
Decía Pablo Picasso que “los grandes artistas copian y los genios roban”. Tal vez por ello, Bob Dylan es considerado un talento universal. ¿Quién lo sabe? La respuesta jamás estuvo flotando en el viento; “Blowin’ in the wind”, del álbum de 1963 “The Freewheelin’ Bob Dylan”, es una apropiación bastarda del espiritual negro “No more auction block”. Además, no es una canción protesta, según afirmó el propio cantautor la primera vez que la interpretó en vivo, el 16 de abril de 1962 en el Gerde’s Folk City de Nueva York.
Y aunque actuara junto con Joan Báez en el mismo púlpito donde minutos después Martin Luther King gritó “I have a dream”, a Bob Dylan jamás le importó la lucha popular durante la década de los años 60 del siglo pasado. Lo suyo sólo fue la excusa de un vanidoso para lograr fama y dinero. La cantante y activista neoyorquina de ascendencia mexicana, cuya difícil relación sentimental con Bobby plasmó en “Diamonds and Rust”, recuerda: «Cada vez que voy a una marcha o protesta, la gente me pregunta si viene Bob. ¡Nunca viene! ¿Cuándo lo entenderán? Nunca lo hizo y probablemente nunca lo hará».
Porque a Dylan sólo le interesa Dylan, no cambió el mundo, no cambió nada… como mucho, reformuló el negocio de la música. Alguien que usa la melodía de folk clásico “Nottamun Town” y la renombra “Masters of War” o le roba a un amigo, Dave Van Ronk, los arreglos de la también tradicional “House of the risin’ sun” y luego lo insulta calificándolo de “marioneta sin hilos”, no merece ni respeto. Zimmy es un granuja que tan pronto se muestra receptivo a la versión que Guns N’ Roses hizo en 1987 de “Knockin’ on heaven’s door” como que, tras embolsarse los derechos de autor, afirma que el cover le recuerda a la película “La invasión de los ladrones de cuerpos”. ¡Puaj!
En 2010, Joni Mitchell dijo sobre él: «Bob no es auténtico en absoluto. Es un plagio; su nombre como su voz son falsos. Todo lo que hay en Bob es un engaño». La compositora canadiense participó como artista invitada en la gira Rolling Thunder Revue (1975-1976); un circo de egolatría en el que Dylan era el chef de troupe, siempre reverenciado y respetado por sus acólitos. Y, para más inri, qué triste es ver a Allen Ginsberg —una de las figuras esenciales de la generación beat— en el documental de Martin Scorsese, mendigando antes del inicio de una actuación, dos minutos para salir a escena y recitar uno de sus poemas. Y eso, cuando no le tocaba hacer de chico de los recados junto con su “ángel de la guarda”, como él mismo definía a su gran amor, el también poeta y actor Peter Orlovsky.
Todo en la carrera del juglar de los tres acordes es casual: como la grabación del tema de Peter La Farge de 1962 “The Ballad of Ira Hayes”, incluido en el elepé “Dylan” (1973), que presentó en la reserva india de Tuscarora, en Niágara. En 1964, Johnny Cash ya lo había incluido en el magnífico disco conceptual “Bitter Tears: Ballads of the American Indian”. El vínculo del “hombre de negro” con los nativos americanos sí fue sentido y sincero.
En 2020, el viejo de las mil caras le choriceó a Billy Emerson la canción “If lovin is believing” para empaquetarla en el álbum “Rough and Rowdy Ways” y seguir haciendo caja a costa de sus incondicionales tragalotodo. En fin… que a un tipo que ha publicado tres libros en su vida, por muy prolijo cancionero que tenga, le regalen un Premio Nobel de Literatura suena a broma de mal gusto. Pero así es el falso profeta que se ríe de todo y de todos…
En 2025, el filme biográfico “A Complete Unknown”, dirigido por James Mangold y protagonizado por el joven actor francoestadounidense Timothée Chalamet en el papel de Dylan, fue nominado a varios premios en la 97.ª edición de los Oscar, incluyendo Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actor. Sin embargo, el biopic sobre el músico de Duluth, Minnesota, no logró alzarse con ninguno de los ocho galardones a los que optaba, despidiéndose de la ceremonia con más pena que gloria.
El cineasta neoyorquino, que a lo largo de esta historia de 2 horas y 20 minutos se toma ciertas libertades, firma una película bien hecha y, dicho sea de paso, bien interpretada por un sobresaliente elenco, pero que no deja de ser otro constructo para los acérrimos de un ególatra que dice “no saber quién es, pero sí quién no quiere ser”. Para mí, siempre será “un completo desconocido”, el icono de la intrascendencia.
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