España y la devoción por lamer culos.

Pedro Sánchez rodeado por una masa enfervorecida en Xirivella (Valencia). Fotografía de archivo.

Una de las cosas que siempre me ha hecho sentir incómodo en este país es la devoción por lamer culos. Especialmente el culo del poder. A mi entender resulta muy difícil mantener una democracia sana cuando la devoción y sumisión al poder corroe las entrañas de gran parte de la sociedad. Yo de entrada me niego a aceptar el término gobernantes. A mí estos señores que ostentan cargos políticos no me gobiernan en nada. Son servidores públicos. El término adecuado sería gestores.

Sencillamente están a nuestro servicio y su única obligación es atender nuestras necesidades y cumplir con el programa de gobierno en razón al cual les hemos dado trabajo. Es decir, trabajan para nosotros. Los gobernantes somos nosotros y su obligación es ejecutar el mandato que les encomendamos. Sin embargo, nos hallamos rodeados por todas partes de lameculos del poder que con fanática y ciega devoción entregan su voto de por vida a determinado partido así les mientan, roben, incumplan su programa, y en definitiva se rían de ellos constantemente. Otorgándoles así un estatus que no deben ostentar y librándoles de rendir cuentas ante la sociedad. Y arrastrando así con ellos al resto de sus conciudadanos en su irresponsabilidad.

Depositar nuestra confianza en un partido político no implica defenderlo a capa y espada como si de un equipo de fútbol se tratara sino todo lo contrario. Implica ser más crítico con él que con ningún otro y no tolerar bajo ningún concepto que traicione nuestra confianza. Y si así sucede denunciarlo y retirársela. De otra forma no es más que un ejemplo de alienación y nulo criterio personal. Es sinónimo de desinterés absoluto hacia el bienestar de la sociedad en la que se vive. Hacia la propia familia, amigos y hacia uno mismo. Es, sin duda, una de las formas de irresponsabilidad más nocivas que existen.

Yo, con permiso, ocuparé mi lengua en culos a los que proporcione y me proporcionen placer. No a los que traten de joderme la vida.

Texto: Samuel Bressón.

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