El vil negocio de las residencias de mayores.

El maltrato a los mayores en las residencias españolas es una realidad silenciosa. Fotografía: Dmitry Berkut.

Un país que no cuida a sus mayores es un país de mierda, y la España actual, a los hechos me remito y disculpad el término, no es país para viejos. No, no estoy refiriéndome a un remake patrio de la película de los hermanos Coen, sino a una realidad tornada en pesadilla.

Son ya 19.000, según los datos oficiales, las ancianas y ancianos que han fallecido en las 5.457 residencias que tenemos en el país. Y no se han ido plácidamente, han tenido una agonía terrible. Nadie podrá devolverles la vida ni compensar su sufrimiento, pero tenemos la obligación de reflexionar sobre lo ocurrido y ponerle remedio para que algo así no vuelva a suceder.

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, es necesario echar la vista atrás, y eso es lo que he hecho.

Cuando era un niño, allá por los años 80, las residencias de ancianos escaseaban, la mayoría de ellas y ellos, cuando llegaban al punto de tener que necesitar ayuda y cuidados, eran atendidos por sus familiares más cercanos. Eran las familias las que cuidaban de sus mayores, en concreto, las mujeres. El machismo imperante hacía que fuera en ellas en las que recayera esa responsabilidad. A ello ayudaba un contexto económico que permitía que, en muchos hogares, entrando un sólo salario pudiera vivirse con dignidad.

Pero todo eso cambia cuando, ya en la década de los 90 y en los inicios de este siglo, la precariedad laboral y las necesidades creadas por el capitalismo hacen inviable que las familias puedan subsistir con un único sueldo. Las mujeres son aceptadas en un mercado laboral que hasta ese entonces las había rechazado, pero no por justicia, no porque el machismo hubiera sido vencido, sino por necesidad. La máquina del capital necesitaba más combustible y lo encontró en la mujer, pero con ataduras y techos de cristal de por medio. La economía doméstica no mejoró, si los salarios del varón ya no eran muy elevados, los de la mujer eran ridículos, pero las circunstancias familiares cambiaron. Ya no había tiempo material para cuidar a nuestras y nuestros mayores y el sistema encontró ahí un nuevo nicho de negocio. Un negocio que, con el envejecimiento de la población, no tardó en crecer. Las residencias de mayores se multiplicaban, la competencia era feroz y los “grandes” empresarios comienzan a pegarse por su trozo del pastel. Así, sin apenas darnos cuenta, nuestras y nuestros mayores acabaron siendo un instrumento más para engordar las cuentas de beneficios de especuladores, usureros y corruptos. Beneficios, ahí está la clave, el bienestar de las y los ancianos era lo de menos, lo importante era facturar. Cuanto más mejor.

¿Y cómo se obtienen los beneficios? Sencillo: recortando gastos, cuanto menos gasto, mejor. A menos personal, más beneficio; salarios más bajos, más beneficio; menos gasto en material sanitario, más beneficio; menos gasto en alimentación, más beneficio; mayor aprovechamiento del espacio a costa de hacinar a las y los usuarios, más beneficio. Terrible, sí, pero es lo que hay. Conozco casos de residencias en las que con dos litros de caldo, diluidos en agua, se daba de comer a cincuenta ancianos, y un litro de leche llegaba para su merienda.

Y no nos equivoquemos tratando de reducir el problema a las residencias privadas o concertadas, la escasez de recursos también está presente en las residencias públicas, donde el personal es insuficiente y está superado debido a una excesiva carga de trabajo, lo que genera una frustración que repercute directamente en la calidad asistencial.

La situación es dramática y todas y todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestra cuota de responsabilidad por haber mirado hacia otro lado, por haber normalizado lo que no era normal, por haber hecho bueno ese dicho de “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Es hora de rectificar y tomar medidas, a quienes han fallecido durante esta pandemia no podemos devolverles la vida, pero si podemos presionar y contribuir para que esto no vuelva a suceder. Ahora veremos quién apuesta firmemente por acabar con este negocio repugnante y quien pretende seguir obteniendo lucro con él.

Ser patriota no es ondear banderas o golpear cacerolas, sino defender la patria verdadera. Y esa patria son nuestras y nuestros mayores, ya que, aunque lo hayamos olvidado, fueron ellos quienes la levantaron con trabajo y sacrificios. Mientras no les devolvamos su esfuerzo, mientras no les demos la dignidad que merecen, seguiremos siendo un país de mierda.

Texto: Pablo Álvarez Fernández.

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