sábado, 14 de diciembre de 2019

Kubrick: veinte años sin la mirada de un genio.

Stanley Kubrick en el set de rodaje de “2001: Una odisea del espacio”, año 1967. Fotografía de archivo.

El pasado siete de marzo se cumplieron veinte años de la muerte de Stanley Kubrick, nacido en Nueva York en 1928. A los doce años de edad, su padre, que ejerció una gran influencia sobre él, le regala una cámara fotográfica introduciéndole así en el mundo de la imagen. A los diecisiete, empieza a trabajar como reportero gráfico para la revista Look. En 1950, rueda su primer cortometraje, “El día del combate”, con una cámara de 35 mm que aprendió a manejar en una mañana. Su segundo proyecto fílmico, “El padre volador” (1951), le sirvió de incentivo en su prometedora trayectoria.

“Miedo y deseo” (1953) fue su primera película. Por orden del propio Kubrick, se retiraron todas las copias existentes de ella, ya que la consideraba una labor de aficionado. En la década de los cincuenta del siglo XX, realiza dos thrillers imprescindibles: “El beso del asesino” (1955) y “Atraco perfecto” (1956). Su estilo áspero y polémico se aleja sin concesiones de la sintaxis tradicional. “Senderos de gloria” (1957), “Espartaco” (1960), “Lolita” (1962), “¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú” (1964)… El cine de Kubrick posee un sello inconfundible: la muerte y la violencia, el sexo y el humor como denominador común, siendo una de sus principales cualidades la desmesura, el arrojo, la audacia ilimitada. Su lenguaje visual es directo y sugerente. La variación de géneros le condujo a una búsqueda constante a lo largo de su vida. Directamente influido por Fritz Lang y Samuel Fuller, trabajaba con guiones muy cuidados, siempre con la minuciosidad de un ajedrecista, considerando el mínimo detalle.

Stanley Kubrick planeó realizar un filme sobre Napoleón Bonaparte, pero debido a su elevado presupuesto no pudo afrontar el reto. “Me fascina el personaje. Su vida se ha descrito como un poema épico de acción y su vida sexual era digna de Arthur Schnitzler”, declaró Kubrick.

Fue entonces cuando decidió adaptar a la gran pantalla la novela de Anthony Burgess “La naranja mecánica”. A pesar de su calificación X en los Estados Unidos, el controvertido largometraje fue un acontecimiento que le mereció cuatro candidaturas a los premios Oscar: Mejor película, Mejor director, Mejor montaje y Mejor guion adaptado. En 1968, el director neoyorquino ya había logrado el éxito mundial con “2001: Una odisea del espacio”: un hito cinematográfico por su estilo de comunicación visual, sus efectos especiales, su rigurosidad científica y su imaginario vanguardista.

En 1975, Kubrick cambió de registro y rodó “Barry Lyndon”, una historia protagonizada por Ryan O’Neal que narra las peripecias de un aventurero irlandés durante la Guerra de los Siete Años. “Barry Lyndon” obtuvo cuatro premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS): Mejor dirección artística, Mejor fotografía, Mejor vestuario y Mejor banda sonora.

Cinco años después, estrenó su contribución al subgénero de terror psicológico, “El resplandor” (1980), basada en la novela homónima de 1977 escrita por el estadounidense Stephen King. Tuvieron que pasar otros siete años hasta que Kubrick estrenara “La chaqueta metálica” (1987), la cual recibió grandes elogios por parte de la crítica: en palabras del periodista Jonathan Rosenbaum del Chicago Reader, “se trataba del trabajo de Kubrick mejor diseñado desde ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú”; por su parte, Roger Ebert del Chicago Sun-Times mostraba una opinión discordante, afirmando que era “extrañamente deforme”.

El 4 de marzo de 1999 los ejecutivos de Warner asistieron a un pase privado de “Eyes Wide Shut”. Una vez terminada la proyección, y siguiendo órdenes del propio director, la copia fue devuelta a Inglaterra. Tres días después, Kubrick fallece en su casa de campo cerca de Londres de un ataque al corazón mientras dormía. En el mes de julio de ese mismo año se produjo su estreno mundial. Dentro de su obra este largometraje parece ser el que más de aproxima a sus intereses: no sólo contaba con la implicación de uno de sus autores favoritos —el dramaturgo austriaco Arthur Schnitzler— sino que además está presente el espíritu de uno de sus directores favoritos, Max Ophüls.

Texto: Alex J. Santos.

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