La trampa del 2.5%: crecer no supone avanzar

El FMI maquilla cifras y el Gobierno las aplaude, pero la calle no vive de gráficos. El crecimiento del PIB es una cortina de humo que tapa la precariedad estructural, la desigualdad y el cansancio de una sociedad que sobrevive entre sueldos bajos, promesas huecas y titulares que no alimentan
6 de mayo de 2025
En la imagen, la Directora Gerente del FMI, Kristalina Georgieva. Fotografía: Sergei Karpukhin.

Una vez más, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ajusta la narrativa a sus propios intereses. En su último informe sobre las perspectivas de la economía mundial, eleva las previsiones de crecimiento para España en 2025 hasta un 2,5%, mientras recorta las de Alemania, Francia e Italia. Y lo hace con el descaro de quien juega con los números como si fueran fichas de dominó. La institución financiera con sede en Washington, y una historia más que discutible de intervenciones y fracasos, “celebra” que el estado español lidere el crecimiento entre las economías avanzadas. Pero, ¿qué realidad esconden esos datos? 

España lleva décadas fiando su economía a una especialización excesiva en el sector terciario, con un peso descomunal del turismo, la hostelería y el comercio. Según datos del INE, el sector servicios representa más del 70% del PIB nacional, con el turismo como punta de lanza. Pero esa dependencia estructural tiene un coste evidente: precariedad, estacionalidad y una fragilidad económica que se agudiza en cada crisis. Un modelo que no sólo nos expone a amenazas fuera de nuestro control, como brotes de enfermedades a gran escala, conflictos armados o el cambio climático, sino que también se traduce en precariedad laboral, bajos salarios y una escasa capacidad para generar valor añadido.

Pero, ¿qué maldita lógica hay en depender del turismo? Esa es la pregunta incómoda que ni el FMI ni el Gobierno parecen querer responder. Porque estar supeditados al turismo no sólo nos convierte en una economía de temporada, sino en un país condenado a vivir del sol y la caña, mientras otros países invierten en industria, ciencia y tecnología. Los contratos eventuales, el empleo parcial y los trabajos mal pagados son la norma. Cada verano se ensalzan cifras récord de visitantes, pero se silencia a quienes cargan con el verdadero peso del relato de bonanza: mujeres que limpian hoteles, camareros encadenando jornadas de sol a sol, becarios encubiertos que hacen de todo menos aprender. La postal turística no muestra la precariedad que la sostiene.

Luego está la supuesta “fortaleza de la demanda interna”, otro de los pilares sobre los que se construye este pronóstico. Sin embargo, ¿de qué demanda interna estamos hablando en un país donde los precios de los productos básicos se disparan cada mes, donde la electricidad y los alimentos alcanzan niveles máximos, y donde el salario medio apenas cubre los gastos esenciales? Esta mal llamada “fortaleza” no es más que una ilusión que se deshace en cuanto se pisa un supermercado o se consulta el saldo bancario a fin de mes. La escalada inflacionaria ha dejado a millones de familias al borde del colapso, luchando por llegar a fin de mes.

No hay tal demanda robusta. Lo que hay es un empobrecimiento progresivo de la clase trabajadora, de las personas mayores, de la juventud sin salida. Lo que hay es un consumo sostenido a base de desigualdad y precariedad. Mientras tanto, el FMI dibuja una España que crece al 2.5%, como si un dato macroeconómico fuera suficiente para explicar el bienestar de un pueblo, como si una cifra abstracta pudiera tapar el deterioro de la vida cotidiana. 

Pero quizá el argumento más grotesco de todos sea aquel que atribuye parte de este supuesto crecimiento a la reconstrucción tras los desastres naturales. Como si fuera motivo de festejo tener que levantar lo destruido. ¿Qué argumentación perversa es esta, en la que los incendios, las DANAs, las riadas y las catástrofes territoriales se convierten en factores positivos para el PIB? Decir que España crecerá por reconstruir lo devastado es como afirmar que Europa vivió un momento dulce en 1946 porque había que restaurar lo que la guerra arrasó.

La realidad es bien distinta: muchas ayudas siguen sin llegar. Hay pueblos enteros que permanecen desfigurados en su arquitectura, paisaje y economía. Las aseguradoras no responden y las instituciones tardan meses en reaccionar. Mientras tanto, el indicador crece, sí, pero lo hace como el humo de un incendio: encubriendo las cenizas de un país fracturado por dentro.

Este vaticinio del FMI, vendido como un triunfo por el Gobierno y replicado sin cuestionamiento por la mayoría de los medios, ignora la verdad de nuestra economía. Porque una cosa es el crecimiento del PIB, y otra muy distinta el bienestar de la población. Ese 2.5% no se traduce en mejores condiciones de vida, ni en estabilidad, ni en un modelo productivo más justo. Es un espejismo, una cifra hueca que no contempla ni las desigualdades territoriales ni la brecha social cada vez más insalvable.

Pero sobre todo, es una forma de legitimar un modelo insostenible. Uno que convierte la precariedad en norma, el turismo en salvación, la reconstrucción en oportunidad y la pobreza en dato invisible. El FMI, con su lenguaje técnico y sus previsiones optimistas, actúa como un actor político que refuerza un statu quo profundamente injusto, donde lo único que importa es que el gráfico apunte hacia arriba.

España no necesita crecer al 2.5%. España necesita justicia redistributiva, necesita una reindustrialización sostenible, necesita apostar por la ciencia y el conocimiento. Necesita dejar de vivir del turismo de borrachera y de las propinas mal contadas. Necesita salarios dignos, contratos estables, una economía que funcione para las personas y no solo para los indicadores.

Mientras sigamos aplaudiendo estos falsos milagros macroeconómicos, mientras sigamos confundiendo el crecimiento con el avance social, estaremos atrapados en un espejismo que perpetúa la desigualdad. Sólo cuando dejemos de mirar el PIB como un oráculo y empecemos a mirar a la ciudadanía a los ojos, podremos construir una economía justa, resiliente y verdaderamente humana.  

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