De Macri a Macron y de cabra a cabrón.

En la imagen Mauricio Macri, presidente de la Nación Argentina. Fotografía de archivo.

Los altavoces mediáticos y políticos del nuevo liberalismo ya le habían dado la turra de forma implacable a los argentinos para que dejaran de apoyar al matrimonio Kirchner y se pasaran con armas y bagajes a una nueva política económica que se basara en el crecimiento, en la expansión, pero sobre todo en los beneficios para la iniciativa privada.

El votante es el único animal que tropieza más veces en la misma urna y, ante los cantos de sirena de los dueños del negocio, optó por apoyar a Mauricio Macri: un derechista empresario que diversificaba sus inversiones y que tenía como principal referente para los súbditos de la albiceleste su condición de presidente del Boca Juniors, el supuesto equipo de los progres de Buenos Aires (en contraposición a River) pero que habían cometido la estupidez de elegir al millonario ingeniero.

Macri no era ningún neófito en política. Ya había sido alcalde de Buenos Aires y como sus políticas gustaban a los ideólogos de las multinacionales le eligieron para que les representara en la Quinta de los Olivos. Los ricos alabaron su paso por el ayuntamiento bonaerense. Los pobres todavía lo siguen sufriendo. Los electores ya estaban sobre aviso de quien era el hijo de un emigrante italiano, pero a pesar de todo lo alzaron a la Presidencia, con el mismo nivel de masoquismo, que los españoles sin recursos y sin conciencia de clase depositan su voto en el Partido Popular.

No le tengo especial simpatía al peronismo. Ni mucho menos. Tiene una filosofía que roza con el fascismo y su responsabilidad en la llegada de las juntas militares a Argentina no es baladí. Sin embargo, posee cierta sensibilidad social (en eso se parece a los falangistas) y de su demagogia verbal nacieron decretos y medidas que favorecieron a los más necesitados. Entre Cristina Kirchner y Mauricio Macri no hay color, a pesar de que la Fernández ya estaba en su última etapa más que quemada y que el nepotismo de sus amigos hacía inviable su continuidad. No supo, además, señalar un sucesor respetable y las disidencias internas de su partido le dejaron el camino expedito al candidato que decía ser del cambio.

Como no podía ser de otra manera, la etapa de Macri fue un auténtico fracaso, por empeñarse en seguir los criterios del Fondo Monetario Internacional y de los ortodoxos neoliberales para llevar las riendas del país, a pesar de ser consciente de que todas las naciones que siguieron los consejos del FMI acabaron empobrecidas. Argentina vuelve a ser hoy otro “corralito” donde los pobres se mueren de hambre, los ricos se pudren de aburrimiento y el territorio queda expoliado y a merced de los saqueadores de siempre. Revueltas, huelgas y discursos catastrofistas marcan la realidad sociopolítica del país. En la actualidad, el empresario presidente tiene sus niveles de popularidad bajo mínimos y es muy probable que no ganara las elecciones ni de su comunidad de vecinos, pero el país permanece sin rumbo a la espera de un nuevo líder que le saque las castañas del fuego.

Macri forma parte de esa moda de presidentes y primeros ministros sin partido ni ética, hechos a sí mismos, gracias a la influencia de los medios de comunicación y que sufre el revolcón propio de quien decepciona rápidamente a quienes confían en él. En eso se asemeja al presidente francés. Y ya saben el dicho: de Macri a Macron y de cabra a cabrón.

Texto: Vicente Bernaldo de Quiros.

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