
“Emilia Pérez” no es una película que aborde la transición de sexo y género, sino más bien la ocultación. Lo que narra con acierto el director francés Jacques Audiard (París, 1952) es la necesidad de un narcotraficante mexicano de esconder su identidad para comenzar una nueva vida alejada de las dificultades del cártel que lidera.
Es importante, entonces, que el debate en torno al fondo del mensaje del filme no se extienda a los discursos trufados de los cambios de género o de la implicación de la cirugía en los procesos de adaptación del cuerpo humano. Porque transicionar, desde mi punto de vista, consiste en adaptar el contexto corporal a la identidad de género que todos y todas llevamos dentro; algo así como una revolución epistémica en la transición —un nuevo activismo—, que diría el filósofo Paul B. Preciado. De ahí podrán surgir todas las polémicas y comentarios posibles, pero atenernos a la revisión de los asuntos propios de los seres humanos que transicionan, a tenor del largometraje, sería caer en un error.
Dicho esto, “Emilia Pérez” es la construcción de una fábula literaria que identifica al hombre como cómplice de lo violento y a la mujer como un elemento indispensable para hablar de solidaridad, cercanía, cuidado y paz. Una división que interviene de manera notoria en la cinta, vinculando toda la trama a la naturaleza frenética e inadaptada del macho frente a la bonhomía de la hembra.
Se destaca, no obstante, una sensibilidad que impregna el metraje, aludiendo a los sentimientos más profundos de los personajes: el paso del tiempo y el amor, pero también la paternidad y la lealtad, la moneda de cambio de la corrupción frente a la riqueza de lo humano que, como diría Nietzsche, puede llegar a ser demasiado humano.
Destaca la interpretación, muy armónica, de la española Karla Sofía Gascón (Alcobendas, 1972), aspirante al Óscar por esta película y galardonada con el premio a mejor actriz en la última edición de Cannes, un hito en su carrera. Su vis interpretativa se erige muy por encima del resto del elenco actoral, dando muestras de una interesante gestualidad y abordando el personaje desde diferentes perspectivas que ofrecen múltiples lecturas al espectador. Su compañera en la historia, Zoe Saldaña, sostiene el proceso de búsqueda del personaje y aclimata la acción allí donde es necesario. Algo que no me atrevo a decir de Selena Gomez, a quien la ambiciosa apuesta del realizador galo parece quedarle demasiado grande.
Pero “Emilia Pérez” también es un musical que construye la narración con una delicadeza que, en ocasiones, roza el pasteleo, cayendo en cierta ñoñería que no aporta mucho al resultado final y que atasca el camino que Audiard intenta proponer. Quizá sea esto último lo que dificulta la atención en la última media hora de la película, pasada de duración, que intenta, en una suerte de balasera, cerrar de alguna manera la trama que plantea.
“Emilia Pérez” es el desarrollo de un personaje que trata de encubrir su identidad y una crítica al narcotráfico, con una militancia a favor de la paz en México, que se hace notoria a lo largo de los temas que la producción toca aquí y allá. Tal vez sea esto lo que impulse a la película a obtener la aceptación de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en la ceremonia de entrega de los próximos premios Óscar. Porque “Emilia Pérez” no es una buena propuesta, pero es un alegato que se digiere bien dentro del contexto de la ideología imperante, en el mismo centro de la defensa ante el narco, en un ambiente moral muy característico que hace de América lo que ahora es.
Este podría ser su valor, o quizás el valor añadido. Pasen y vean.
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