
Una de las grandes incógnitas que plantea el hecho de que Donald Trump recupere protagonismo en el escenario geopolítico internacional es su postura frente a la guerra en Ucrania. En los últimos tiempos, ha cuestionado con firmeza el compromiso de Estados Unidos con la defensa de Europa del Este, además de expresar su deseo de negociar un acuerdo de paz con Rusia. Su promesa de poner fin al conflicto, incluso a expensas de los intereses de Kiev, siembra desconcierto sobre el futuro de Ucrania. En varias ocasiones, ha sugerido que la solución debería pasar por acuerdos directos con Vladímir Putin, un giro que podría dejar a Europa aislada ante una Rusia cada vez más fuerte y consolidada. Para Europa, la posibilidad de un corte abrupto en la ayuda militar a Volodímir Zelenski por parte de la Casa Blanca genera gran nerviosismo. Sin los recursos de Estados Unidos, el continente podría verse forzado a enfrentar una guerra prolongada, sin capacidad para asegurar la integridad del pueblo ucraniano.
China, por su parte, ya ha comenzado a prepararse para un nuevo ciclo de confrontación. A pesar de los discursos de cooperación de la administración Xi Jinping, muchos analistas anticipan una reactivación de la rivalidad yanqui con el gobierno chino, con medidas que podrían afectar su economía. Aunque Pekín busca una relación cordial y estable, la retórica proteccionista del trumpismo deja poco margen para la esperanza de una cooperación a largo plazo.
Que Donald Trump haya vuelto a lograr la presidencia marca una encrucijada tanto para Estados Unidos como para el resto del planeta. Su política exterior, en especial hacia Europa, China e Israel, modificará las relaciones internacionales en los próximos años. Además, los procesos judiciales que aún enfrenta, junto con las crecientes divisiones internas en su partido, generan incertidumbre sobre la estabilidad de su gobierno y su capacidad para cumplir con las expectativas de sus seguidores. El futuro, en sus manos, se presenta incierto, no sólo para los estadounidenses, sino para el mundo entero.
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