La capacidad de amar de manera infinita.

En la imagen, Ada Keating y su hijo Tom en el Moss View Care Home en Liverpool. Fotografía de archivo.

Descubro en la edición digital de un periódico la emotiva historia de una madre británica de 98 años que decidió mudarse a una residencia geriátrica para cuidar de su hijo de 80. Debido a su delicado estado de salud, y para recibir mayor atención médica y apoyo, Tom se trasladó al Moss View Care Home en Liverpool. Un año después, por iniciativa propia, su madre Ada ingresó en el mismo centro para ayudar en los cuidados de su hijo.

Aunque la maternidad no debe ser el único papel de una mujer —salvo que ella así lo desee—, considero que esa capacidad de alumbrar una vida, y esa generosísima y abnegada condición de sacarla adelante, física, emocional, ética, e intelectualmente, en no pocos casos, con un amor que las palabras no alcanzan a definir, es, sin duda, lo más grande que se puede hacer en la vida. Igualmente, quienes —padres, o madres— no siéndolo biológicamente, aportan lo mejor de su ser para criar a hijos ajenos.

De cualquier modo, lo cierto es que la felicidad verdadera nace del amor, y no hay nadie más desgraciado e infeliz que quien no lo practica. El ejemplo de Ada Keating y su hijo Tom debería hacer reflexionar a quienes optan por arrinconar y olvidar como un trasto inservible a sus ancianos y desvalidos progenitores; demostrando ser ingratos, egoístas y, sobre todo, desdichadamente deshumanizados.

Porque recordemos: “Madre no hay más que una”, y si es eterna, ¡mejor!

Texto: Miguel Aramburu.

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