viernes, 25 de septiembre de 2020

Érase una vez… un relato de animales.

Paisana en una aldea cuidando de sus vacas. Fotografía: Carlos Valcarcel.

Cuando no estaba segura de si estaba o no a punto de poner una gallina, mi abuela le introducía un dedo por la cloaca.

—¡Nena, esta tienlu ahí!— y yo, fascinada por sus artes adivinatorias, sin imaginar siquiera en qué consistía exactamente tal exploración, me rendía a la única certeza que cabía entonces; ¡cuánto sabe mi güelita!

Me gustaba sacarles las bolas de fiemo y tierra seca que recubrían como una especie de cáscara de adobe, sus uñas al escarbar el suelo. Y observarlas bailotear al compás de aquel soporífero cloqueo en el corral. Estudiando cada movimiento, cada gesto y código de comunicación, desgranando el intríngulis de sus rencillas jerárquicas.

Pasé tantas horas sentada en una esquina de aquella cuadra que no acabo de entender cómo he podido olvidar cuántas aves la habitaban. Quizás quince, quizás seis, eso sí, todas ellas del color de la arcilla que aún no ha sido cocida.

Cuando a partir del segundo año, una gallina espaciaba gradualmente la puesta diaria, era sacrificada para hacer de sus restos, un caldo salubre y sustancioso del que mi abuela, mis dos tíos, mi tía, mi hermana y yo, dábamos buena cuenta durante aquellos breves días de diciembre. Recuerdo a mi abuela sujetando al animal en su regazo. Engalanada con un mandilón anudado bajo su pecho de madre, zapatillas de paño a cuadros y madreñas. Disponiendo hábil con la mano libre, el hacha y el tarugo en el suelo. Mi abuela, la gallina y yo en trinidad cualquier domingo de invierno.

Justo antes de colocar su pescuezo en el madero, solemne y sabia pronunciaba su homilía, como un mantra cuyo único propósito no era sino purificar al animal, quizás expiar el pecado de arrancarle a este su último aliento para hacer del mismo, nuestro alimento.

—¡Ay prubina, muchos güevos nos dio esta pitina! Y después, en menos de lo que dura un pestañeo, todo acababa. Con el golpe seco del hacha en la madera. Con el sonido estremecedor del plumaje agitándose a ritmo de espasmo cadavérico. Del ser vivo y muerto al mismo tiempo. A veces lloraba, otras no. A veces, le aguantaba la mirada a los ojos pétreos aún abiertos, en la cabeza separada del cuerpo. Otras no.

Me encantaban los huevos sin madurar que encontraba en la sopa de fideos.

Mi abuela se había criado en la Aldea, sí, en “la perdida” de Palacio Valdés, y había hecho su vida en el Condao; estaba acostumbrada a matar gallinas y conejos, y sin embargo, no podía ni quería evitar oficiar esa breve liturgia de gratitud infinita y conmiseración para con aquel animal que habría sacado adelante a su prole. Mi abuela, que apenas sabía escribir, cuyo devenir transcurrió de tribulación en tribulación, poseía sin embargo una inteligencia emocional que no he vuelto a conocer en nadie más.

Ni qué decir que, ni haberse criado en el mundo rural, ni estar acostumbrado a sacrificar animales, ni carecer de estudios, nos exime de tener sentimientos, de experimentar la compasión por el dolor y el miedo ajenos. Así que deja de justificar a ese tipo que arrastró a su perra moribunda “porque se ha criado en el monte y adolece de formulismo”, que ese otro abandonó al ganado a su suerte para que finalmente muriese de inanición “porque es un simple cabrero y no sabe ni leer”, que aquel otro apaliza a los cerdos de manera sistemática “porque es matarife y está tan familiarizado con la violencia que ya ni siente”, pues para maltratar a un animal, pero aún, para maltratar al animal que te sirvió, te da, o te dio de comer, no hace falta ser rural, analfabeto o matarife, hace falta ser un ¡hijo de la gran puta!

Texto: Leticia González Díaz.

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