martes, 18 de septiembre de 2018

En la vida humana no hay negocio.

Inmigrantes subsaharianos ante el CITE de Ceuta, tras saltar la valla. Fotografía: Alexander Koerner.

Llevo África siempre en la mente. Me resulta imposible abstraerme de un horror tan gigantesco y tan cercano. He escrito mucho sobre el problema inmigratorio pero esta sociedad, la española, la europea, me da a menudo la ocasión de darle una vuelta más al tema.

Cómo molestan esos negros ¿verdad? Qué manía tienen de no querer morir. Qué pesados son. Nosotros si nos viéramos rodeados de bombardeos a diario, enfermedad, hambre… lo soportaríamos sin rechistar y no molestaríamos a los países avanzados que nos pudieran ayudar. No, obviamente no es así. Haríamos exactamente lo mismo que ellos. La cuestión es que gran parte de los conflictos terroristas que ellos padecen a diario, y que a nosotros nos salpican de vez en cuando, los ha generado occidente.

La invasión de Irak, motivada exclusivamente por intereses económicos como posteriormente hemos sabido, fue el germen de Isis. El grupo terrorista que nos golpea mortalmente pero con el que millones de ciudadanos africanos han de “convivir” a diario. Muchos otros conflictos armados que padecen también los hemos generado nosotros y los podríamos resolver o paliar si hubiese algún interés, económico o geoestratégico, en hacerlo. Aunque a menudo el interés es el contrario; sostener sanguinarias dictaduras que expolian a sus países a fin de hacer negocios, generalmente armamentísticos o de usurpación a bajo precio de sus recursos naturales, con ellas. Lo mismo sucede con los problemas que padecen en muchos países africanos donde a diario mueren millones de personas, principalmente niños de corta edad, de hambre o por una simple gripe.

La vida humana no es algo que a estas alturas interese ya mucho a occidente, devorado por su fanatismo neoliberal hacia el capital. En la vida humana no hay negocio. No trato de generar ningún debate ni remover ninguna conciencia. Las miradas, especialmente en España, están condicionadas por el color ideológico de cada uno. Y sé que eso las hace inamovibles. Tan sólo expongo mi mirada. Siempre tratando de hacer un sencillo ejercicio de profundidad y honestidad con ella.

Texto: Samuel Bressón.

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